Lo que la UNAM debiera lograr

Roger Díaz de Cossío

Mi ‘alma máter’, la Universidad Nacional Autónoma de México, está ahora clasificada como una de las mejores universidades del mundo por sus muchas excelencias académicas, buenas carreras, buenos institutos de investigación, gran difusión cultural. Y esto me causa mucho orgullo.
Pero todavía tenemos un gran defecto que nos hace subdesarrollados académicos: cada quien gira por su lado, especialmente en la docencia.

La docencia de la universidad puede representarse como un gran terreno lleno de tubitos de acero que sobresalen; cada uno es un bachillerato o una carrera. A todos ellos se puede acceder por abajo y también salir por abajo, y perder todo lo estudiado. Si se cumplen todas las reglas de los tubitos, tiempos, seriaciones, aprobaciones, etcétera, se puede salir por la parte superior con un certificado de bachillerato o un título profesional. Los tubitos no están intercomunicados. Es más, desde el punto de vista de cualquier alumno, su tubito podría estar en Marte. Si yo me meto a un tubito y después de un año o dos de estudios, no me gusta, me puedo salir, perder todo lo estudiado y ya perdí dos años para volver a empezar.

Los alumnos de la UNAM no se pueden cambiar de plantel, aunque sea del mismo sistema. No te puedes cambiar de un CCH a otro. Si estoy estudiando Ingeniería Civil y me gusta lo ambiental, no puedo ir a la Facultad de Química a tomar un curso adicional, o a la de Ciencias a tomar Biología. No me cuenta y está prohibido.

La rigidez y la falta de flexibilidad son algunas de las mayores causas de deserción. La eficiencia terminal promedio de las carreras de la UNAM es poco mayor de 55% y la de los bachilleratos es del mismo orden. Más de la mitad de los que entran no terminan. Terrible indicador.

Durante el rectorado de Javier Barros Sierra se estableció un sistema de créditos como una medida aproximada del trabajo de los estudiantes. Una hora teórica tres veces por semana valía dos créditos, y una práctica, de laboratorios o de campo, valía uno. Desde entonces, rigurosa y laboriosamente se cuentan los créditos del plan de estudios de cada carrera o bachillerato. Pero no sirven para nada, podrían haberse contado asignaturas de una en una. La idea original era que cada estudiante acumulara su mochila de créditos y se pudiera mover de un lado a otro, fijando, con ciertas reglas generales, su propio plan de estudios. Pero nada. No ha pasado nada.

En las instituciones anglosajonas se pueden hacer carreras combinadas, Economía como campo mayor y Música como campo menor, o incluso tomas dos campos menores. Esto, aquí en México, sería nunca visto, inenarrable.

Antes del conflicto universitario de 1999, corrió una propuesta entre el colegio de directores que se estaba consensuando: decretar que 30% de los créditos de todas las licenciaturas fueran libres para el estudiante, que los podría tomar en la misma escuela, en otra de la propia universidad, en otra del país o del mundo, de forma presencial o a distancia. Esta propuesta habría contribuido mucho a empezar a flexibilizar a la Universidad. Pocos alumnos usarían al principio su libertad, porque nunca la han tenido y no están acostumbrados a decidir por sí mismos sus estudios. Pero, con el tiempo, los de más creatividad y decisión aprovecharían la flexibilidad, y se irían formando nuevas disciplinas. Y comenzaríamos entonces a salir del subdesarrollo académico que tenemos en nuestra sociedad autoritaria y compartimentada. Se podrían tomar otras medidas ya no tan importantes. Por ejemplo, permitir que cualquier estudiante pueda asistir a cualquier curso, simplemente registrándose, si encuentra cupo en la clase.

Al flexibilizar no sólo evitamos la deserción; formamos mejores hombres y mujeres capaces de decidir por sí mismos y no catervas de empleados, que es lo que nos pasa ahora.

Ojalá el próximo rector, que será designado por la Junta de Gobierno durante la primera quincena de noviembre, asuma el tema de la flexibilización de la universidad, como uno central y urgente en su rectorado. Desde mi punto de vista no hay tarea más importante y también difícil porque va en contra de nuestra cultura autoritaria y de nuestras costumbres ancestrales.

rogerdc@prodigy.net.mx

Presidente de la Fundación Solidaridad Mexicano-Americana

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