La importancia de las palabras

Sandra Lorenzano

Las palabras no son inocentes. Esto lo saben periodistas, escritores, filósofos e incluso vendedores. Las palabras tienen historia, filias y fobias, afinidades, carga simbólica, afectiva, ideológica. En un texto no da lo mismo una palabra que otra, por mucho que el diccionario nos diga que son sinónimos. Esto lo sabemos. Pero quizás quienes mejor lo sepan sean los políticos. Decía Ryszard Kapuscinski -a quien tanto se extraña en estas lides- que el comienzo de las guerras no lo marca el primer disparo con un arma de fuego sino el cambio del lenguaje. El lenguaje del odio llega antes que las bombas, explicaba quien había crecido en una Europa sacudida por la Segunda Guerra Mundial. Para quienes son capaces de escucharlo, anuncia bombas, violencia, represión.
Las palabras no son inocentes y por eso el poder, los poderes procuran controlarlas, cambiarles el sentido, “limpiarlas” de su carga. Un ejemplo clásico de nuestro país es la “institucionalización” de la Revolución en el nombre de un partido. ¿Qué mayor domesticación para una revolución que institucionalizarse? ¿Y el Tratado de “Libre” Comercio? ¿Y las guerras “preventivas”? Los ejemplos sobran. Aquí y en todas partes.

Un modo inequívoco de domesticar las palabras es sencillamente borrarlas, hacerlas desaparecer. Bajo el autoritarismo no sólo las personas desaparecen. En Argentina, por ejemplo, después del golpe de Estado de 1955, se prohibió el uso de las palabras “Perón”, “peronismo” y todos los términos asociados a ellas.

Intentar borrar las palabras tiene el sentido inverso de la lucha por instalar nuevos términos que lleven a ampliar nuestra idea del mundo y fortalezcan la democratización, la tolerancia, la inclusión, la solidaridad. Hace algunos meses Sabina Berman hablaba, a partir del libro que publicó junto con Lucina Jiménez , sobre la importancia de empezar a usar el concepto de “democracia cultural” para favorecer su incorporación a nuestro léxico y por tanto a nuestro imaginario. Y así hemos sumado a nuestra vida los términos “ciudadanía”, “equidad” y otros. Es fundamental comenzar a nombrar para que las cosas existan (aunque sea como carencia, como aquello que queremos alcanzar).

Las palabras no son inocentes y esto lo saben nuestros funcionarios. Por eso preocupa lo que ha pasado en algunas instancias de la SEP, en especial las relacionadas con las escuelas normales. Ni más ni menos que donde se decide cómo vamos a formar a quienes educarán a los niños de México. No dudo que el interés de un Estado por la educación guarda relación directamente proporcional con el lugar que ocupan los maestros; bajos salarios, malas condiciones laborales, problemas sindicales, etcétera, nos dan idea cabal de lo poco que ha quedado de la herencia de Justo Sierra y Vasconcelos.

Una vez más los maestros, y en este caso las escuelas normales, reciben el embate de la ignorancia disfrazada de tecnocracia y “eficientismo”, ahora a través del uso del lenguaje. No hay otra explicación para que se solicitara a las escuelas que ganaron el recurso “adicional” (¿otro disfraz del lenguaje para ocultar los brutales recortes de presupuesto?), otorgado por la SEP para llevar adelante el Proyecto de Planeación Institucional de cada una, que borraran de los programas prioritarios los términos “cultura”, “arte”, “expresión”, “difusión”, “talleres creativos” y “promociones artísticas y culturales”. De no hacerlo se quedarían sin los recursos.

Confío en la buena fe y el compromiso de Josefina Vázquez Mota al frente de la SEP. Sin embargo, valdría la pena recordarles a quienes llevan a cabo estos procesos la importancia del arte y la cultura en la educación de una sociedad. Su fomento no es responsabilidad únicamente del Conaculta, sino del sistema educativo completo.

Quizá valga la pena recordar que la educación que nuestra democracia necesita es aquella que permita el nacimiento de la palabra del otro, no su censura, que forme seres humanos libres, creativos, comprometidos con su sociedad, críticos, éticos, independientes, solidarios; seres humanos con “sueños y utopías”, como proponía Paulo Freire. El arte y la cultura juegan en esto un papel fundamental como espacios lúdicos, de creación, sensibilización, experimentación y disfrute. Sólo así podremos desarrollar al máximo las potencialidades con que nacen los niños.

Quizá valga la pena recordar las palabras de la UNESCO con las que inicia el amplísimo capítulo que le dedica al tema: “La educación por el arte es un derecho humano universal”. Esperemos que nuestros técnicos no les sugieran a los organismos internacionales algunos “recortes” y “borramientos” en sus documentos.

Escritora

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