Nos gusta el delito

Raúl Cremoux

Cualquiera de los crímenes que ocurren en nuestras inmediaciones sería el motivo, en otro país, de un estrujamiento nacional. Aquí es tan común que como no sea a un familiar directo, a nadie acongoja.
Las páginas de los periódicos nos traen a diario un inventario siniestro en el que lo mismo hay niños robados que baleados; mujeres violadas y finalmente desolladas; hombres decapitados, apaleados hasta morir o enterrados vivos en botes de combustibles densos. La lista de crímenes es tan larga como horrenda. A ella habría que agregar la de los secuestros, los balaceados y los mutilados y golpeados.

Nuestros diarios y revistas compiten para ver cuál tiene la más larga y abultada lista roja con toda suerte de ultrajes y crímenes. El inventario de sangre que en un país civilizado escandalizaría, entre nosotros es la nota de todos los días. Nadie gime ni se horroriza. Nos hemos venido acostumbrando, y la estadística del sufrimiento y la vergüenza pasa entre nosotros sin causarnos ni asombro ni dolor.

Sólo el lunes pasado, los diarios daban cuenta de que la madre de 25 años, Laura Cecilia Rivas, era asesinada en un restaurante junto con su padre, su esposo y su hijo de dos años y, para hacer un recorrido de lo semejante, uno de los diarios más importantes y de mayor circulación en el país recordaba cómo los criminales ya actúan frente a comensales y a la luz del día sin tratar siquiera de ocultar sus identidades. Para ello, consignaba lo ocurrido en fechas recientes: el 8 de abril pasado, mientras cenaba con su esposa e hijos en el restaurante Carambas de Chilpancingo, Guerrero, cuatro individuos con rifles R-15 asesinaban a Ernesto Moreno con su esposa. El 10 de abril en el restaurante Gran San Carlos de Monterrey, es ejecutado de cuatro balazos en la cabeza Jaime Antonio Casanova, y lo mismo le ocurría a su esposa y dos de los comensales que los acompañaban. Todos se dedicaban a la compra y venta de maquinaria usada.

Para despojar a comensales de sus pertenencias y dinero en efectivo, dos hombres entraron el 16 de julio de este año al restaurante Vincent en la delegación Álvaro Obregón. Apuntaron con sus armas a los comensales y al resistirse uno de ellos, fueron aniquilados seis de los comensales. El 16 de septiembre pasado, en el restaurante Las Trojes de Morelia, Rogelio Zarazúa, su acompañante y otros tres comensales vecinos fueron aniquilados con metralletas.

Estos crímenes, documentados en lugares específicos, con testigos de por medio, a plena luz del día, nos hablan primeramente de la impunidad con la que obran los asesinos. Saben de antemano que pueden actuar a plena luz y en sitios públicos sin que nadie los detenga. La lista negra de quienes actúan de ese modo sin ser nunca detenidos es tan larga como ancha es la villanía de la que gozan. De hecho, nadie está a salvo en este país; no importa que sea totalmente ajeno a los numerosísimos actos delincuenciales que nos ahogan. Cualquiera puede ser alcanzado por balas, levantado para ser secuestrado y, lo que es peor, ninguneado por las autoridades ya que la lista de crímenes es tan grande y ancha que ahí todos tenemos lugar sin que exista la posibilidad de evitarla. La leyenda que antaño repetían los jueces de que el crimen no paga ha dejado de ser válida, ya que, en el México actual, pareciera cobrar estatura la sentencia de que al mexicano le gusta el crimen. No hay otra explicación.

cremouxra@hotmail.com

Escritor y periodista

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