Quienes no han visto la serie cinematográfica “La Casa de papel” deben saber que trata de dos atracos planeados por “El profesor” y ejecutados por quienes son identificados por nombres de ciudades, disfrazados con la máscara de Dalí, usando overoles color rojo y enfrentándose con la policía. Todo ello en escenas que mantienen al espectador con elevada tensión debido al “juego de ajedrez” entre el profesor -quien es un maestro del crimen- y autoridades policiacas. También se popularizó la melodía “Bella Ciao”, que en la cinta es un himno para los personajes.
Desde su estreno en 2017 la serie, que es una producción española, se ha traducido a decenas de idiomas y consumida en prácticamente todo el mundo. Esta producción de Netflix plantea interrogantes sobre los mensajes psicológicos que transmite, particularmente en relación con la normalización del delito, la glorificación de la violencia y el restarle importancia a las consecuencias sociales del crimen.
Un rasgo problemático de La casa de papel es que los ocho asaltantes no son presentados como criminales comunes, sino como individuos heridos, incomprendidos o víctimas de un sistema injusto. Cada uno carga con un trauma personal que funciona como justificación de su conducta delictiva. Este recurso narrativo favorece la identificación del espectador con el agresor; propiciando que el juicio ético se debilite frente a la simpatía por el delincuente.
La figura del “Profesor” refuerza esta distorsión, al ser presentada como un estratega muy inteligente. La serie sugiere que el delito es aceptable —e incluso admirable— cuando está bien planeado, es intelectualmente sofisticado o se ejerce contra instituciones poderosas. Este mensaje resulta especialmente delicado en audiencias jóvenes, donde los procesos de formación moral aún están en desarrollo.
Otro aspecto negativo es la representación de la violencia como un medio legítimo de resistencia, por ello normaliza el uso de armas, amenazas y coerción como herramientas necesarias. En este contexto, los rehenes se convierten en figuras secundarias, cuya angustia se diluye frente al atractivo desempeño de los delincuentes.
Esta despersonalización del daño reduce la percepción del sufrimiento ajeno y puede contribuir a una visión distorsionada de la realidad. El mensaje implícito es que el fin —la rebelión, el dinero, la fama— justifica los medios; incluso cuando estos implican humillación, miedo o riesgo para terceros inocentes.
La serie se apropia de símbolos de protesta social para vestir al crimen con una aura ideológica. La narrativa insiste en que los atracos no son simples robos, sino actos de resistencia contra el sistema financiero, el Estado o las élites económicas, de manera que el crimen aparece como una forma válida de justicia social.
El riesgo de este enfoque radica en trivializar la protesta legítima. Al mezclar el activismo con la delincuencia organizada, la serie contribuye a una confusión que puede deslegitimar movimientos sociales reales y legitimar conductas criminales bajo un discurso pseudo revolucionario.
La máscara de Salvador Dalí utilizada por los protagonistas trascendió la pantalla para convertirse en un símbolo reconocible a nivel mundial, sin embargo, su impacto no ha sido favorable. En manifestaciones políticas, protestas antisistema e incluso en robos bancarios ocurridos todo ello en distintos países, los manifestantes han utilizando la máscara y los uniformes rojos, lo que evidencia cómo un producto de ficción facilita la imitación.
Quizá el mayor problema de “La casa de papel” es que no muestra las consecuencias reales del crimen, ya que el trauma prolongado de las víctimas, el impacto económico en trabajadores comunes y la erosión de la confianza social quedan relegadas a un segundo plano. La serie privilegia el suspenso.
En un contexto global marcado por la polarización, la desconfianza institucional y el desencanto juvenil, este tipo de narrativas encuentra terreno fértil. El peligro no radica en la ficción en sí, sino en su consumo acrítico, donde el entretenimiento sustituye al análisis y se eclipsa la ética.
“La casa de papel” es, sin duda, una producción técnicamente lograda y narrativamente eficaz. Su éxito comercial es innegable, lo que se vio favorecido por la pandemia. No obstante, la romantización del delito, la justificación de la violencia y la apropiación simbólica de la protesta social plantean preguntas incómodas sobre el papel de la industria del entretenimiento en la construcción de valores.
En suma, la serie deja una lección ambigua: cuando el crimen se vuelve espectáculo y el delincuente se transforma en un símbolo, la frontera entre ficción y realidad se vuelve peligrosamente difusa.
*: Fundador de la Asociación Chiapaneca de Profesionales para la Salud Mental.
