Rodrigo Ramón Aquino
Cultura política del chiapaneco
Recién inicié la maestría en Estudios Políticos y Sociales en la Escuela Libre de Derecho de Chiapas. Como es comprensible, gozo del entusiasmo que supone iniciar proyectos nuevos. La primera materia del semestre fue Cultura Política y la impartió el doctor en derecho Noé Castañón Ramírez, presidente electo del Comité Directivo Municipal del Partido Revolucionario Institucional en Tuxtla Gutiérrez. Conocerlo en esta faceta ha sido grato y una muy buena experiencia académica. Pero volviendo al tema central, he decidido como estrategia didáctica hacer pequeñas reseñas de las lecturas con las que me vaya encontrando y aterrizar algunos conceptos al terreno de lo local.
Desde mi perspectiva, es claro que la cultura política imperante en el ciudadano chiapaneco es la parroquial, porque ven a los funcionarios públicos así como a sus representes populares como proveedores de bienes y servicios: “diputado, una beca”, “presidente, un ataúd”, “regidor, mi calle”, “Noecito, un pastel para mi papá”. Desconocen o les es indiferente el sistema político, procesos e instituciones y nada esperan de ellas.
Le sigue la cultura política de súbditos. El gran empleador sigue siendo la estructura de gobierno en sus diferentes áreas, de modo que tener conocimiento de los procesos de toma de decisiones públicas, de elección de funcionarios, acontecimientos políticos de relevancia es parte consustancial de su actividad burócrata, de ello depende en gran medida la continuidad de su status quo. A la par de los burócratas están los “súbditos partidistas”, aquellos que pertenecen al engranaje de los partidos políticos, al proyecto de ciertos personajes, o a la construcción de uno propio. Su participación pública es activa pero siempre enmarcada en los colores de ciertas banderas. Sus ojos están más puestos en los productos y beneficios del sistema.
En tendencia creciente se encuentra la cultura política participativa, son aquellas personas, profesionistas preferentemente y con acceso a las nuevas tecnologías, que se ocupan de evaluar los bienes y servicios públicos, de criticarlos y cuestionar a los actores, pero también buscan comprender los procesos ejecutivos, legislativos y judiciales. Cualquier cambio que empiece a gestarse en los diversos estratos será de su interés y querrán ser parte de la construcción de toda nueva política pública así como mejorar para bien, en la medida de lo posible, las existentes. Querrán también sumar temas para la discusión de la agenda pública.
La cultura política participativa es por mucho la minoría en la sociedad civil chiapaneca, aún no es determinante en la construcción democrática de nuestro sistema político. Lejos está de haber una “explosión de la participación” que traería como consecuencia la desestabilización del sistema, porque no tendría la capacidad de procesar aceptablemente las demandas que se le presenten; de hecho, ya hemos presenciado que ésta aún minúscula participación ha puesto en jaque a más de un miembro de la comunidad política.
Los autores citados en la lectura, Almond y Verba, concluyen que una política democrática estable necesita una cultura política balanceada, en la que se combine participación e indiferencia hacia la política. En el caso de Chiapas es necesario que la cultura política participativa crezca sin exagerar, sin llegar “a la explosión”, como la denominan los autores, y que la clase política se profesionalice para desarrollar las habilidades y destrezas necesarias para hacer frente a esa participación.
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