Carlos Hiram Culebro
En el discurso oficial la salud mental de niños y adolescentes aparece cada vez con mayor frecuencia. Se habla de prevención, bienestar emocional y entornos escolares seguros, pero en la realidad cotidiana de las escuelas mexicanas, la psicología sigue siendo una promesa incumplida. La prevención no llega, llega tarde, o simplemente se simula. El primer problema es tan evidente como preocupante: la falta de psicólogos en las escuelas. En México, son muy pocas las escuelas primarias y secundarias que cuentan con un profesional de la psicología (algunas estadísticas indican que ese porcentaje no supera el 1.4%). Esto significa que millones de estudiantes atraviesan su formación básica sin acceso a atención emocional especializada.
La escuela, que debe ser un espacio de detección temprana, se ha convertido en un lugar donde los problemas psicológicos pasan desapercibidos o son minimizados. Ansiedad, depresión, trastornos de conducta o crisis familiares quedan reducidos a etiquetas como “niño problema” o “falta de disciplina”.
La paradoja es brutal: mientras muchos trastornos mentales inician antes de los 15 años, el sistema educativo carece de los profesionales necesarios para intervenir a tiempo en circunstancias como las que se detallan a continuación: acoso escolar, adicciones, suicidio juvenil y violencia; en el entender que no son las únicas, pero quizá son las más frecuentes.
El llamado bullying, también conocido como acoso escolar, no es un fenómeno aislado ni reciente. Es una práctica sistemática de violencia que ocurre dentro de las aulas y, en ocasiones, bajo la mirada indiferente de las autoridades.
En México, millones de estudiantes han sido víctimas de acoso, en algunos casos con consecuencias fatales. Casos como el que ocurrió en 2023 con aquella niña que estudiaba en una escuela secundaria del Municipio de Teotihuacán y sufrió acoso escolar de parte de una compañera. Falleció por los golpes que recibió en una pelea, mientras sus compañeros grababan ese suceso.
Las cifras son contundentes: hasta el 75% de los menores acosados presentan síntomas de ansiedad, depresión o estrés postraumático. Es decir, el acoso escolar no sólo es un problema de convivencia, sino un detonante directo de severos trastornos psicológicos. En muchas escuelas no existen protocolos efectivos, personal capacitado, ni el seguimiento real.
El acoso se vuelve parte del paisaje escolar, una violencia cotidiana que se aprende a tolerar.
Otro problema silencioso pero devastador, es el inicio cada vez más temprano en el consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias adictivas. Niñas, niños y adolescentes acceden con facilidad a esas sustancias, en entornos donde la supervisión es limitada y la prevención es prácticamente inexistente. Lejos de tratarse de casos aislados, el consumo temprano se ha normalizado en espacios sociales y familiares, funcionando muchas veces como puerta de entrada a otras formas de violencia, rezago escolar y al deterioro de la salud mental; además de la ingesta de drogas más peligrosas. La ausencia de programas sólidos de prevención de adicciones en las escuelas deja a los menores en condición de vulnerabilidad frente a un mercado que promueve las sustancias adictivas. Hablar de salud mental en el ámbito educativo sin abordar de frente este fenómeno es, en los hechos, seguir mirando hacia otro lado.
El incremento del suicidio juvenil en México debería ser una alerta nacional. Especialistas coinciden en que la adolescencia es el periodo más vulnerable, marcado por la soledad, la presión social y la falta de redes de apoyo.
A esto se suma un entorno escolar cada vez más violento. Agresiones entre alumnos, ataques a docentes e incluso homicidios dentro de planteles, han sido documentados en distintos puntos del país. La pregunta es inevitable: ¿cuántos de estos hechos pudieron prevenirse con intervención psicológica oportuna?
La evidencia sugiere que muchos comportamientos violentos tienen señales previas: aislamiento, disminución del rendimiento escolar y cambios bruscos en la conducta, Pero sin psicólogos en las escuelas, estas señales simplemente no se leen. Docentes, personal administrativo o directivo que se percatan de ello no disponen del tiempo ni de la preparación adecuada para su atención.
Así, las conductas anómalas referidas, entre otras, dejan de ser hechos aislados para convertirse en síntomas de un sistema que no escucha, no detecta y no interviene.
Ante la presión social, las autoridades suelen responder con programas que en ocasiones son insuficientes y otras veces meramente discursivos.
Líneas telefónicas de apoyo, campañas temporales o talleres aislados sustituyen lo que debería ser una política integral y permanente de salud mental escolar, sin descuidar la formación académica.
En algunos planteles, los llamados “programas de prevención” se reducen a charlas ocasionales o materiales informativos que no generan impacto real. No hay continuidad, evaluación ni seguimiento.
Más grave aún: la atención psicológica sigue siendo vista como un servicio complementario, no como un componente esencial del proceso educativo.
Si a nivel nacional el panorama es precario, en estados como Chiapas, con elevado índice de pobreza y de marginación, la situación es más incierta. La falta de datos específicos no implica ausencia del problema, sino invisibilidad. La necesidad de atención psicológica en las escuelas seguramente es mayor, pero los recursos suelen ser menores. La prevención, simplemente, no figura como prioridad.
En suma, hablar de psicología en las escuelas no es un lujo académico, es una urgencia social. Cada caso de acoso no atendido, cada adolescente que se quita la vida, cada episodio de violencia escolar o de quien deja la escuela por su adicción, señala la misma falla de origen: la ausencia de prevención.
Porque cuando la psicología no está en la escuela, su ausencia se evidencia en hospitales, en tribunales o en estadísticas de muerte. Y entonces ya es demasiado tarde.
(*) Fundador de la Asociación Chiapaneca de Profesionales para la Salud Mental AC
