Raúl Cremoux
Desde Lázaro Cárdenas hasta Miguel de la Madrid, ese era el gran día presidencial. Un mes atrás, el Señor y sus consejeros se ponían fuera del alcance mortal. Estaban encerrados redactando. El presidente reducía sus apariciones públicas, sólo se le veía por momentos y todos estábamos conscientes que el mes de agosto estaba destinado a la acumulación de datos, cifras patrióticas e intensas reflexiones.
En la alborada del 1 de septiembre, un selecto grupo de locutores se colocaba en sitios claves: Los Pinos, la casa de la madre del pre-sidente, el patio Mariano de Palacio Nacional, eventualmente el lugar donde el presidente había nacido,y claro está, el reluciente y acabado de pintar Congreso de la Unión.
Días atrás, gigantescas bolsas de papel picado se habían colocado en las azoteas de los edificios del entonces llamado “primer cuadro” para ser lanzadas al aire en los momentos en que —en automóvil negro convertible— pasaría el primer mandatario acompañado de generales, presidentes de diputados, senadores y de la Suprema Corte, coroneles, y un séquito de guardias personales.
La televisión lo seguiría desde el desayuno. ¿Qué tipo de ingesta había seleccionado? La esposa y los hijos, no sin pudor, se encargarían de decirlo. La emoción de la madre y los hermanos pondría acento en el sentimiento patriótico. Año con año, le dirían a la nación que desde que era niño, el actual presidente, el ahora bigotón, el calvo, el panzón, el grandote, siempre jugó y más tarde, cuando tuvo edad de hacerlo, pensó en entregar su vida a los más necesitados y a los enfermos irremediables.
Los signos más sobresalientes de ese día, se ubicaban en tres ejes: a) el patriotismo que desbordaba todos los corazones; b) la creencia colectiva de que todo lo dicho por el Señor era cierto; c) el respeto sacrosanto a los símbolos nacionales, banderas, soldados, himnos y, sobre todo, al Presidente de la República. La culminación del día era la felicitación en Palacio Nacional. La élite y grandes filas de ciudadanos comu-nes aguardaban durante horas para estrechar la muy cansada mano de quien había dedicado durante cuatro y seis horas —como fue el caso de Luis Echeverría— a relatarnos el estado, siempre ascendente, en que se encontraba la nación.
De esa forma, con el cabello entresortijado con el confeti tricolor y perlando sudor en la frente, el presidente en turno personificaba nuestro cabal derecho a estar informados. Los mexicanos de entonces éramos felices y nos sentíamos satisfechos. Hoy las cosas son diferentes. Hay quienes ni siquiera desean que el presidente Calderón se asome cerca del Congreso. Otros juran que sólo le permitirán que entregue su informe por escrito y se vaya a comer camarones a su casa. Su partido, el PAN, negocia cuanto puede para que llegue a la Cámara de Diputados.
Dicen los enterados que han prome-tido la cabeza de Ugalde, más aumentos en impuestos y hasta una estatua de la maestra Gordillo en el patio central de la SEP. La televisión ya no fabrica las entrevistas con los familiares, maestros y amigos íntimos del Presidente. Desde ahora busca los sitios claves en que el desprecio, las palabrotas y los golpes pudieran desatarse. Todos nos hemos olvidado del confeti, de la solemnidad y del lápiz para anotar lo que más nos interesaba. Ahora nos recreamos apostando si Calderón llega y se va; entra o lo rechazan; si habla o lo callan. ¡Ah, la nostalgia, cuánto daño le hace a la democracia!
cremouxra@hotmail.com
Escritor y periodista
