Itinerario Político

DF: el reino de la impunidad

Ricardo Alemán

En la capital, cualquiera puede hacer cualquier cosa… y no pasa nada

En ese clima, jefes del crimen pueden pagar matarifes para “fusilar” policías

Más allá de la polémica sobre los niveles de inseguridad que se viven en el Distrito Federal, está claro que pocos objetarían que es la ciudad reina de la impunidad.

Y es seguro que no faltarán las voces que pretendan negar lo que está a la vista de todos —lo que es evidente y padecemos todos—, y sin duda uno que otro hasta se atreverá a cuestionar: ¿Por qué la certeza?

Y la respuesta la saben todos los que viven en la capital del país. El Distrito Federal es el reino de la impunidad, porque en las calles del “Deefe” cualquier ciudadano puede hacer cualquier cosa, sin que pase nada. Todo tiene arreglo, precio, forma de solucionarse. Todas las autoridades tienen precio y todos —o casi todos, para no ofender a las buenas conciencias— somos corruptos, en mayor o menor medida.

En las avenidas más importantes de la capital del país, cualquiera puede meter su camión de carga, su microbús, su camioneta de redilas para vender bolsas de fruta; cualquiera se puede poner de acuerdo con los policías de tránsito para estrangular una calle —como ocurre cada tarde en el entronque de Viaducto y Periférico—, que permite la vendimia en plenas vialidades primarias; cualquiera puede hacer un plantón, bloquear esas “arterias viales”, protestar por lo que sea, durante el tiempo que sea.

Cualquiera se puede apoderar del corredor Reforma-Zócalo, bloquear la avenida Bucareli frente al reloj chino, plantar durante días, semanas y hasta meses casas de cartón, madera o ladrillo en la explanada del Monumento a la Revolución, en la plaza de La Madre; cualquiera puede cerrar la continuación de Tlalpan hacia el sur, para instalar la feria del pueblo y provocar cada tanto un caos monumental; cualquiera se puede desnudar en Reforma y alardear de un movimiento social fantasma.

Cualquiera puede colocar los camiones de basura, en los alrededores de las “Estaciones de transferencia”, para convertir las calles en industrias para separar los desperdicios reciclables; cualquiera puede convertir la calle en mercado sabatino o dominguero —en las avenidas más transitadas— o establecer una extensión del taller mecánico en plena calle. En decenas de unidades habitacionales, cualquiera puede construir extensiones de las casas, apoderarse de los jardines colectivos, de las áreas comunes y edificar una nueva casa en esos espacios.

Cualquiera puede convertir en propiedad privada tal o cual calle, la que alquila para estacionar automóviles. Cualquiera puede convertir una calle —como ocurre en Tepito— en un mercado privado, con techo, agua, energía eléctrica, calle por la que se prohíbe el libre tránsito de las personas; cualquiera puede abrir un antro, un centro de espectáculos sin contar con estacionamiento, sin medidas de seguridad, sin reglas; cualquiera puede especular a la vista de todos con los boletos para tal o cual espectáculo, cultural, deportivo, musical.

Cualquiera puede plantar puestos ambulantes —del giro que guste y mande, en esta o aquella calle; llevar tanques de gas para las fritangas, vender enseres robados, piratas; cualquiera puede pagar a un herrero para que cierre la calle y se permita sólo el tránsito local, cualquiera puede pagar a otro herrero para construir un puesto fijo en cualquiera de las calles; cualquiera puede clonar un automóvil robado, pintarlo como taxi, dar servicio y usarlo para el robo y el secuestro.

En el Distrito Federal cualquier ciudadano puede hacer esas y muchas cosas más, y no pasa nada, ninguna autoridad pone orden, hace valer un reglamento, sanciona, libera las vialidades, cancela las irregularidades. Ya sabemos que si un hijo de vecino saca un puesto a la calle, llega de inmediato el policía y… siempre existe forma de arreglarse. En ese y en todos los casos arriba citados se llega a arreglos, siempre por debajo del agua, con dinero de por medio.

Desde movimientos políticos y sociales, hasta francas industrias del delito, en las calles de la ciudad de México todos pueden hacer lo que les plazca, sin que pase nada. Se vive en la impunidad total. Y viene a cuento el tema por la ejecución —verdadero fusilamiento—, de un alto jefe policiaco del Distrito Federal; Víctor Hugo Moneda Rangel, asesinado cuando llegaba a su casa la noche del pasado lunes.

Y en ese reino de la impunidad que es el Distrito Federal, cualquiera de los jefes de las mafias puede pagar a sicarios o matones a sueldo para asesinar a jefes policiacos. Total, es el reino de la impunidad. Y cuidado, por ahí se le puede ir a Marcelo Ebrard la candidatura presidencial.

EN EL CAMINO

Por cierto, Édgar Elías, presidente del Poder Judicial del DF, rindió su primer informe de labores. Y prometió una batida contra la impunidad.

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