Plan Nacional de Desarrollo y política exterior

Rosario Green

El pasado jueves, en Palacio Nacional, el presidente Calderón presentó el Plan Nacional de Desarrollo 2007-2012 (PND), dando a conocer a la opinión pública los cinco ejes con los que conducirá su administración. Voy a referirme al quinto de ellos, titulado “Democracia efectiva y política exterior responsable”.
En primer lugar, llama poderosamente la atención el engarce entre esos dos conceptos, y no puedo dejar de preguntar ¿por qué el término democracia vinculado al capítulo de política exterior y no a algún otro donde ese lazo resultaría más lógico, como por ejemplo el relativo al de “Estado de derecho y seguridad”, o al de “Igualdad de oportunidades”? ¿Acaso se pretende con ello, por la vía de los hechos, adicionar a los principios constitucionales que gobiernan la política exterior de México uno nuevo que busque promover la democracia allende nuestras fronteras, tarea que por lo demás compete fundamentalmente a los organismos internacionales diseñados ex profeso para ello, y de los que México es parte?

De ser este el caso, ¿no habría primero que generar un debate nacional que, como sucedió en los 80 cuando se incorporaron los principios de la política exterior en la fracción X del artículo 89 constitucional, refleje la voluntad popular y no sólo la visión del partido en el poder?

Señalo lo anterior no sólo porque la vinculación de referencia es delicada, sino porque el apartado del PND dedicado a la política exterior tiene como punto de partida la premisa de que ésta debe reflejar el compromiso con “el bien común”, término medular de la filosofía política del Partido Acción Nacional, con el agravante de que la referencia a los principios constitucionales de la política exterior sólo aparece en párrafos posteriores. No pretendo ser puntillosa, pero venimos de un sexenio donde estos principios fueron relegados con graves consecuencias, y bien dice el proverbio: “El que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla”.

¿De qué se trata entonces? Simple y llanamente de llamar la atención, a manera de respetuosa advertencia, acerca de que si la política exterior ha de ser la otra cara de la política interna, como lo señala el texto del PND, habrá de regirse por los principios constitucionales, y sus objetivos más que innovadores tendrán que ser claros. Es decir, será indispensable renunciar a cualquier tentación de imprimirle un sesgo ideológico que pudiera confrontarnos innecesariamente con terceros países, como sucedió en el pasado reciente.

Servir de palanca al desarrollo nacional, participar activamente en la construcción del orden mundial y defender los intereses de México y los mexicanos en el exterior exige una política exenta de prejuicios y abierta a la principal característica del mundo de hoy: la diversidad.

Nuestro país ha demostrado ya su capacidad no sólo de firmar y cumplir acuerdos internacionales en temas que van desde la promoción y el respeto a los derechos humanos, hasta la protección de los trabajadores indocumentados en territorio nacional; ha evidenciado, igualmente, su voluntad de asociarse a otras naciones a partir de cláusulas políticas de convivencia democrática; ha sabido oponerse a guerras injustas e injerencias irresponsables; todo ello sin necesidad de encasillarse en parámetros ideológicos. Ese camino aprendido es el que debe prevalecer.

Ojalá estas reflexiones en torno al tratamiento de la política exterior en el PND encuentren eco en los programas sectoriales que cubrirán los rubros concernientes a nuestras relaciones con el exterior. De manera particular sería deseable fortalecer la confianza del gobierno en la cooperación internacional para el desarrollo, como forma privilegiada para insertarnos en el mundo diverso del siglo XXI.

Senadora de la República (PRI)

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