Modelo en crisis

Alberto Aziz Nassif

El factor común entre los tres procesos electorales del domingo pasado fue la abstención. Con historias regionales diferentes, con niveles económicos contrastantes, con geografías diversas, algo similar sucedió en Baja California, Oaxaca y Aguascalientes: sólo una parte minoritaria de la ciudadanía acudió a votar.
Sin tratarse de un fenómeno nuevo, se observa que esta tendencia se profundiza. La vinculación entre partidos y ciudadanos se ha deteriorado de forma importante y el modelo electoral está en crisis. Las expectativas de cambio político y de una representación eficaz para resolver problemas se han empantanado. La generación de una partidocracia, cuyos rasgos más sobresalientes forman una pinza: un filo son las campañas de mercadotecnia y la guerra sucia; el otro, las maquinarias de acarreo y la compra del voto. Además, el frenesí electorero de estar todo el tiempo en elecciones y competencia es otro factor que ha terminado por generar cansancio y hartazgo ciudadano.

En Oaxaca la abstención fue la nota dominante, 65%, casi siete de cada 10 ciudadanos no votaron. Se impuso la maquinaria del PRI e hizo un carro completo en el Congreso del estado; el PRD no ganó ningún distrito. Oaxaca es un territorio minado, el conflicto social se ha podrido pero está lejos de haberse resuelto. El reciente informe de Amnistía Internacional muestra la grave violación de derechos humanos en el estado ante el silencio y la complicidad del gobierno federal.

En Aguascalientes la novedad fue el regreso del PRI. Después de más de 10 años de dominio panista, el tricolor ganó la capital del estado y otros cuatro municipios, además de la mayoría en el Congreso del estado, 11 de los 18 distritos. Desgaste del partido gobernante y divisiones internas llevaron a los ciudadanos a optar por otro partido.

La única gubernatura en juego fue la de Baja California. El año 1989 fue una fecha importante para el país, las elecciones en ese estado abrieron un nuevo espacio en la vida política: se cayó el muro de la unanimidad priísta en las gubernaturas y llegó el primer gobernador surgido de un partido de la oposición. Ernesto Ruffo y el PAN fueron los protagonistas de ese momento. Dieciocho años después las cosas han cambiado bastante. Tres sexenios de gobiernos panistas dejan un estado con graves problemas de delincuencia organizada y narcotráfico, una campaña mediática de guerra sucia, una elección polarizada, además de una ciudadanía que se ha retirado de las urnas, a tal grado que las elecciones en ese estado se han vuelto una actividad para minorías.

Las opciones políticas de Baja California eran limitadas: la decisión del voto era entre otra victoria del panismo, más de lo mismo con José Guadalupe Osuna, que fue alcalde de Tijuana, o la posibilidad de cambio de partido a manos de un político “excéntrico”, Jorge Hank Rhon, actual alcalde de Tijuana. La decisión no fue sencilla para los votantes de Baja California.

Además, los antecedentes de esta elección la complicaron. Desde la candidatura de Hank Rhon, que le fue retirada por el Tribunal Electoral local y después se la regresó el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, pasando por el clima que generó el tono de una campaña electoral con tal nivel de suciedad, que algunos consideran que lo ocurrido con las elecciones presidenciales de 2006 fue como un juego de niños comparado con lo de Baja California 2007, hasta llegar a los árbitros de la contienda, que se les percibió sin imparcialidad y rebasados por la avalancha de las maquinarias partidistas que gastaron dinero de forma amplia en los medios, lo cual quedará en los claroscuros de una fiscalización muy limitada.

Para rematar el cuadro, esta elección se vio acechada por una fuerte manipulación de votos y la operación de maquinarias del PRI y del PAN, a las cuales Granados Chapa llamó una contienda entre puros rudos.

Baja California fue la demostración de que las opciones políticas se han estrechado de forma considerable. La opción que hace unos años representaba el PAN ha dejado de serlo, sobre todo por repetir estilos y vicios de los gobiernos priístas. Por su parte, el PRI, que hace 18 dejó de gobernar el estado, acudió con una candidatura impresentable. Lo cerrado de los números que anunciaron algunas encuestas preelectorales, 48% para Osuna y 45% para Hank Rhon (EL UNIVERSAL, 27/VIII/2007), pronosticaban una competencia cerrada.

Los resultados en Baja California confirman un alto abstencionismo: sólo participó 41% del electorado. Sin embargo, el pronóstico de una elección cerrada no se cumplió, porque de acuerdo con 91% de los datos preliminares, la distancia se abrió hasta siete puntos porcentuales en favor de Osuna, quién superó 50% de los sufragios, mientras que Hank Rhon se quedó en 43%; además, el blanquiazul ganó cuatro de los cinco ayuntamientos y 14 de los 16 distritos de mayoría relativa.

Los bajacalifornianos tomaron al final la decisión de impedir el regreso del PRI, porque la opción se presentaba como un extremo. Ni el dinero en medios ni las excentricidades del candidato tricolor le alcanzaron para quitarle al PAN el gobierno del estado. Ahora el PAN tendrá que revisar sus políticas públicas, porque si el candidato del PRI hubiera representado una opción más atractiva para amplios sectores de la población, el marcador posiblemente hubiera favorecido al PRI, como sucedió en Yucatán y en Aguascalientes.

Baja California volvió a plantear el mismo problema de fondo para el sistema político: las condiciones de la competencia se han alterado de forma significativa, al grado de que ya no hay opciones en juego, proyectos en pugna, políticas públicas contrapuestas, por lo que los comicios han dejado de ser verdaderas opciones para que la ciudadanía pueda tomar una decisión. Entre la marabunta de mercadotecnia y medios y la operación de compra y coacción de votos, el espacio del debate, de la deliberación y de lo que se supone que hace una campaña electoral —contrastar proyectos y tener capacidad de decisión con libertad—, las elecciones han quedado reducidas a un juego absurdo de medios y compra de voluntades, como el modelo que se ha instalado para dominar el campo electoral mexicano.

Investigador del CIESAS

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