María Teresa Priego
“La frontera México-Estados Unidos es una herida abierta donde el tercer mundo raspa con el primero y sangra”: Anzaldúa, citada por Kovick y Kelly. Debate feminista . “El Soconusco es la tercera zona de prostitución de menores en el mundo” y “La frontera norte de México empieza en la frontera sur”, escribió Isabel Vericat, en su libro Bajo el Tacaná , que acompaña al documental Las voces migrantes de las mujeres (centroamericanas). ¿Y esa frontera sur? La de los remolinos del Suchiate. Las emboscadas. El saqueo. Las violaciones. La muerte. Con un flujo migratorio de mil personas al día. Inmigrantes y transmigrantes. ¿Esa frontera dónde empieza?
¿Cómo la hacemos sangrar? Nosotros. Los mismos que miramos hacia el norte indignados ante nuestra herida abierta. La travesía del desierto comienza. En una comunidad sin esperanzas. En Oaxaca. La travesía de la selva comienza. En una comunidad sin esperanzas. En El Salvador. ¿Qué acaso esa otra herida? La del sur. ¿No es también nuestra?
“Al cruzar la frontera de México me asaltaron, me golpearon y me violaron, y por eso me entregué a Migración, pero ellos me encerraron durante cuatro meses”, salvadoreña citada por Liliana Alcántara, EL UNIVERSAL. “Esperábamos un tren, me agarré y me empujaron, me destrozó los dos pies. Se cayó otro muchacho que tenía 21 años, pero a él lo mató el tren. Cuando veníamos a dos muchachas las violaron, porque las defendieron los mataron a ellos dos salvadoreños”. Eva, 28 años. Hondureña. Cuatro hijos. “Entrando a Tapachula nos asaltaron. Mi bebé tiene un año, lo dejé con mi mamá. He cruzado la frontera de Honduras, la de Guatemala y la de aquí. Perdí mi acta y la foto de mi hija”, Paola, 17 años. Hondureña. (entrevistas con Vericat).
Un 20% de los migrantes centroamericanos son mujeres. La mayoría de ellas, madres solas obligadas a arrancarse de sus hijos. A imaginarlos a miles de kilómetros de distancia. Hijos confiados a abuelas, tías, amigas, vecinas. Las “otrasmadres”, como escribió Leah Schmalzbauer, que sostienen emocionalmente el hogar de la madre migrante. La migrante es víctima de violencia sexual con mayor frecuencia que los hombres, en proporción de 100 a uno. Mujeres forzadas a rentar su cuerpo. A cederlo a cambio de atravesar un retén. De conservar sus papeles. “Así fui cayendo. Caí. Hasta que lo hice”. El 95% de las trabajadoras sexuales del Soconusco son centroamericanas de 16 a 35 años. (Vericat). En el 2005, las organizaciones civiles documentaron 4 mil casos de violaciones a los derechos humanos contra migrantes centroamericanos (Alcántara).
Los “nuestros” se van. Los “otros” llegan. La exclusión es el no-espacio. Atravesar fronteras. Reales y metafóricas. Tras el sueño de ser incluido. En algún lugar. Aunque sea pequeñito. Vivir y ayudar a vivir a los que aman. Los derechos más inalienables son “demasiado”. Para demasiados. La migra mexicana sabe que los indocumentados saltan de los trenes antes del retén. Sucede que el tren les arranca un brazo y una pierna. La tragedia que nadie detiene. ¿Son los “otros”? ¿Qué ajeneidad? ¿Qué otredades podrían salvarnos de la responsabilidad ante el dolor que infligimos? A personas en desamparo absoluto. Entre una frontera y otra, como declaró Mauricio Farah: “México es víctima y victimario”.
En el albergue del Buen Pastor está Diego. Cuatro hijos. Hondureño. Mutilado por el “tren de la muerte”. Escribió su testimonio para Kovick y Kelly. Él. Tan solo. Tan aparentemente olvidado. Murmuró: “Para que no me olviden”.
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