Ricardo Pascoe Pierce
La discusión acerca de la creación del puesto de un jefe de gabinete no es de carácter administrativo ni mucho menos presupuestal: es esencialmente político. La pregunta que debiera estar detrás de toda reflexión sobre el tema es: ¿existe la capacidad de nuestro sistema político contemporáneo, con la tradición histórica presidencialista de México, de transformarse y acoplarse a las necesidades y requerimientos de un mecanismo parlamentario?
El requisito esencial para el funcionamiento del sistema parlamentario, desde su invención en Inglaterra a la par de la revolución cromwelliana, está formado por dos columnas interconectadas: posturas ideológicas opuestas y confrontadas, expresadas a través de partidos políticos, y el compromiso legal y constitucional de ponerse de acuerdo para constituir un gobierno, el brazo ejecutivo del Estado. Son dos dinámicas contradictorias y aparentemente en conflicto, pero esa es la esencia del acuerdo político que da pie al pacto político-social que funda al Estado en cuestión. Para que funcione el parlamentarismo, debe existir una cabeza visible del Estado, y otra, también visible, como representante del gobierno.
En cambio, el presidencialismo se basa en la existencia aceptada de la confrontación político-legislativa en el marco de partidos políticos representativos de distintas opciones ideológicas. El acuerdo no es la parte esencial del presidencialismo; lo es, más bien, la confrontación legal y constitucional. Ese es el basamento del acuerdo político-social que ha dado lugar al régimen político y legal del presidencialismo. En este sistema el jefe del Estado y de gobierno se encarna en la misma persona.
Es importante destacar estas diferencias, pues recientemente algunos analistas han “descubierto”, sorprendidos, que la confrontación existe en el presidencialismo, y, a partir de semejante descubrimiento, recomiendan adoptar el parlamentarismo para México, como si el tema fuera a resolver mágicamente las confrontaciones actuales del presidencialismo sin mayoría parlamentaria. Pero en Brasil Lula nunca ha gozado de una mayoría parlamentaria y, sin embargo, ha gobernado, ha logrado reformas estructurales y ha llevado adelante su proyecto de gobierno. Y todo ello sin mayoría en el Congreso brasileño. Es más, lo está logrando Felipe Calderón.
Obviamente, la decisión acerca del sistema político no puede ser tomada de manera tan mundana, so pena de olvidar la historia de un país y, de hecho, la de un continente. Los sistemas políticos de las repúblicas americanas son presidencialistas por rechazo: estaban rompiendo con las monarquías europeas, lo mismo que hizo Estados Unidos con su guerra de independencia. La influencia de la revolución francesa y el pensamiento antimonárquico y anticlerical de Jean-Jacques Rousseau fue decisiva en la cabeza de los líderes de las repúblicas americanas, especialmente en su pensamiento antimonárquico. De ahí el rechazo generalizado de las nuevas repúblicas al parlamentarismo europeo y la decisión de adoptar el sistema presidencialista. No fue una elección azarosa, sino producto de una convicción histórica.
El parlamentarismo en México implicaría su adopción en sus principios y mecanismos esenciales. Es decir, habría que dividir el actual poder presidencial en dos: jefe de Estado y jefe de gobierno. Debido a que México no goza de una monarquía, habría que investir al Presidente de poderes de Estado y al jefe de gobierno con características propias de un primer ministro. Y el sistema parlamentario tendría que tener validez a nivel de las entidades federativas y los municipios, como en Europa. De otra manera, el surgimiento de los respectivos sistemas políticos sería producto del azar, y no de la historia de luchas, desavenencias y acuerdos entre los pueblos.
El presidencialismo es la piedra angular del pacto político-social de la Constitución de 1917. Romper con ese acuerdo implicaría romper ese pacto político-social que, en mi opinión, sigue teniendo vigencia, aún en el México de la globalidad. La impresión que dan los legisladores del PRI y PRD que hablan a favor del parlamentarismo en México, con argumentos parciales, románticos y carentes de contexto histórico, es que quieren integrarse al poder Ejecutivo federal sin haber ganado los votos para ello. Es decir, buscan una suerte de acceso al poder por la puerta de la cocina. No podría darse nada peor que esto, especialmente en un país cuya cultura política prácticamente niega la posibilidad de los acuerdos políticos.
La tarea de reflexión y análisis en estos tiempos debiera estar dedicada al mejoramiento del sistema político contemporáneo, definiendo con mayor claridad las facultades presidenciales, además de las facultades de los legisladores y jueces. En respuesta a la pregunta inicial, no parece haber capacidad del sistema político actual por mutarse al parlamentarismo. El sistema político mexicano, aun con sus defectos, es producto de la historia de las luchas de hombres y mujeres durante siglos. El presidencialismo es la encarnación del pensamiento libertario de México. Y eso no se olvida tan fácilmente.
ricardopascoe@hotmail.com
Analista político
