Punto de Vista

Mario Tassías

El otoño está más cerca del invierno que de la primavera. Los otoños doran la piel. Acaso preludian el frío. El momento del alto, o la hora de revisión. La vida no se acaba hasta que la muerte llega, y es porque ya no estamos vivos. Sería emocionante que el fin nos pillara bailando.
De http://www.menudospeques.net, María Eugenia Morales Figueroa, Licenciada en Ciencias de la Comunicación, apreciable lectora me envió “El otoño de la vida”, una presentación de power point que sonorizada con Candilejas de Charles Chaplin, ilustrada con fotografías tomadas en California, Baja California y Utah, estimulan el espíritu para una Alabanza a la madurez. Un exhorto para disfrutar de los mejores años de nuestra existencia. (No apto para menores de 50 años) Eso no quiere decir que tú no debas leerlo.

El texto refiere la edad dorada de la juventud. Una época inolvidable, romántica, vibrante, emotiva y feliz, llena de luchas, de preocupaciones, de nubarrones, muchas veces de privaciones y nunca exenta de incertidumbres, celos, zozobras, competencias, temores, rivalidades y ansiedades. “Quizá lo mejor de la juventud… es que ya pasó”

Y llegan los 50, un lapso en que algunos aminoran su marcha. Se contiene, posándose sin prisa, sin locuras, dentro de nosotros mismos. El cauce se transforma en una corriente de paz, casi sin sentirlo, hacia esa infinita grandeza, profunda e inconmensurable, que es el final de todos los viajes y adonde van a parar todos los ríos: el mar.

La madurez no es exactamente el mediodía de la vida, ni la tarde, ni la noche. Es ese momento que llega sigiloso con las primeras horas del día, abarcando instantes brumosos y volátiles que se disuelven poco a poco al ser tocados por los emergentes rayos del sol cuando llega la madrugada
No deberían inquietarnos las modas, ni los cambios que experimentan las nuevas generaciones, ni mortificarnos las nuevas corrientes o costumbres, nosotros no estamos obligados a cambiar ni a iniciar nuevas modalidades. Ya estamos en paz: con hijos y pareja, o sin ellos, son otras permutas. Nosotros, mal que bien, por lo menos llegamos a la recta final. Y eso está para celebrarlo. ¡Ya la hicimos! ¡Ya pasó!
Al llegar la madurez cesan algunas dudas e incertidumbres. No es necesario hacer tareas ni desvelarse estudiando, correr tras el autobús por las mañanas, presentar agobiantes exámenes, pasear a la novia o preocuparse por conseguir empleo.
Definitivamente lo que íbamos a ser, ya lo somos. Y lo que no íbamos a ser, ya no lo fuimos… acaso no lo seremos. No a estas alturas. De eso no hay duda. ¿Entonces para qué preocuparnos?

La edad de los impulsos arrebatados ha terminado. Atrás quedaron angustias, zozobras, indecisiones, juergas y dudas. ¡Y qué bueno! Si esta es la madurez… bienvenida. Hoy es aquel futuro del cual estábamos tan temerosos ayer. Y ya ven, después de todo… ¡aquí estamos!

La conclusión entonces es que, como en la madurez ya no hacemos planes a largo plazo, es necesario que veamos los resultados de todo aquello para lo que antes trabajamos, planeamos, ahorramos y nos preparamos a lo largo de la vida.

No hay que posponer más las cosas, ni hacer planes inalcanzables “para el futuro,” pues para nosotros. El futuro ya está aquí sigue su camino igual, pero tranquilo.

¡El tiempo apremia! Mientras gocemos de relativa buena salud y podamos movernos fácilmente; en tanto podamos comer y beber de todo y disfrutar de los atractivos de la vida. Abramos las botellas de coñac francés y usemos las ropas, perfumes, vajillas y cubiertos de plata, pues ¿para cuándo los estamos guardando? Podría meterse un ladrón y vaciar la casa, ¿y de qué sirvió guardar? “Qué temprano se nos hizo tarde”
Tampoco esperemos ningún mañana brillante y glorioso, singular y perfecto. Si compraríamos “algún día” una lancha, una cámara digital, una computadora, y podemos hacerlo (y nos gusta), ¡pues a comprarlo! Nada nos acompaña. Este es el momento preciso, no perdamos tiempo.
Y si hicimos planes toda la vida para realizar algún viaje a Europa, a Hawai, a Alaska, a China, antes de que suceda una devaluación, una operación repentina o un infarto… ¡Váyanse ya! ¿Qué esperan?
A los 50 deberíamos sentirnos en paz con los demás y con nosotros mismos, recordemos a Amado Nervo, quien lo resumió así: “Vida: nada me debes. Vida: nada te debo. Vida: estamos en paz.”

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