Los llamaban esquizofrénicos

Fernando Serrano Migallón

En estos tiempos de eufemismos en los que no existe vejez sino tercera edad, en los que las invasiones ahora son ataques preventivos, en los que ya nada es como parecía y las palabras en lugar de describir ocultan y disfrazan, la jerarquía católica parece intentar un malabarismo trasladando este fenómeno lingüístico a la historia, haciendo como los habitantes de Macondo, cuando Aureliano Segundo volvió para narrar la colosal matanza de 3 mil obreros y lo recibieron con la apatía y la serenidad de quien sabe que en el pueblo no ha pasado nada.
Antes a quienes tenían dos personalidades los llamábamos esquizofrénicos, ahora se comparten lo incompatible y mientras representan los intereses del jefe del Estado vaticano son, al mismo tiempo, líderes efectivos del grupo religioso más numeroso del país. El nuncio apostólico llama “doble naturaleza” a esta convenenciera esquizofrenia.

En efecto, aunque en apariencia el representante del Pontífice está acreditado como personal diplomático —y, como todo el cuerpo acreditado ante el gobierno mexicano, tiene severas limitaciones para participar en la vida política del país—, su doble personalidad lo auxilia para hacer lo inverosímil.

Al transmitir las resistencias al cambio que han permitido que el Vaticano sea, hoy por hoy, la única monarquía absoluta sobreviviente en el mundo occidental —amparado en la afirmación de que no hace política sino que es guía espiritual—, se le puede ver tras bambalinas alentando a la jerarquía en lugar de ofrecer diálogo en temas de salud pública, como la interrupción voluntaria del embarazo —otro eufemismo—, o de interés para las libertades civiles, como las sociedades de convivencia, un término meramente descriptivo. Donde hay dogma no hay diálogo y es que en el debate se va dispuesto a ganar y a perder al mismo tiempo para que todos salgamos beneficiados; pero si en lugar de razones se oponen sentimientos, peticiones de principio o ideas preconcebidas, entonces sólo hay dos monólogos opuestos.

A lo largo de la historia, de sus ligas con el poder, la Iglesia católica se ha mantenido como una mixtura de intereses materiales y espirituales; por un lado es una estructura de poder político con sede en un Estado con personalidad internacional, con fronteras y representaciones diplomáticas; sin embargo, al mismo tiempo se arroga una personalidad limitada a los organismos internacionales creados a partir de la voluntad de otros estados soberanos; de ahí que los misioneros actúen en todo el mundo, confundiendo una vez más lo material con lo espiritual y los representantes del Papa puedan llamar al orden a los obispos y cardenales que, de acuerdo con la propia Iglesia, son príncipes en su propia diócesis.

Podríamos caminar por rutas más claras si las llamáramos por su nombre; si nos dejáramos de medias tintas y la Iglesia ejerciera abiertamente intenciones y ambiciones políticas; si dejara el aura romántica de la salvación de las almas para aparecer de cuerpo entero como debe hacer todo político. Al menos así podríamos saber a qué atenernos. Mientras tanto, medrando entre la ignorancia y la buena fe de los creyentes, la figura irregular de aquella doble naturaleza —que, en efecto, llamábamos en otro tiempo esquizofrenia— implica que debemos lidiar con alguien que hace política sin hacerla, que hace diplomacia particular y que irrumpe en nuestra ya complicada vida política no para tranquilizar espíritus, sino para crispar más los ánimos.

El nuncio (el embajador del Vaticano si usamos términos modernos y no medievales) actúa en política nacional, más allá del estricto margen de la vida espiritual de la grey de don Norberto; lo sabe además porque nada hay en la Iglesia mexicana que por añadidura o por sí mismo no tenga implicaciones políticas. Lo sabe y lo disfraza; no hay manera de perderlo de vista; si un grupo religioso pide el voto activo y pasivo para sus ministros, está penetrando los linderos de la vida política; no vaya a ser después como sucedió con el personaje de Juan José Arreola, aquella chica bonita a la que le hicieron “la grosería” y dio a luz un precioso niño nueve meses después.

fsm@derecho.unam.mx

Abogado

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