“LA PLANCHADA” EN TUXTLA

Fernán Pavía Farrera

El antiguo Hospital General de San Andrés en la Ciudad de México, estaba situado en el Punto 0, que corresponde actualmente al cruce de los dos ejes Uno; fue derribado a principios del siglo XX, para dar lugar al majestuoso edificio del Correo Mayor, célebre patrimonio del Primer Centenario de la Independencia, puesto en servicio en 1910. Un hospital de tipo abierto se levantó en una superficie de cinco hectáreas, en llanos del poblado “La Piedad” y que dio origen a la colonia de los Doctores.
Este hospital inicialmente constaba de treinta Pabellones independientes, para el tratamiento de diversas especialidades, además oficinas de admisión-urgencias y administrativas. La tan extensa superficie dio lugar a jardines, andadores y grandes eucaliptos. En el frente de cada Pabellón un foco daba tenue iluminación nocturna; el resto de la arboleda solo era plateada en noches plenilunares.
Los pacientes encamados eran atendidos por maestros, médicos internos y médicos practicantes, que posteriormente tomarían camino hacia sus respectivas provincias. Un cuerpo de experimentadas enfermeras tituladas, era enlace entre los ordenamientos de los especialistas y los pacientes. Dentro de este grupo, destacaba Yoloxochitl Eulalia, la del corazón en flor y palabra elocuente, la de esbelto porte, impresionante rostro, simpatía y suma pulcritud de albo uniforme, planchado en líneas definidas hasta los tobillos. El cariño y dedicación hacia los enfermos, más su grata presencia y afecto, eran correspondidos por todos los que llegaron a conocerla.
Entregada a su vocación de servicio, no tuvo oportunidad de asistir a la recepción preparada para una nueva generación de practicantes y hasta que fue llamada para ayudar en una intervención quirúrgica menor por uno de ellos, fue cuando conoció al que inquietaría sus sentimientos. La confinación y la cercanía en un lugar de trabajo, fue propiciando mutuo despertar amoroso entre ambos, con gran intensidad en ella, pero con
oculto desinterés en él. El romántico momento avanzó hasta alcanzar entrega total, apoyada en promesas matrimoniales. Las condiciones de trabajo les marcaban diferentes horas y días de descanso que no podían disfrutar juntos, por lo que el acercamiento íntimo solamente podían realizarlo sobre la grana, en alejado reducto dentro del amurallado establecimiento nosocomial.
Acercándose el fin del año laboral y estando próxima la fecha señalada para el enlace, el joven practicante informó a Yoloxóchitl Eulalia, que al amanecer partiría por quince días a un seminario en el Hospital Muguerza de Monterrey. La semana siguiente, una compañera de trabajo le informó haber leído en un periódico, que su prometido se encontraba en viaje de bodas por el norte del país. Desde ese día, Yoloxóchitl perdió interés en su trabajo, se encerró en el silencio y la anorexia hizo presa de su organismo, hasta que finalmente cerró su vida en una cama del mismo hospital.
Poco tiempo después, comenzaron a suceder hechos inexplicables, pero beneficiosos para enfermos graves y nuevos médicos practicantes, relataban que al transitar por los andadores, en noches de luna, veían a poca distancia, la esbelta figura de una enfermera pulcramente vestida; ninguno logró interrogarla o preguntarle por qué caminaba tan solitaria, ya que lentamente se perdía el roce de su uniforme elegantemente planchado, entre el murmullo que acompaña a las hojas de aromáticos eucaliptos. De ahí nació el llamar La Planchada, a la enigmática visión.
Llegué al viejo Hospital Civil de Tuxtla en 1944; la energía eléctrica se suspendía a las 11 de la noche y el personal de guardia recorría los Pabellones auxiliándose con un quinqué de petróleo diáfano. En momentos de reposo se conversaba sobre versiones de milagrosos sobrevivientes a las balas de la Revolución, de joyas y monedas de oro encontrados y en fin, de hechos sobrenaturales. La amarillenta luz vacilante que daba la flama, provocaba sombras amorfas en los corredores y en alguna ocasión surgió el relato de La Planchada, que portando su clásica vestimenta de enfermera, se acercaba amorosa a los encamados, para después perderse entre los rosales. Las trabajadoras que estaban de velada, sabían de una sofisticada compañera, cuyo nombre no ocultaban y que había fallecido por la decepción que le causó el abandono de un ingrato político municipal.
En 1946 se iniciaron labores en el nuevo Hospital “Doctor Domingo Chanona”, contratándose a las más responsables y eficientes enfermeras salidas de la Escuela, establecida por el gobierno local. Albina era una joven de nata simpatía, muy responsable en su blanco vestir y en su trabajo; el turno de la noche propiciaba la conversación y de ella surgió el sentimiento amoroso hacia un joven pediatra, amor que pareció ser correspondido. Pasados algunos meses, el pediatra partió hacia la capital mexicana y en pocos días la separación se tornó en abandono.
Ella no se resignó y partió, infructuosamente, a buscarlo; al no encontrarlo, la desesperación la llevó a la decisión de tomar fuerte dosis de medicamentos inductores del sueño y finalizó su penar. En 1954 volví al Hospital de Tuxtla y alguna noche de visita a hospitalizados, la enfermera del turno me platicó que en la luna llena, deambulaba sobre los jardines externos la imagen espiritual de Albina, buscando encontrar al esquivo causante de su desengaño.
De esa Escuela Estatal de Enfermeras salió titulada para trabajar en el “Domingo Chanona”, una joven muy dedicada a la profesión y sumamente responsable en el cuidado de pacientes graves. Su físico no era impactante, pero su firmeza y rectitud la hacían merecedora de respeto. Omito decir su nombre, por guarda de secreto profesional, aunque llevaba en sí, la dedicación hacia los desamparados. Sin abandonar un solo día sus compromisos laborales, de su matrimonio procrearon dos hijas que atendía amorosamente. Transcurriendo el tiempo alcanzó el derecho a jubilación por los servicios de Salud e ingresó al Hospital del Seguro Social. Traicionero tumor maligno truncó una juventud filial y para buscar consuelo, la protectora de los desamparados aumentó su dedicación al trabajo, aunque al declinar las tardes, salía a caminar y tomar aire fresco, en los verdes jardines del nuevo Hospital. Con el tiempo el Hospital del Seguro fue insuficiente y aquellos jardines, interminablemente van siendo invadidos por nuevas instalaciones; del verde y arbolado, van quedando solamente algunos corredores resguardados por jardineras de baja vegetación. El personaje de este relato, alcanzó también la jubilación dentro de la Seguridad Social y en el silencio de su hogar, sobrevivió sumergida en evocaciones de su prolongada vida profesional, hasta que otro implacable cáncer la venció. Estudiantes de varias escuelas de enfermería que inician prácticas en el mencionado Hospital del Seguro Social, relatan que algunas noches camina una enfermera atractivamente uniformada, a quien mencionan como La Planchada y que por curiosidad han tratado de alcanzarla, pero que en verdad se percibe algo extraño, se siente presencia; el corazón late con rapidez y el nerviosismo se apodera de ellas, haciéndolas desistir.

