Rodolfo de la Torre
En las pasadas décadas distintas regiones del mundo experimentaron una significativa expansión de sus libertades de mercado. Países como China, la antigua URSS y gran parte de América Latina, particularmente México, vieron cómo buena parte de su economía comenzaba a regirse por el libre intercambio, relegando en mayor o menor medida la acción del Estado para guiar la producción, la distribución y el consumo de mercancías. Ante esta tendencia comenzaron a pronosticarse milagros y catástrofes. Por una parte, se afirmaba que los elementos de libre mercado traerían una prosperidad nunca vista. Por otra, se anticipaba que el “neoliberalismo” sumiría a los países en la pobreza. Nada de eso sucedió, pero ¿qué ha ocurrido realmente tras estos cambios?
Hay por lo menos tres experiencias muy diferentes en lo que a la expansión del libre mercado se refiere: las del Lejano Oriente, Europa Central y Latinoamérica. Pueden analizarse mediante el Índice de Libertad Económica, propuesto y calculado por la Heritage Foundation, institución interesada en promover el libre intercambio, y por lo mismo muy estricta para conceder que éste en verdad está ocurriendo. Otro elemento para este análisis lo brindan los indicadores de pobreza del Banco Mundial, también adoptados por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en sus informes para dar seguimiento a este problema al inicio del nuevo milenio, y que identifican como pobre extremo a quien perciba menos de un dólar al día, tomando en cuenta el diferente poder adquisitivo en los países.
En el caso de Asia Oriental y del Pacífico, en donde China tiene el mayor peso, la experiencia parece haber sido particularmente favorable. Este país incrementó en 41% sus indicadores de libertad económica entre 1980 y 2001, que incluyen la más amplia libertad en el mundo en materia comercial, y eso sin contar a Hong Kong, que se mantiene como el territorio con mayor libertad de mercado. Sin embargo, cabe mencionar que las libertades económicas en China están severamente restringidas en muchos aspectos y también regionalmente. En el periodo mencionado, la región redujo su porcentaje de población pobre de 56.7% a 14.3%, un logro impresionante considerando que ahí vive más de un tercio de la humanidad.
El caso opuesto corresponde a la región de Europa y Asia Central, en donde Rusia representa la mayor parte de la población. Este país transitó de la planificación central, que implicaba prácticamente una nula libertad económica, a niveles de libre intercambio similares a los de China. Sin embargo, esta transición ocurrió de manera abrupta, pues en un periodo de apenas unos cuantos años, entre 1990 y 1995, se abandonaron las instituciones económicas soviéticas a favor del más crudo mercado. Justo en ese periodo la pobreza de la región se multiplicó casi en nueve veces y continuó avanzando hasta cubrir a 6.3% de la población, algo no visto en décadas en esa región del mundo. En este caso, la desaparición de la insostenible protección social del Estado fue decisiva.
Finalmente se encuentra lo ocurrido en América Latina, en donde países como Brasil y México suelen ser los que mueven los indicadores regionales de manera significativa. En el caso del primer país, entre 1980 y 2001 sus índices de libertad económica aumentaron 34%, sobre todo al combatir la inflación y abrirse al comercio internacional. En el caso de México este incremento fue de 18%, también por la apertura comercial, aunque el desmantelamiento de trabas regulatorias y la privatización de empresas públicas tuvo un gran peso. En este periodo, la pobreza en la región se mantuvo casi sin cambio: de abarcar a 10.1% de la población se pasó a 9.9%. Cabe resaltar que esa fue una característica de toda una década, pues la pobreza no rebasó 13% ni se redujo por debajo de 9%.
Como se puede observar, a la pregunta de si el libre mercado incrementa o reduce la pobreza no cabe una respuesta única. En China mayor libertad económica se asoció a menor pobreza, pero lo contrario ocurrió con Rusia. Por si fuera poco, en América Latina en su conjunto no parece tener efecto alguno. Esto es consistente con el análisis teórico del mercado que no le asigna un papel predeterminado en términos de la distribución de recursos que genera. En otras palabras, el mercado puede considerarse un mecanismo neutral que puede incrementar o reducir la pobreza dependiendo de otros factores con los que se combine, comenzando por la distribución histórica de la propiedad y terminando con el tipo de políticas públicas que los gobiernos decidan aplicar.
Así, no caben defensas ni condenas automáticas al libre mercado en función de sus resultados en cuanto a la pobreza. Si acaso, vale la pena preguntarse qué elementos complementarios al mercado deben ponerse en juego para que éste se conduzca por la vía de la reducción de la pobreza, cuestión que no se puede resolver con argumentos ideológicos.
rodolfo.torre@uia.mx
Director del IIDSES de la Universidad Iberoamericana
