Fernando Serrano Migallón
Hay veces, pocas, es cierto, en que dan ganas de darle un uso distinto a la pluma, por cuanto hay que decir, pero sobre todo por lo mucho que ya escuchamos; a fin de cuentas, con el afecto que uno les tiene siempre que se escriben a conciencia y con verdad: las palabras son lo único que uno tiene para enfrentar el mundo con todos sus altibajos.
En efecto, las palabras que quieren decirlo todo no son en realidad sino envoltorios de realidades que, como en las cajitas chinas o en las matrioshkas, ocultan sorpresas que no siempre casan con la realidad. Cuando ellas se amontonan al grado del aturdimiento creo que es válido, sano y correcto, darle una vacación a la pluma y escribir sobre las cosas buenas que le salen al encuentro a cada quien, como transeúnte, como lector o simplemente como espectador de la vida.
En estos días he estado leyendo El otoño de la Edad Media de Johann Huizinga que, contra lo que pudiera aparentar el título del libro y el nombre del autor, está muy lejos de ser un mamotreto agrio sobre antigüedades y es, por cierto, una crónica sobre los valores, los gustos y las costumbres en el mundo previo al Renacimiento. Huizinga, por otra parte, tiene su historia; se trata de un historiador judío-holandés, famoso por sus estudios culturales y que sufrió confinamiento y exilio durante la persecución nazi.
Pero no fue su magnífica descripción del llanto y la risa durante el medioevo que atrajo con mayor fuerza mi atención, o su minuciosa descripción sobre la etiqueta de la mesa del pobre y del noble, sino una frase apenas deslizada, como con cierta timidez, en el prólogo de la que sería, junto con Homo ludens, su obra más celebrada; dice Huizinga: “Las promesas que ligan una época con la siguiente parécenos la mayoría de las veces más importantes que los recuerdos que la enlazan con la anterior”.
Los mexicanos nos hemos acostumbrado ya, tristemente, a que debe existir un tono de enardecimiento y de vorágine cada que hay un cambio importante en la sociedad, como si no pudiéramos transitar con normalidad del hoy para el mañana; como si fuera necesario invadirlo todo con el ruido y la parafernalia y hubiera que distraer la atención de las cosas importantes para situarnos siempre en un perpetuo presente atormentado. Como si no fuera más fácil, para todos los ciudadanos, transitar por nuestro tiempo histórico con verdad y con tranquilidad, destacando las cosas buenas, los compromisos cumplidos y las esperanzas en un mañana menos tormentoso.
Estoy de acuerdo con Huizinga, creo que cualquiera que respete en algo la estabilidad de la vida lo está; no son los recuerdos de un ayer, por glorioso que sea, lo que nos puede mover en el mundo, sino las posibilidades de un mañana que siempre podemos construir más generoso, más equitativo y más justo.
fsm@derecho.unam.mx
Abogado y director de la Facultad de Derecho de la UNAM
