Perdimos a Don Vicente
Para quienes tuvimos la suerte de conocerlo, es una gran pérdida. Para quienes no tuvieron ese gusto, también es una gran pérdida. Perdió México a uno de sus grandes hijos: a Don Vicente Aguinaco Alemán.
A principios de 1995, se renovó totalmente la Corte y se creó el Consejo de la Judicatura. Don Vicente fue la piedra angular para llevar a la realidad lo que otros planteamos a nivel teórico y legal. A él le tocó instrumentar las reformas al Poder Judicial que propuso al Congreso el presidente Ernesto Zedillo, para darle plena autonomía a la Suprema Corte de Justicia, uno de los cambios más importantes del México democrático.
En 1994 tuve el privilegio de ser el portavoz del Presidente de la República para invitar a Don Vicente Aguinaco a formar parte de una lista de destacados juristas que sería propuesta al Senado de la República para que de ahí se escogieran a los nuevos 11 ministros.
El abogado Aguinaco, en esos momentos, litigaba en su especialidad, que era el amparo, por lo que tenía un profundo conocimiento de nuestras leyes y de la Constitución.
Anteriormente, había desempeñado virtualmente todo el escalafón del Poder Judicial, siendo actuario de tribunal, secretario de sala, juez de distrito, magistrado y ahora invitado a ser ministro.
Los nuevos ministros de la Corte se reunieron en febrero de 1995 para elegir a su nuevo presidente, y en la votación más libre en la historia eligieron a Don Vicente Aguinaco como el primer presidente de la Suprema Corte de Justicia en su novena época.
¡Qué acierto de los señores ministros! Vicente Aguinaco sacó lo mejor de sí mismo y se dedicó a construir la nueva institucionalidad del Poder Judicial con determinación, firmeza y conocimiento de causa.
Sin duda, el camino que tiene que recorrer el sistema de justicia mexicano para responder eficaz y oportunamente a las necesidades de nuestra población es más corto y transitable gracias al talento y al compromiso de Don Vicente, quien recibió en 1998 el Premio Nacional de Jurisprudencia.
No sólo fue un gran jurista, fue un hombre de familia, un gran amigo, una persona culta interesada por las letras y la astronomía. Profundo conocedor del latín, francés e inglés. Fue un hombre que supo vivir con plenitud los 88 años que le dio la vida.
Con casi 60 años de matrimonio, al lado de la señora Guadalupe Bravo, y con seis hijos: Patricia, Magdalena, Vicente, Guadalupe, Fabián y Dolores, varios nietos y bisnietos, demostró siempre fidelidad y lealtad a sus grandes querencias: su familia, la justicia y México.
Son los Vicentes Aguinaco los mexicanos que hacen de México un país pujante y en marcha. Es la suma de mujeres y hombres como él, quienes fincan el desarrollo del país.
Por ello, Don Vicente es de la clase de hombres que mueren, como cualquier ser humano, pero no desaparecen. Su presencia continúa vigente en su familia, en su obra, en sus enseñanzas, en sus creaciones.
Defensor de la libertad sindical, de la constitucionalidad de los actos del poder público, del derecho de los ciudadanos, de los intereses de México en el mundo, son miles los mexicanos que fueron defendidos directamente por el abogado Aguinaco, y millones que reciben los beneficios de una SCJN autónoma del Poder Ejecutivo.
Afortunados somos quienes lo conocimos y afortunados todos sus contemporáneos.
Al profundo dolor por su partida lo acompaña también una inmensa paz por saber que Vicente se atrevió a vivir como un gran hombre y que supo obtener del error, enseñanza; del dolor, fortaleza; del éxito, humildad y de las oportunidades, realizaciones.
emoctezuma@tvazteca.com.mx
Presidente de Fundación Azteca
