Encuesta Nacional sobre la discordia y la concordia
País con espíritu de concordia y futuro
Raúl Eduardo Bonifaz*
La “Primera Encuesta Nacional sobre la Discordia y la Concordia”, terminada recientemente, por José Carlos Castañeda, Consultor de comunicación política en Central de Estrategias Políticas (CEPOL), ha querido evaluar el estado que guardan los valores de la convivencia y la divergencia, la discordia y la concordia en la sensibilidad ciudadana. Se han interrogado a los mexicanos sobre las conductas violentas que frenan los acuerdos, sobre el avance o el retroceso de la democracia, sobre la pluralidad y la confrontación. ¿Hasta dónde ha modificado la democracia el comportamiento de nuestros políticos y nuestros ciudadanos?.
La ciudadanía condena la violencia venga de donde venga, del gobierno o de la movilización social. Su principal demanda es que la discordia social y política se resuelva por la vía del diálogo y el acuerdo. Al hacer un ejercicio de comparación, se evaluó la estrategia de la discordia. Qué piensa la ciudadanía de la protesta social y de sus diferentes manifestaciones. La información mostró que los ciudadanos están en desacuerdo con todas las acciones violentas, incluidas las agresiones verbales. No aceptan el insulto ni los golpes. Se rechaza de manera contundente la toma de tribunas, los bloqueos y las agresiones físicas entre grupos. “Más allá de la protesta, a nuestro nuevo orden democrático le faltan canales para propiciar y conducir la participación ciudadana”.
En los años noventa, México vivió el proceso de su transición a la democracia. Se reformaron las leyes y se crearon nuevas instituciones. El nuevo orden democrático se fundó en un principio esencial: los ciudadanos debían hacerse cargo de la jornada electoral. Gracias a esta transformación, la confianza avanzó en el imaginario social.
La renovación electoral trajo gobiernos divididos, que no alcanzaban la mayoría en el Congreso, ni tenían consensos clave ni lograban acuerdos en los temas fundamentales. El nuevo pluralismo expresado en los votos transparentaba la diversidad del México democrático, pero no creó mecanismos para conciliar agendas y asumir los compromisos comunes necesarios para el avance del país. La pluralidad convocó a la pugna y la inmovilidad. Las diferencias alimentaron la discordia. En ese escenario, prevaleció el estancamiento y la confrontación. Al revés de lo que predica el sabio refrán, por momentos en la democracia mexicana se valora menos un mal arreglo que un buen pleito.
La apuesta por la discordia parece ganar terreno. Ha sido redituable políticamente porque en la arquitectura democrática mexicana no hay incentivos para conciliar ni cumplir acuerdos.
Hasta ahora, el desenlace de la transición es un país plural sin herramientas para dirimir constructivamente sus diferencias y por ello subsisten en la escena política como expedientes rentables la intimidación, el reclamo y el conflicto. Tenemos un régimen de partidos y una ley electoral con instituciones confiables, pero la conducta observable de políticos y ciudadanos deja mucho que desear en materia democrática.
Preocupa entender por qué la discordia y el desacuerdo han prevalecido, dando lugar al pleito y la parálisis, no al diálogo y la conciliación. Con la “Encuesta”, se ha querido responder dos preguntas centrales: qué tanto han arraigado las prácticas democráticas y qué tanto aceptamos las nuevas reglas del juego. Es decir, hasta dónde ha llegado nuestro desarrollo democrático en el corazón de la ciudadanía y en su relación con la clase política que gobierna el país.
-El Informe Latinobarómetro 2008 es concluyente: a más de la mitad de los latinoamericanos no les importaría que su gobierno no fuera democrático, siempre y cuando resolviera los problemas económicos. Los valores y la cultura democrática están muy lejos de arraigar y aclimatarse en esa parte del continente. A pesar de esto, se consolida el poder del voto. El mismo estudio señala que para un 56% lo más efectivo para cambiar las cosas es votar, frente a un 16% que considera que lo más efectivo es protestar-.
Al revisar el perfil del ciudadano, propuesto por Latinobarómetro, encontramos tres comportamientos concretos que son la norma de conducta en la vida democrática actual. Las tres cosas que “una persona no puede dejar de hacer si quiere ser considerado ciudadano” son: votar, pagar impuestos y obedecer las leyes. La pregunta abierta es: ¿qué tanto los mexicanos pueden considerarse demócratas?
Suena lógico, con esos puntos de partida, que los hallazgos en la Primera Encuesta Nacional en torno a la discordia y la concordia entre los mexicanos arrojen el perfil de una ciudadanía que tiene una relación ambigua con los comportamientos democráticos, muy altas expectativas del cambio, pero poco dispuesto a participar en él. Esa ciudadanía por un lado reprueba a sus políticos y por otra parte les exige actitudes que ella no está dispuesta a practicar. Quiere ser escuchada, pero a la hora de actuar participa poco. Cree en los acuerdos pero no en sus resultados. Bajo la mirada de esa ciudadanía el país vive un estancamiento político y un desencanto democrático.
