Josefina Vázquez Mota
La reforma educativa es la reforma estructural por la que cruza y depende la agenda de certeza y de justicia que demandan los mexicanos. Por ella pasa la oportunidad que la educación sea efectivamente la palanca de nuestro desarrollo.
En su construcción deben reconocerse los avances y éxitos, las diversas realidades del país y, de manera particular, el reto de la equidad de oportunidades educativas. Todavía las posibilidades de un joven en condición de pobreza de cursar el bachillerato son dos veces menores que las de un joven de un hogar no pobre, y para los estudios universitarios la diferencia es de cinco veces.
En esta reforma son indispensables las voces y las realidades de los maestros. Hoy la sociedad mexicana hace un reconocimiento a la labor que diariamente desempeñan, desde la educación básica hasta la del nivel superior, más de 1.6 millones de maestras y maestros, que corresponde con la alta confianza que la sociedad deposita en ellos, a la par de los doctores y de los integrantes del Ejército.
Pero necesitamos escuchar otros sectores también: a los padres de familia, a la sociedad civil, a los actores políticos. Y por supuesto, debemos recoger las voces de los propios alumnos.
La reforma educativa representa mejorar la calidad educativa. Las evaluaciones marcan dos componentes básicos para ello: por una parte, el apoyo de los padres de familia para que los hijos hagan su tarea, lean y valoren el estudio; y por la otra, la profunda huella que dejan los maestros en sus alumnos, por la exigencia y motivación para estudiar, así como por su esfuerzo para enseñar mejor. Por ello la prioridad de seguirles respaldando para capacitarse y tener más oportunidades de uso y acceso a nuevas tecnologías y materiales.
Cada maestro es una historia y una vocación de servicio. Una encuesta reciente indica que ocho de cada 10 maestros, si tuvieran nuevamente 18 años y la oportunidad de escoger, volverían a estudiar esta misma profesión y no optarían por otra distinta.
Cada uno de nosotros hemos tenido el impacto de un maestro en nuestra vida. Podemos contar de un antes y un después del acompañamiento de un profesor que nos ofreció aprendizajes relevantes, que nos transmitió los valores de la honestidad, el respeto por los demás, el aprecio a la verdad y la tolerancia a ideas distintas a las propias, todos ellos esenciales para la convivencia.
La reforma educativa significa transitar hacia una política de Estado y nos compromete a todos. Es injusto señalar al maestro como el único responsable de las debilidades de la agenda educativa. Pero igualmente injusto es ignorar la necesidad de una amplia participación ciudadana, de los padres de familia, de los medios de comunicación, asumiendo cada cual las responsabilidades que les corresponde para obtener mejores resultados y fortalecer las instituciones de enseñanza.
Es el momento de replantearnos y decidir. Es el momento de reencontrarnos y de contribuir. Es el momento de la educación. Sin desestimar otras reformas fundamentales para el país, la reforma educativa deberá, con respecto irrestricto al artículo tercero constitucional, entrar a cada espacio social, para ofrecer mayores posibilidades de educación, es decir, de ejercicio de la libertad, de construcción de ciudadanía, de posibilidades reales de competitividad, y de ejercicio de justicia indispensable e irrenunciable.
Felicidades a todos los maestros y las maestras que fieles a su vocación han tocado la inteligencia y el corazón de sus alumnos.
Secretaria de Educación Pública
