Hay una pregunta incómoda que México lleva décadas evitando:
¿Por qué después de tantos años de lucha magisterial seguimos teniendo una educación incapaz de transformar verdaderamente al país?
Porque seamos honestos.
Los mexicanos que crecimos en los años noventa vimos exactamente lo mismo que ven nuestros hijos hoy.
Paros.
Bloqueos.
Marchas.
Plantones.
Carreteras tomadas.
Casetas secuestradas.
Edificios públicos ocupados.
Calles cerradas.
Y una narrativa permanente de lucha.
Han pasado más de treinta años.
Gobiernos van.
Gobiernos vienen.
Presidentes cambian.
Partidos políticos cambian.
Pero las protestas siguen siendo exactamente las mismas.
La pregunta es inevitable:
¿Cuál es la victoria de esa lucha?
¿Dónde están los resultados?
¿Dónde está la transformación educativa prometida?
Porque si después de décadas de movilización México sigue teniendo enormes rezagos educativos, entonces alguien tiene que rendir cuentas.
Y esa responsabilidad no recae únicamente en los gobiernos.
También alcanza a los sindicatos.
También alcanza a los liderazgos magisteriales.
También alcanza a los maestros que durante años han sido parte de un sistema que se niega a reformarse.
Resulta imposible hablar de educación en México sin recordar que la relación entre movimientos estudiantiles, organizaciones magisteriales y poder político viene desde hace décadas.
El movimiento de 1968 marcó una generación.
Pero más de medio siglo después seguimos sin resolver una pregunta esencial:
¿La lucha es por transformar la educación o por conservar privilegios dentro del sistema?
Porque una cosa es defender derechos laborales.
Y otra muy distinta es paralizar estados completos año tras año.
Lo más preocupante es que mientras los líderes sindicales negocian con el poder político, millones de estudiantes siguen atrapados en un modelo educativo que parece diseñado para formar obediencia y no liderazgo.
Durante décadas se enseñó a memorizar.
A repetir.
A obedecer.
A seguir instrucciones.
Pero muy poco a emprender.
Muy poco a innovar.
Muy poco a crear riqueza.
Muy poco a desarrollar pensamiento crítico.
Muy poco a competir en un mundo global.
Seguimos formando empleados para un mundo que ya no existe.
Y mientras tanto, otros países enseñan inteligencia artificial, programación, finanzas personales, innovación y emprendimiento desde edades tempranas.
México sigue atrapado en modelos educativos del siglo pasado.
Y Chiapas lo resiente todavía más.
Porque mientras el mundo habla de economía digital, automatización y tecnología, miles de jóvenes chiapanecos siguen enfrentando sistemas educativos incapaces de prepararlos para competir globalmente.
Aquí surge otra contradicción extraordinaria.
Durante años los maestros evaluaron a los alumnos.
Decidieron quién aprobaba.
Quién reprobaba.
Quién avanzaba.
Quién se quedaba atrás.
Sin embargo, cuando la reforma educativa impulsó evaluaciones para docentes, una parte importante del magisterio reaccionó con rechazo absoluto.
Y entonces surgió una pregunta legítima:
¿Por qué quienes evalúan no quieren ser evaluados?
Porque la evaluación debería ser parte natural de cualquier profesión.
Los médicos son evaluados.
Los ingenieros son evaluados.
Los pilotos son evaluados.
Los empresarios son evaluados por el mercado todos los días.
¿Por qué la educación tendría que ser la excepción?
Ahora bien, tampoco podemos ignorar otra realidad.
La educación formal no siempre es sinónimo de genialidad.
Algunos de los mayores innovadores de la historia no concluyeron estudios universitarios tradicionales.
Steve Jobs.
Bill Gates.
Mark Zuckerberg.
Henry Ford.
Richard Branson.
Larry Ellison.
Walt Disney.
Todos ellos construyeron imperios empresariales sin seguir el camino académico convencional.
¿Significa eso que la educación no importa?
Por supuesto que no.
Significa algo mucho más profundo:
La educación verdadera va más allá de un salón de clases.
La educación consiste en aprender a pensar.
A crear.
A resolver problemas.
A innovar.
A generar valor.
Y ahí es donde el sistema mexicano está fallando.
Porque seguimos confundiendo escolarización con educación.
Seguimos creyendo que acumular certificados equivale a desarrollar talento.
Y no es así.
La crisis educativa de México no se resolverá con más bloqueos.
No se resolverá incendiando vehículos.
No se resolverá cerrando carreteras.
No se resolverá afectando a ciudadanos que nada tienen que ver con las negociaciones sindicales.
Se resolverá cuando tengamos el valor de replantear completamente qué tipo de ciudadanos queremos formar.
México necesita maestros inspiradores.
No operadores políticos.
México necesita educadores que despierten talento.
No burócratas del aula.
México necesita líderes que enseñen a construir riqueza.
No especialistas en administrar carencias.
Y sí, también es tiempo de exigir más resultados.
Porque la educación es demasiado importante para seguir tratándola como un campo de batalla ideológico permanente.
Si después de décadas de lucha seguimos teniendo generaciones que no encuentran oportunidades, jóvenes que abandonan sus comunidades para buscar futuro en otro lugar y estados enteros atrapados en el rezago, entonces algo está profundamente mal.
La pregunta ya no es qué le debe el gobierno a la educación.
La pregunta es qué le debe la educación a México.
Y la respuesta es simple:
Le debe resultados.
Le debe excelencia.
Le debe innovación.
Le debe competitividad.
Y sobre todo, le debe una generación capaz de construir un país mejor que el que recibió.
Porque mientras sigamos defendiendo un sistema que produce mediocridad, seguiremos obteniendo exactamente los mismos resultados.
Y México ya no puede darse ese lujo.
Hasta la próxima… ✒️
