Punto de vista

Mario Tassías

A Roque Mena Madrazo y Mario Alejandro Tassías Aguilar

Las imágenes son elocuentes. Las expresiones no alcanzan a describir lo que la cámara atrapó. Se separan con los recuerdos y en el espacio. Van más allá del verde que detiene el efecto.
Es también la magia atrapada. Imposible cerrar los ojos y no maravillarse del vuelo de las guacamayas. Difícil no recordar las pisadas del jaguar en Zamora Pico de Oro. O el grito del saraguato en la parte del árbol milenario.

El Lacantún vivificante. El cielo limpio con sus azules diversos. La humedad que huele a tierra, a bosque, a leyenda regada por las aguas del Jataté. Más allá las ruinas que cuentan otra historia. Un pasado que está presente.

Las cascadas del río Perlas que convierte su sonido en imágenes. Es la selva de árboles añejos, pero también de saqueos. De invasores. De piratas hormiga que irrumpen, que destruyen, que deambulan con objetivos definidos. Son amenaza latente.

Llueve. El agua bautiza ilusiones. Aquí la soledad es grata compañera. Ayuda al encuentro. El aislamiento de la ciudad es refugio para el corazón. Un chapuzón y volver a la vida para disfrutar. Un cayuco para navegar en el Usumacinta señorial. El canto de la gran diversidad de pájaros, es melodía rara para interpretarla. Aquí hay que aguzar el oído.

Es lo que queda de la Lacandona: Metzabok, Nahá, Bethel y Lacanjá-Chansayab, nombres más allá de recuerdos. Todavía mucho a pesar de la necedad de desaparecer este paraíso terrenal.

Ahí una cámara intrusa. Un reportero deslumbrado. Un camarógrafo curioso. Es la oportunidad para recrearse. Son imágenes, más imágenes de las que puede uno asimilar de una vez. Son para gozar del edén. Faltan ojos. Falta tiempo para vivirlo.

El reportero pregunta y ahí Elías y Carmelo Chambor, con la figura erguida de los hombres y mujeres dueños de un paraíso terrenal. Mira sin chistar a la cámara. Se dejan retratar. El camarógrafo rebosa. Su corazón amenaza salirse. Sus labios tienen el sabor de la aventura.

Los Chambor se dejan entrevistar. En su mundo no caben las medianías cuando se trata de defender la herencia. La selva se la están acabando los intrusos. “Nosotros no podemos detenerlos, hacemos la lucha pero insisten de arrasar con todo”. Les preocupa el futuro, pero más les ocupa el presente.

Denuncian a los choles y tzeltales que en busca de la supervivencia y a pesar de la ya vieja estancia, no han entendido que hay que preservar el tesoro.

Los Chambor nacieron ahí. Ahí han crecido. Ahí viven sus hijos. Ahí hacen gala de la libertad. Ahí murieron sus ancestros. Ahí existen los restos de los primeros pobladores, sus parientes.

No solo es tierra o árboles o ríos o animales salvajes lo que les es hereditario, es algo más. Está relacionado con los sentimientos, con las emociones. Es el apego a lo que les es natural.

Y esos sentimientos no lo tienen quienes llegados de otros lares, se asentaron para por lo menos tener que comer. Pero han abusado. Aunque a decir verdad, quizás impulsados por la inercia del necesitado, la ambición rebasó la abundancia.

Con la gente que llegó es como han tenido que convivir. La barrera del idioma no es un impedimento grave. El razonamiento por conservar la selva es el tema de discusión.

Aquellos no han aprendido otra técnica que rozar, tumbar y quemar y así a pasos acelerados la selva ha perdido su virginidad. Su galanura.

No ha sido suficiente la tradición. Aquellos no la conocen o despectivamente la ignoran. No se han adaptado al ambiente de verdor y humedad.

Sus “trabajaderos” se han convertido en páramos. Pero caminan devorando lo que les es contiguo. No hay quien se los impida. Ellos buscan otros espacios y ahí es donde el tema se vuelve preocupante.

¿Cuánto heridas más le causarán a esa madre que les ha cobijado en sus entrañas? ¿Cuándo entenderán que “cada árbol que cae es una estrella que se apaga”? ¿Cómo enseñarles a quienes no quieren aprender que la selva, no es un reducto sino un espacio para apreciar la vida? ¿Cómo decirles que se están autodestruyendo?

Ese es el dilema de los Chambor y sus parientes, los más de ochocientos lacandones, herederos de una cosmogonía descendida en la tierra que cultivan.

El diálogo no ha sido suficiente para transformar mentes con instituto depredador. Las ideas de preservar la selva, no ha sido asimiladas por quienes proceden de zonas donde agua, árboles y animales son escasos porque el hombre ha transformado flora y fauna en beneficio de una economía de emergencia.

Un papel protagónico ha tenido autoridades de escritorio que han legalizado que choles y tzotziles, quizás otros, pero estos son los más visibles, vivan en la Selva Lacandona en perjuicio del habitual uso del suelo.

La denuncia es un llamado porque aquellos que en sus oficinas hablan de la selva sin conocerla, trabajen para preservar para el día de hoy, aquello que nos fue legado.

Acaso autoridades municipales sin colores partidistas de Las Margaritas, Altamirano, Ocosingo, Palenque, Maravilla Tenejapa, Marqués de Comillas y Zamora Pico de Oro que convergen con tramos delimitados por la geografía política, pudieran sumar esfuerzos, responsabilizarse de un bien para aprecio de la humanidad.

La eterna Selva Lacandona, está amenazada de muerte. La afrenta es de quienes viven bajo su amparo. De quienes ignoran responsabilidades oficiales y discursan con palabras que no son suficientes para resguardar este paraíso para la humanidad.

comunicologo10@yahoo.com.mx

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