Manuel Camacho Solís
El petróleo se mueve y las ambiciones de algu-nos seres humanos los llevan a enloquecer. El petróleo no es una mercancía más. Es un recurso del mayor valor estratégico, una fuente de grandes negocios y la causa de innumerables conflictos en el mundo. Cuando está caro, los apetitos aumentan. ¡Tengamos cuidado!
Hoy el petróleo está muy caro en el mundo. Entre enero y octubre de este año aumentó 84%; está en 92.00 dólares. Mientras esto ocurre, en México brotan los problemas derivados del manejo irresponsable de los últimos años: las reservas han descendido dramáticamente y respecto a sus niveles más altos, se ha caído la producción en 400 mil barriles.
El petróleo está tan caro por el rápido crecimiento de la economía mundial de los últimos años, particularmente en China e India. También, por las turbulencias políticas que se están presentando en el mundo, en mucho asociadas al error estratégico de la intervención norteamericana en Irak.
En México, la disminución de las reservas y la menor producción, resultantes de la sobreexplotación y de la apuesta a la privatización, dificultan el panorama. Por la irresponsabilidad extrema del gobierno de Fox, se forzó el ritmo de extracción del petróleo de Cantarell y se dilapidó el enorme excedente de los altos precios. Sus compromisos por exportar más y privatizar, han aumentado la vulnerabilidad del país.
Hoy no contamos con una industria petrolera y petroquímica robustas. Seguimos petrolizados en nuestras finanzas públicas y en nuestra visión sobre la economía, con retraso en las políticas de diversificación y ahorro de energía y deserción respecto al gran cambio tecnológico en energía que se avecina.
Ante un escenario petrolero internacional y nacional difíciles, resurge la tentación privatizadora. Se juntan los apetitos del los altos precios que atraen a las petroleras, con los intereses estratégicos de los Estados Unidos; las ambiciones de quienes pretenden ser los próximos billonarios y de los políticos, con la limitada visión tecnocrática de los funcionarios que miran al petróleo como si fuera una mercancía más, sólo sujeta a la oferta y la demanda.
El silbato empieza a silbar. Dice el gobierno que México tiene grandes reservas, pero no la tecnología para extraer el petróleo de sus aguas profundas, pues la tecnología es tan compleja como la que se necesitó para lanzar al hombre a la Luna. La conclusión es automática: privaticen. Proseguir con el patrimonialismo y con el intento privatizador sólo llevará a posponer las decisiones difíciles que Pemex necesita y a desatar una polarización política que va a costar más que la supuesta solución. El horno no está para bollos.
Ante un cuadro internacional turbulento en materia petrolera, importaciones de gasolina en ascenso a altos precios, restricciones políticas en materia de precios internos y una situación en extremo complicada en Pemex por el abandono y los intentos privatizadores, que han debilitado al Estado y al país, lo que se necesita es precisamente lo contrario.
Hay que preservar a nuestro petróleo de la disputa de los intereses petroleros mundiales y de los apetitos internos. Fortalecer a Pemex, no seguirlo debilitando. Preparar el programa de emergencia que evite una crisis de energía hacia el final de esta administración. Relanzar la petroquímica. Debatir en serio acerca de un programa nacional de energía. Y, también, despetrolizar nuestra política económica y nuestra visión del desarrollo, para dar cabida a otros asuntos cruciales como la educación, la ciencia y la tecnología, la recuperación del campo y la inversión en infraestructura.
Se demanda una ruta alternativa que fortalezca la posición de Estado en Pemex y, a partir de ahí, los acuerdos con empresas y la generación y obtención de tecnologías que más convengan. Preservar nuestro país de la disputa mundial. Otorgarle a su dirección, desde el Congreso, el debido respaldo político y de recursos a cambio de invertir, someter intereses especiales y poner un dique a la corrupción. Se necesita recuperar el petróleo, pero a partir de una visión renovada, con otra agenda y un nuevo acuerdo político.
Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista
