¡Gracias, Andrés Manuel!
Ricardo Alemán
Debemos gratitud al apostolado de AMLO; enseñó lo mejor de la antidemocracia
Deshonestidad intelectual y política; culto al engaño, deslealtad y traición
La naciente democracia mexicana —con todas sus fallas y carencias— debía estar de fiesta y dar muestras contundentes de gratitud a uno de sus próceres: Andrés Manuel López Obrador.
Sí, porque sea deliberado o involuntario, “Andrés” —como le dicen sus leales— le ha hecho un servicio invaluable a la sociedad y democracia mexicanas. Más aún, seguramente habría muchas voces que se sumarían en favor de crear un reconocimiento de mayor jerarquía a la Belisario Domínguez, para reconocer los invaluables aportes del tabasqueño a la patria.
¿Pero cuáles son —en momentos de crisis política y económica— los aportes de López Obrador a la difusión de los valores democráticos? Sin duda el mayor aporte es el apostolado que por décadas ha dedicado al arte de enseñar. A través de potentes instrumentos didácticos —que además de poseer domina a la perfección— como la demagogia y el engaño; AMLO nos enseñó a todos lo peor de la práctica democrática; las artes más cuestionables de la política mexicana, los más retorcidos meandros de la clase política y de la mal llamada izquierda.
Con una convicción admirable, el venido de donde los verdes se amotinan, nos dejó a todos lecciones fundamentales, invaluables, que van pegadas hasta la médula de los huesos de los políticos mexicanos y que él, prohombre del poder, depuró hasta la perfección. Nos referimos a la deshonestidad intelectual y política, a las florituras de la deslealtad y la traición, sin faltar la mentira, colofón de lo que hoy identifica la sociedad como uno de sus más acabados méritos.
Durante décadas, los ingenuos forjadores de la izquierda mexicana acusaron a Díaz Ordaz, a Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas y demás hierbas del poder, de deshonestos política e intelectualmente. ¿Por qué? Porque blandían la bandera democrática, despreciaban la democracia y sólo les importaba el poder por el poder. Debió llegar Obrador y enseñar con el ejemplo, que el poder es eso, deshonestidad intelectual y política.
Y muchos ingratos podrán regatearle méritos y hasta descreer lo que todos en el PRD saben, pero para llegar a la dirigencia amarilla engañó y traicionó a Heberto Castillo y a Jesús Ortega. Como dirigente del PRD, pactó en secreto con el presidente Zedillo, y concertacesionó gobiernos, el de Zacatecas y Baja California Sur, entre otros. En su ambición desmedida olvidó a sus paisanos tabasqueños para buscar la candidatura a jefe de Gobierno del DF. Lección inolvidable esa en la que mediante el chantaje y el amago de violencia impuso su candidatura, a pesar de que era ilegal. Como jefe de Gobierno del DF cubrió la deshonestidad intelectual y política con el manto de la demagógica “honestidad valiente”, al tiempo que esgrimió dos de sus más acabadas florituras: traición y persecución políticas. Ejemplo de ambición sin límite, cometió parricidio político contra su padre, Cuauhtémoc Cárdenas, además de perseguir a muerte a Rosario Robles, gobernante sin la cual no habría llegado al cargo.
En el ejercicio del poder ratificó a los ingenuos de lo que alguna vez fue la verdadera izquierda, que vivían en el error. Los negocios se hacen en lo oscurito. No licitó los segundos pisos, escondió las auditorías, y fomentó la corrupción con empresarios que financiaron su campaña presidencial. Claro, al ser descubierto, gritó con un formidable ejemplo de temple: “¡Al lobo, al lobo!”. Dejó tirado a su socio Bejarano, persiguió cual preso político a Carlos Ahumada, difamó a Rosario Robles —muestra ejemplar del machismo del poder, y la echó del PRD en forma denigrante— mientras que ocultó ante la autoridad a Gustavo Ponce, genio financiero de alegre vida en Las Vegas. Falta: rehizo a su grupo de contadores con la esposa del pillo Carlos Imaz. Cátedra doctoral sobre las antípodas de la democracia.
Las más didácticas lecciones de democracia las ofreció en julio de 2006, proceso electoral en el que todos conocimos la fuerza de la incultura democrática, del engaño colectivo, del odio y la polarización. Cuando le preguntaban si respetaría el resultado del 2 de julio, aseguraba que era un demócrata, creyente del IFE, respetuoso de las instituciones. Cuando perdió no aceptó la derrota, inventó un fraude, mandó al diablo a las instituciones y echó a pelear a hermanos contra hermanos. Lección también inolvidable.
La reforma petrolera exaltó el valor del aporte. Sabíamos cómo se autodestruye un candidato presidencial, como dinamita al PRD, las tácticas para tumbar a un gobierno y acabar con la democracia. Hoy aprendimos que la lealtad con México es charada; que lo importante es pavimentar el camino para el regreso del PRI al poder. Para eso servirá la reforma. Gracias, Andrés, por todas esas enseñanzas invaluables, aportes para que los ciudadanos no cometan el mismo error dos veces. Gracias, Andrés, por confirmar todo lo que aquí dijimos: tu cultura antidemocrática y que la reforma que fuese, la rechazarías.
