Fernando Serrano Migallón
El 13 de agosto una nueva generación de estudiantes comenzó sus estudios en la Universidad Nacional Autónoma de México y, por supuesto, en la Facultad de Derecho; ese día, repitiendo un rito ya tradicional, los nuevos jóvenes se encontraron con quienes serán sus maestros y compañeros en un proceso que, de acuerdo con la experiencia de muchas generaciones, habrá de cambiarles la vida.
Muchos tenemos aquel primer día como uno de los recuerdos más importantes de nuestras vidas; en torno suyo construimos mitologías que nos durarán para siempre y que —como todo ciclo mitológico— nos ayudarán a explicar nuestra forma de ser y pasar por el mundo. Sin embargo, aunque cada generación realiza casi los mismos pasos que sus antecesoras, aunque enfrenta similares retos y el impacto en cada nuevo alumno es de una dimensión tan grande que podríamos considerarla equivalente, cada generación es única en su conformación y experiencia, tanto por el momento histórico en que llega a las aulas universitarias como por el momento que la propia Universidad vive cuando ingresa a la comunidad universitaria.
Así, por ejemplo, en esta nueva generación, por primera vez de manera significativa, el número de mujeres supera al de hombres; desde luego, ello trae consigo que los estudios con perspectiva de género no sólo seguirán siendo necesarios, sino que se convertirán en parte natural de los estudios jurídicos en la presente generación; por otra parte, como queda a la vista en la cada vez menor protesta ejercida por quienes aspiraron a un sitio en la Universidad sin lograrlo, esta generación es una de las primeras en las que la presión demográfica comienza a decrecer para estabilizarse en los años próximos y comenzar a decrecer en los primeros años de la década siguiente. A ellos les corresponderá un tiempo en que la Universidad podrá dedicar más recursos a la calidad. Ello, desde luego, es parte de una expectativa que, además de legítima, merece ser satisfecha.
Sin embargo, si esos son los puntos más característicos de esta nueva generación que pronto habrá de darse a conocer por su trabajo y empeño, hay también constantes que forman parte de la identidad universitaria; tratando de no abusar de los lugares comunes, hay que decir que en cada día de inicio de cursos, cuando un nuevo grupo de universitarios comienza a ocupar su sitio en la Ciudad Universitaria, se experimenta una emoción que no he percibido en ningún otro lugar, una celebración por la nueva pertenencia; como si se cumpliera un ancestral rito de paso a la madurez, como si al empeño propio de cada uno, a su personal lucha por la vida y el crecimiento, se añadiera el peso y el aliento del proyecto universitario que, se percibe en la emoción y el nerviosismo de los jóvenes rostros, es también el ritmo de la vida contemporánea de la nación.
Los estudiantes llegan a la UNAM atraídos por la renovación de su prestigio, por una inteligente forma de comunicar a la institución con la sociedad pero, sobre todo, con una esperanza que aspiran a ver satisfecha desde los primeros días de su estancia en la que será su casa para toda la vida. Esperan, sobre todo, una fuerte experiencia académica, donde aprender y enseñar sea la más importante y casi la única preocupación de sus autoridades; donde la tecnología y su acceso sea una clave más para lograr mejores niveles de aprendizaje dentro de ámbito universitario; donde se les abran las puertas para conocer otras culturas y otros ámbitos en un inteligente sistema de movilidad.
Buscan cambiar su vida en el contexto del proyecto cultural de mayores dimensiones, de más tradición y peso histórico en el país; ellos saben, y nosotros también, que no serán defraudados.
fsm@derecho.unam.mx
Director de la Facultad de Derecho de la UNAM
