Sara Sefchovich
En días pasados se llevó a cabo un evento organizado por un grupo de ciudadanos llamado Seguridad en democracia. Muchas cosas aprendimos quienes escuchamos las ponencias que allí se presentaron. Por ejemplo, que hay diferencias en el concepto de seguridad en al menos tres sentidos: seguridad nacional, seguridad pública y seguridad ciudadana.
El primero se refiere al cuidado de la nación para su sobrevivencia, su integridad, su soberanía y el mantenimiento de la paz interior. El segundo al cuidado de las instituciones. El tercero al cuidado de los ciudadanos para que puedan vivir sin amenazas que socaven, afecten o inhiban su vida y su patrimonio.
Si bien los tres pueden enfocarse desde sus aspectos positivos o negativos, lo que aquí se presentó tuvo que ver solamente con estos últimos, que es lo que ahora nos preocupa en la sociedad mexicana.
Por lo que se refiere a la seguridad nacional, de los temas que tienen que ver con ella se abordó el del combate al narcotráfico, con los problemas que significa la intervención del Ejército y la injerencia estadounidense que afecta a la soberanía. No se habló del terrorismo ni de la migración de mexicanos a otros países. El tema se manejó desde una perspectiva académica y se hicieron explícitas las preocupaciones por lo que se calificó de colombianización y hasta guantanamización del país.
El tema de la seguridad pública apenas si se abordó y sólo en el sentido de las reformas necesarias del Estado para proteger a las instituciones existentes.
La cuestión de la seguridad ciudadana se abordó siempre desde la perspectiva de la urgencia de mejorar a las policías y a los sistemas de procuración de justicia para enfrentar los delitos que cotidianamente afectan a los ciudadanos como secuestros y robos.
Además de los diagnósticos, se hicieron propuestas que mostraron un abanico diverso: desde quien consideró que la forma de resolver estas cuestiones consiste en hacer mejores leyes o crear nuevas instituciones, hasta quien lo abordó de manera técnica, considerando que lo que urge es algún tipo de reforma (por ejemplo penal) o un mejoramiento de la tecnología y los sistemas de información o la capacitación de policías y de ciudadanos; desde quien consideró que la solución es dar preeminencia a la clase empresarial a fin de que esta genere bienestar económico hasta quien puso como lo central resolver problemas como la pobreza, el desempleo y la educación; desde quien afirmó que el Estado debe ser el responsable asboluto de garantizar la seguridad hasta quien sostuvo que los ciudadanos tienen obligación de participar en estas tareas; desde quien dio preeminencia al cumplimiento de los convenios internacionales firmados por México hasta quien consideró que hay que mejorar el salario y las prestaciones de las policías.
No hubo nadie que de manera explícita aprobara que el Ejército se esté encargando de estas tareas aunque tampoco hubo abierta censura.
Todos los discursos se mantuvieron dentro de lo correcto: la afirmación de la necesidad de que la seguridad debe conseguirse y mantenerse respetando los derechos humanos, las garantías individuales y los avances democráticos conseguidos.
Nadie se manifestó en defensa de acciones que los afectaran ni en favor de una política de conseguir la seguridad a costa de lo que sea, como hemos escuchado decir a militares y autoridades federales. Se dijo que la vía no puede ser la de criminalizar las expresiones sociales de descontento ni la de reprimir a los movimientos sociales.
En general podríamos decir que, como sucede en este tipo de eventos, se dijo lo que se tenía que decir: gobernadores, legisladores, magistrados y procuradores hablaron de lo mucho que hacen y de la necesidad de hacer más leyes e instituciones mientras que activistas, académicos y empresarios criticaron las acciones concretas y las actuaciones de las autoridades y de los cuerpos de seguridad y de impartición de justicia. Los primeros se fueron por lo que debe ser, los segundos por lo que es y lo que quisieran. Eso sí: ambos grupos coincidieron en que es necesario mejorar las cosas.
Una tercera voz fue la de los especialistas internacionales que hicieron comparaciones con las acciones emprendidas en otros países y estuvo también la crítica a la forma en que los medios abordan estas cuestiones, siempre exagerando porque la sangre vende.
El reto ahora es encontrar los puntos comunes, las posibles concordancias para convertir a estas cuestiones en políticas de Estado, más allá de intereses particulares partidistas, de corporaciones, grupos o individuos.
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