“LA PLANCHADA TUXTLECA”
No importa si quien lee esta nota da crédito a lo que va a relatarse, porque no es imposición de fe, sino de dar a conocer situaciones que a pesar de profundas investigaciones científicas, no se ha alcanzado a comprender el por qué existe lo que va entre la racionalidad y lo que está más allá de la física pura. Solamente puedo asegurar que a pesar de lo justificadamente reservado del caso, por interpósita persona se han conocido acciones previas a las inexplicables apariciones nocturnas de La Planchada tuxtleca. Como en los anteriores casos y por razones obvias, se evita emplear nombres verdaderos de los actores, pero los hechos son verídicos, no ficticios ni manipulados.
Cuando la experiencia de la protectora de los desamparados, tomó conciencia de que su grave problema de salud era irreversible, llamó a su única hija, para confiarle una voluntad que sería desde luego, de realización póstuma. Con voz trémula, entrecortada, expresó que toda su vida había sido dedicada al amparo, a la protección, sin descuidar en lo posible, la atención de sus hijas y su hogar; pero que llegado el momento final, había comprendido que nació con el sino de entregarse al cuidado y consuelo de los enfermos y no quería que su exánime cuerpo se constituyera en compromiso para futuros descendientes que no la conocieron. Así es que había tomado la determinación de que el deteriorado cuerpo fuera convertido en ceniza, para que retornara al origen terreno.
Pero la más recomendada petición era que, tomando en consideración la desaparición del Hospital “Doctor Domingo Chanona”, al que había dedicado treinta años de vida, su ceniza se esparciera por lo que quedaba de los jardines del Hospital del Seguro Social, donde por 27 años, también había entregado la otra mitad de su vida laboral, en alivio de los enfermos encamados. Concluyó su existencia diciendo que su cuerpo convertido en ceniza, quedaría así, unido para siempre a su alma y que ambos continuarían viviendo y sirviendo, en el tantas veces mencionado Hospital.
Y cumplidamente, la urna con las cenizas permaneció en el hogar de la fallecida, hasta que llegado el momento favorable de octubre, anocheciendo un día domingo en que se autoriza el ingreso de familiares para visita a los enfermos, las cenizas fueron discretamente esparcidas en corredores y jardineras. Lo demás queda al razonado criterio del amable lector. ASICh

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