Mario Tassías
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Muchas son las razones y “pretextos”, si prefiere llamarle así, por lo que los ciudadanos no votan. La política es un arte noble y difícil, que se ha degrado dicen los especialistas. Razones y pretextos son opciones, en tiempo electoral.
En las razones pudieran enmarcarse la desconfianza, la decepción o el poco interés que el tema político despierta en los ciudadanos. Tiene que ver con el conocimiento, con la motivación. Quien razona sobre el tema, es una persona que deduce, “hace sus tantos” dirían los sabios del pueblo. Le preocupa la marcha del país.
Quien alega pretextos para no votar, es alguien que evade una responsabilidad ciudadana. Que no le interesa el tema y teniendo libre albedrío olímpicamente se ocupa de otros asuntos. El pretexto es una salida, no importa el lugar de llegada.
Para quienes razonan, censurar el voto en blanco es un error. Los políticos tienen ahora, la oportunidad de hacer un alto en el camino y conocer de sus debilidades y fortalezas.
“Los escándalos en el mundo de la política, ligadas sobre todo al elevado costo de las elecciones, se multiplican haciendo perder credibilidad a sus protagonistas. Para volcar esta situación, es necesaria una respuesta fuerte, una respuesta que implique reforma y purificación a fin de rehabilitar la figura del político”, dice en sus bienaventuranzas a los políticos el cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân.
Para el momento que vive el país, el voto en blanco es un calmante. Marca un alto en el desbarajuste. Una expresión de ciudadanos que desconfían del sistema político, que se hayan decepcionados, que se hayan cansados de propuestas incumplidas. Que no ven en los políticos, una coherencia constante entre su fe y su vida de persona comprometida. Que escuchan a políticos incoherentes entre sus palabras y sus acciones; políticos que no honran y respetan las promesas electorales.
El voto en blanco es una iniciativa y como tal, hay que defenderla. Podemos no estar de acuerdo, pero es de demócratas convivir con las contradicciones.
No obstante el riesgo de los oportunistas y farsantes. El voto en blanco, es una muestra de la pluralidad que hasta ahora, inexplicablemente no pasa por el breñal de los partidos políticos, que dicen practicar la democracia.
El voto en blanco puede ser una puerta por donde pueden entrar los que quieran, los buenos y los malos; los mejores y los excelentes. El error es la descalificación. La sentencia de los intolerantes, antes del juicio en el tribunal de los electores.
Quien diga que el voto en blanco es para a eliminar la partidocracia está equivocado. Los partidos son males necesarios en una sociedad de pluralidades, riqueza que hasta hoy los partidos han tirado por la borda. Es cierto que puede ser útil para eliminar a algunos institutos políticos. Los electores tienen la posibilidad de premiar o castigar a los partidos, con los que no se puede hacer tabla rasa. Irse a los extremos es un desacierto.
Un pronunciamiento sobre el abstencionismo extraído de un discurso el 28 de marzo de 1948, por el Papa Pío XII advertía: “tan loable como es mantenerse por encima de las querellas contingentes que envenenan las luchas de los partidos,…tanto sería reprobable dejar el campo libre, para que dirijan los asuntos del Estado, a los indignos o los incapaces”.
El voto en blanco es un razonamiento, para sacudir la insensibilidad de la que se han acorazado los partidos políticos en México y no valen los pretextos.
“Lo único que se necesita para que triunfe el mal, es que las mujeres y los hombres buenos no hagan nada” dijo alguna vez Edmund Burke.
La gente elige. Consciente o subconscientemente, decide en función del trato que recibe. ¿Qué trato han recibido de los políticos? No hay que buscar en una bola de la repuesta.
Romper paradigmas también es una forma de trabajar por la democracia.
