La cruz tatuada en el pecho

María del Pilar Servitje de Mariscal

Hace 59 años se celebra el Día Internacional de la Cruz Roja; 40 de ellos he sido su voluntaria y he visto, desde sus hospitales, la historia de México, acompañando con pasión de servicio el movimiento que fundó en Suiza Jean Henry Dunant para “proteger la dignidad humana”. Velar por la vida y esa dignidad del ser humano es parte de nuestra misión y objeto de los festejos que en este día se llevarán a cabo en todo el mundo.
A los 134 de haberse fundado este gran movimiento internacional, me siento muy orgullosa de formar parte de él tras años en los cuales he presenciado desde una perspectiva única la historia contemporánea de nuestro país. A través del auxilio a las víctimas de cada acontecimiento he percibido graves hechos que pudieron simplemente pasar por anécdotas.

En 1968, recién egresada de la Escuela de Enfermería, comencé mi labor en Cruz Roja como enfermera voluntaria trabajando en los servicios de urgencias y terapia intensiva. En esa época pude atender a los lesionados civiles del conflicto estudiantil de Tlaltelolco, experiencia que me marcó profundamente por dos razones primordiales. La primera, por palpar la impotencia de no poder sacar adelante a los pacientes ya que se trataba de heridas por metralleta, de las cuales poca o nula experiencia se tenía en el país; y segunda, por compartir la aflicción de los familiares que peregrinaban de hospital en hospital buscando a sus seres queridos.

Pese a lo anterior, Cruz Roja Mexicana, por su naturaleza de institución neutral, independiente, imparcial y sobre todo humanitaria y de carácter voluntario, fue de las únicas instancias capaces de socorrer a centenas de personas en aquellos difíciles días.

En la época que trabajé en el Hospital de Cruz Roja, hombro con hombro, con las enfermeras, conocí sus inquietudes, sus anhelos de superación, su necesidad de reconocimiento, lo cual me indujo, en años posteriores, a promover mejores condiciones laborales para ellas, brindar una sólida formación a las estudiantes de enfermería, y propugnar por el respeto y dignificación de nuestra profesión, la cual, aún hoy en día no está plenamente valorada.

En 1981 fui invitada a formar parte del Consejo Nacional de Directores de la Institución. En esos años sucedieron las explosiones en San Juanico y los sismos del 85, en los que Cruz Roja desplegó todas sus fuerzas en atención de la población damnificada. Estos lamentables siniestros fueron el momento de hacer un alto en el camino y evaluar nuestra capacidad de respuesta; se elaboró la Serie 3000 para Casos de Desastres, manual operativo que define las acciones a tomar por cada comité tanto antes, durante y posteriormente a una catástrofe.

Años después con motivo de los huracanes y lluvias torrenciales que han azotado a nuestro país durante los últimos años, he participado activamente en los centros de acopio y en la clasificación de medicamentos.

Hoy en día encabezo el Consejo Directivo de la Delegación Distrito Federal de Cruz Roja Mexicana, que cuenta con un Centro de Trauma que brinda atención médica y quirúrgica a víctimas de accidentes o de enfermedades repentinas y el servicio de ambulancias que da servicio las 24 horas los 365 días del año a la ciudad de México.

Son aún muchos los retos que la Cruz Roja Mexicana afronta para ser cada vez más una institución profesional de servicio. En primer lugar tiene que hacer realidad a lo largo y ancho del país su misión de “ofrecer atención eficiente a la población en caso de emergencia y en situaciones de desastre, e impulsar acciones tendientes a incrementar la capacidad de las personas y las comunidades con el impulso de la acción voluntaria”.

Esto implica fortalecer la capacitación de sus colaboradores y voluntarios, y hacer extensiva ésta a la población civil para estar preparados para afrontar los desastres y demás vicisitudes. Para ello, no sólo se necesita impartir cursos y formar especialistas, sino que también contar con la infraestructura idónea para atender las emergencias y desastres.

Es indispensable disponer del acopio suficiente para brindar ayuda humanitaria a los damnificados por los desastres, y sobre todo se debe difundir más estas actividades para así entusiasmar a un mayor número de personas a unirse a las filas del voluntariado.

Captar los recursos económicos que permitan llevar a cabo estas actividades es fundamental, pues desgraciadamente la capacitación, el entusiasmo, el compromiso, el llevar la Cruz Roja gravada al pecho, no son suficientes para cumplir con nuestra misión.

La Cruz Roja Mexicana ha estado presente durante más de 97 años en el acontecer nacional. Hoy en día, sin dejar a un lado la atención de emergencias y desastres, se está haciendo un esfuerzo por profesionalizarla, se han redactado y aprobado nuevos estatutos, reglamentos y normas.

Se está dando un cabal cumplimiento a disposiciones laborales, legales y fiscales, se ha reforzado la captación de fondos y transparentado la aplicación de los donativos, se ha diseñado un plan maestro con programas y objetivos precisos, y sobre todo se está dando un gran énfasis a la capacitación tanto interna como externa y a la promoción del voluntariado.

Pero en vano serían todas estas medidas sin el compromiso genuino de sus más de 25 mil colaboradores que a diario intentamos vivir nuestro lema de “seamos todos hermanos”; es decir, de entregarnos desinteresadamente a promover el mayor bien, la dignidad y la vida de todos.

Consejera Nacional de Cruz Roja Mexicana y Presidenta de la Delegación Distrito Federal

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