Punto de Vista

Mario Tassías

La vida es una diaria enseñanza. ¿Qué aprendimos de la contingencia por la influenza? No aprende el que está dormido, no quiere o simplemente porque ya lo sabe todo. No necesita instruirse. Si estamos atentos, cada instante de nuestra existencia puede ser el inicio de un gran acontecimiento.
Después de una semana anormal en la vida del país. Justo es detenerse unos segundos para reflexionar. Repensar el futuro y seguir caminando. Hay vida y hay que vivirla bajo las más severas o leves circunstancias. El gran secreto es tener más inicios que finales.

No hay necesidad de que ocurran tragedias, para tomar en cuenta que nuestra existencia, está sostenida por un delgado hilo que una enfermedad llamada AH1N1 la puede cortar. O que una enfermedad como la influenza humana, al alcance de la medicina puede ser curable.

Dejemos por un momento a los responsables por la salud del país. Ellos tienen otros códigos. Y caben los extremos. Son actores de otros dramas. De algunas comedias. La vida les tiene preparados otros escenarios. Lo terrible es que entre sus espectadores hay hombre y mujeres de carne y hueso, con cuerpos físicos y mentales.

Para la gente común. La contingencia sanitaria le habrá dejado otro tipo de experiencia. Tal vez miedo. Quizás precaución. Seguramente nuevas enseñanzas.

En ese coctel de emociones, hay casos de histeria, de frustración, de impotencia ante lo irremediable, también de serenidad. De abstracción. De ahí que se diga que la muerte tiene permiso o sin la autorización, de todos modos llega.

¿Qué fue lo que aprendimos con la eventualidad sanitaria? ¿Lo que todo mundo sabe y no acepta?

Nosotros somos los únicos responsables de nosotros mismos. Lo que no hagamos por nosotros mismos no lo hará nadie más.

En una sociedad cada vez más atenida a sus necesidades primordiales, es difícil encontrar a alguien diferente a nosotros que haga lo que tenga que hacer para impedir que el mal nos alcance. La asistencia de personas compasivas, es cada vez más escasa aunque hay distinguidas excepciones.

Aunque nos cueste aceptarlo, somos seres incuestionablemente emocionales. Nos movemos por sentimientos. Es difícil encontrar, a pesar de proclamación expresa, seres que no se muevan por emociones. Las emociones nos gobiernan y se imponen por sobre la capacidad para entender, comprender e inventar.

Las emociones van mucho más allá de la inteligencia. Está comprobado que “las emociones positivas previenen enfermedades, o una vez que éstas se han manifestado, contribuyen a su curación, y las emociones negativas ayudan a contraer enfermedades”.

¿No es acaso esto lo que nos ocurrió una vez que se decretó el estado de emergencia por causa de la influenza humana? ¿No fueron primero las emociones negativas y muy tarde la razón, el buen juicio, entre otras emociones las que nos llevaron a creer que el mundo se acababa? ¿Que una más de las plagas bíblicas caían sobre la indefensa humanidad?

El aprendizaje es condición de mortales. ¿Estábamos preparados para enfrentar la epidemia? Si la respuesta es no. ¿Qué nos ha enseñado este acontecimiento? Si la respuesta es sí, por qué convertimos en psicosis un suceso que estaba controlado.

Las emociones van cargadas de adrenalina, esa hormona que aumenta la presión sanguínea, el ritmo cardiaco, la cantidad de glucosa en la sangre y que es responsable del nerviosismo, que nos afectó en los últimos días.

¿Aprendimos la lección? ¿Crecimos en conocimiento? ¿Cambiamos nuestros hábitos? La respuesta es individual.

“Aprender es un rito una costumbre
no le hace mal a nadie ni se olvida
aprende quien asciende hasta la cresta
pero también quien busca entre las ruinas”

Dice un fragmento de Aprendizaje poema incluido en el más reciente libro de Mario Benedetti “Testigo de uno mismo”

comunicologo10@yahoo.com.mx

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