El ciudadano actual reconoce un cambio en el estilo de hacer política en México. 49% considera que se busca conciliar para llegar acuerdos. Hay disposición, pero no ve los resultados. No se engaña. La calidad de los acuerdos deja mucho que desear. No se traducen en beneficios para los ciudadanos ni en avance para México. Esta percepción es la amenaza más real al proceso democrático. Una ciudadanía que ha perdido la confianza en sus políticos es un síntoma grave de la vulnerabilidad de nuestro cambio de régimen y una invitación al retroceso convocado por la antipolítica.
Ya es conocida la percepción de desencanto ante la política y los políticos. “Nuestro propósito fue profundizar en la razones de ese descontento y la primera reacción ante los políticos no es racional, se activa en resortes emocionales. Por ello, preguntamos cuáles son los sentimientos que provocan los políticos en los ciudadanos. La actitud de conflicto entre los políticos genera indignación y distanciamiento. Aleja a las personas de la política y los confronta con quienes deberían ser sus representantes”.
En cambio, el mal desempeño de los políticos y la incompetencia de los gobierno causa depresión. Una aflicción más grave porque conduce a una sociedad pasiva, resignada y que se percibe a sí misma impotente ante su situación actual. La apatía es el efecto de una sociedad que ya no espera nada de la política. Esta desilusión es tal que el orgullo es el sentimiento que menos despiertan los políticos y para la tercera parte de la población nada de lo que hacen sus gobernantes les provoca entusiasmo. Cuando se le pregunta cuál es el estado en que se encuentra México, la respuesta es tajante: el país está estancado para más de la mitad de la población.
La ciudadanía mexicana se parece en muchas cosas a los políticos que critica. La mayoría les pide llegar a acuerdos, pero una tercera parte de los mexicanos opina que un político conciliador pierde liderazgo o traiciona sus principios. Este es un serio dilema para el aspirante a ciudadano democrático. Asociar la conciliación con la debilidad o, peor aún, con la pérdida de principios, revela hasta qué punto continúa viva la cultura del líder autoritario, cuya única forma de convencer es imponerse. El rechazo a la negociación sigue vivo como un fantasma del antiguo régimen. Se le traduce como transa y “concertacesión”. No ha nacido aún una visión democrática de la conciliación ni de la convivencia con nuestra pluralidad electoral y social.
El hecho es que los ciudadanos se quejan de sus políticos pero en su vida diaria actúan a menudo de la misma forma que critican. La encuesta confirma nuestras dificultades para convivir con la diversidad. La mitad de los encuestados nunca se casaría con alguien con ideas políticas diferentes. Peor aún: una tercera parte no trabajaría con personas que piensan diferente en política, ni sería su amigo. La intolerancia crece mientras más bajo es el nivel socioeconómico, hasta al grado de identificar la conciliación con la traición en los rangos más bajos de ingreso.
Ese panorama puede verse como poco esperanzador para el avance democrático de México. Aún así, los mexicanos piensan que la concordia es posible. Al preguntar cómo califican el nivel de conciliación y acuerdos en otros ámbitos de su vida, los resultados ofrecen una perspectiva distinta. Por ejemplo, en la familia se observa el más alto nivel de concordia. El segundo lugar lo tiene su relación con los vecinos; incluso, los encuestados creen que es más fácil que los mexicanos se pongan de acuerdo entre ellos, a que los políticos lo logren.
Al final, la encuesta indica dos vías para afrontar el reto de la discordia y promover la conciliación. Los ciudadanos demandan ser escuchados. Quieren expresar sus opiniones a través de consultas, plebiscitos o foros. Y aunque los niveles de participación actual son muy bajos, existen temas que podrían detonar la aspiración de participar, como ha sido el caso de los problemas de inseguridad.
“El espejo de la política refleja por igual el rostro de los gobernantes y de sus ciudadanos. La democracia mexicana tiene pendiente el reto de la eficacia, la construcción de una diversidad política capaz de gobernarse y transformar el país en un espíritu de concordia y futuro, no en la parálisis de la discordia y el desencanto concurrente, que es el triunfo de la inmovilidad y del pasado.
Sociedad y gobierno tienen un desafío en común: gobernar la pluralidad política y dirimir sus discrepancias de manera pacífica. El primer paso: respetar las reglas del nuevo juego democrático y crear condiciones para que la discordia no desemboque en un campo de batalla”.
Presidente del ICADEP, A.C. Chiapas
bonifaz49@hotmail.com
