Arcadio Acevedo
1. Dedicatoria cordial
A Israel Gómez, con afecto, por su moruna cortesía.
A mi almohada nueva porque me ayuda a mantener despiertos mis sueños.
2. Introducción
La Paulina es muy inflexible en sus posiciones (acá entre nos, se sabe un chingo). “Si querés apertura, llegále a la lectura”, me dijo. Y me recetó tres cápsulas del Discurso del método de Descartes. Doblé el pico a la segunda. No entendí ni madres. Cuando desperté en medio de una laguna de baba, con el mentón clavado en la mesa, Paulina había desaparecido. Con alguien tengo que desquitarme. Así que iniciaré este libelo con una dosis descartesiana (¡arg!), ya traducida al zoque sanroqueño: El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa poseerlo en buena medida. Esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso (el buen sentido) es naturalmente igual en todos lo hombres.
3. Desniéguenmelo
Político que no espolvorea promesas a su paso, es como una Biblia sin Jesús. O lo peor, como Caguasaki helodia sin chicharrón de barriga. Declamar el decálogo de los problemas municipales en el transcurso de las campañas, nada cuesta. Todo candidato lo hace (excepto César Serrano que los reza en voz baja). Avanzar o no en la satisfacción de esas carencias… he ahí la pedo. Ese es el reto.
A la hora del cumplimiento nada es seguro. Por eso, una mitad (y pico) del electorado se abstiene de votar. La otra apuesta su raída esperanza al candidato que le infunde mayor credibilidad y respeto.
En última instancia, se trata, en esta sucia, inequitativa campaña electoral, de optar por un alcalde con capacidad y sentido del honor para dar cumplimiento a la palabra empeñada, no por un prodigio de retentiva. Opino.
4. En gustos, gastos y gestos…
La semana pasada, dije que el proyecto de crear seis delegaciones en Tuxtla, anunciado por Bayardo Robles, me parece interesante. Para no abrumar a mi solititío lector con carretadas de letras, cité sucintamente las ventajas que, a juicio mío, ofrece.
En sentido contrario, una escandalosa jauría de columnistas azuzados por los gobiernos municipal y estatal, se le echaron encima al candidato tricolor, pertrechados hasta los dientes con calificativos. Y encuerados de razones.
Tras ordeñar al límite la vaca de su creatividad, de su intelectualidad, “el proyecto es una mamada”, concluyeron. ¡Qué güeva! Debatir con ese tipo de “analistas”, equivale a cazar chorlitos con misiles nucleares. Vale infinitamente más el proyectil que la presa.
5. Con queso las tortillas
Días después, leí Red Política de Miguel González. La leo con atención cada vez que se toma la molestia de enviármela por Internet. Otra cosa, chico. También él le baila un zapateado encima al proyecto de Bayardo. Pero, a diferencia de otros, cuelga en el tendedero público sus razones.
Según yo (y quién putas sos yo, que decían), algunos de sus argumentos, con obvia intención, están cimentados más en la sorna, en el malabarismo de las segundas intenciones, en el marketing (el sentido del humor es un buen fijador de ideas), que en el peso específico de los mismos.
Asegura Miguel que consultó especialistas en la materia. Le creo. Es un acucioso investigador. La reciente columna dedicada al rector de la UNACH es uno de tantos ejemplos. Lamento nomás que en el texto que nos ocupa no haya citado nombres ni tendencias. Así los lectores sabríamos de qué color pinta el amarillo con negro, el blanquizaul, o el tricolor.
6. Poner al tiro
Para asegurarme de que alguien va a tragarse mi choro, permítaseme, antes de vomitar mi ponencia, despabilar a punta de cachetadas joloteras al atento lector (nomás falta que me salga analfabeto el güey).
Ora sí. Acepto mi ignorancia sobre el tema. A nadie consulté. Mis conclusiones, las menos, son producto de algunas lecturas. Las más, de la observación y de la buena voluntad (material preciado en la pavimentación de los caminos del infierno). Pero disiento de Miguel, en partes.
7. Ayuntamientos y desapeganzas
Por ejemplo: no estoy seguro de que sea la densidad demográfica lo que principalmente determina la necesidad de crear delegaciones. De acuerdo al tumbaburros, en 1929, cuando la ciudad de México no superaba en habitantes a la Tuxtla actual, las trece municipalidades existentes en su territorio desaparecieron. Luego se dividió en dieciséis delegaciones políticas.
Pienso (¿me estás oyendo universoooo?) que el crecimiento acelerado de la mancha urbana es un mayor motivo para la creación de otras unidades territoriales dentro de una ciudad.
Lo mismo que en el DeFe, de lustros a la fecha, además de la migración campesina a la capital, en Tuxtla se presenta el fenómeno de la expulsión de pobladores de los primeros cuadros de la ciudad (donde los edificios comerciales, de oficinas sustituyen a las casas habitación) hacia la periferia.
La ciudad de México está condenada a crecer hacia los lados, debido a su alta sismicidad (¿se dice así?), entre otras causas. A la nueva Tuchtlán le ocurre igual por cuestiones orográficas.
6. Sólo que sea por eso
El crecimiento acelerado, sin planeación, de la mancha urbana, trae consigo una estela de consecuencias negativas (¡magazo!), que se acumulan como la nieve de los aludes. Me referiré a ellas en otra una oportunidad. Por hoy, ¡salud!
7. Viejas mañas
Ciento y cincuenta pesos / daba una viuda / sólo por la sotana / de cierto cura. / El cura le respondió, / con gran contento / que no vende la sotana / si él no va dentro (Bolera citada por Pablo González Casanova en La literatura perseguida por la Inquisición)
