Itinerario Político

El lápiz y el fusil

Ricardo Alemán

El 25 de mayo de 2008, aquí dijimos que el gobierno de Calderón preparaba un foro para que los comunicadores analizaran su papel frente al crimen organizado y el narcotráfico

Medios, víctimas del crimen

Información, un bien público
El 25 de mayo de 2008, aquí dijimos que el gobierno de Calderón preparaba un foro para que los comunicadores analizaran su papel frente al crimen organizado y el narcotráfico. La información es un bien público, dijimos, que no pertenece ni al poder político ni menos al de las mafias.

Nadie puede negar la urgencia de revisar y analizar los términos de la actual alianza entre medios y sociedad —y con poderes legales o criminales—, porque si ayer el partido único secuestró las libertades básicas, hoy pretenden hacerlo las mafias criminales. El pasado 3 de marzo se llevó a cabo el foro anunciado desde mayo de 2008, y una primera conclusión fue esa, que los medios deben hacer su parte en la emergencia. Sí, pero bajo una premisa fundamental: la información es un bien público, cuya garantía corresponde al Estado.

AYER, LA AMENAZA POLÍTICA

En distintos momentos de la historia de México, el ejercicio periodístico —libre expresión, difusión de ideas y de acontecimientos en general— ha sido coartado, censurado, reprimido y perseguido. En el extremo, los periodistas incómodos han sido asesinados.

En buena parte de esa historia, las amenazas a la difusión de las ideas y narración de la historia cotidiana provinieron del poder político despótico y nada democrático, que en no pocos casos respondió con fusiles para callar los mensajes salidos de la fricción del lápiz contra el papel.

En el México de ayer —apenas en mayo de 1984—, el corrupto poder del Estado lanzó las balas de sus fusiles contra Manuel Buendía, quien cayó abatido. El lápiz del periodista dejó de escribir. Para muchos, el de Buendía fue un crimen de Estado, pero lo cierto es que décadas antes de ese crimen era cotidiano ver amenazadas, sometidas y reprimidas libertades como las de expresión, difusión de ideas y hechos. En realidad, durante buena parte de la historia de México se simuló la libertad de expresión. Pero también durante todo ese tiempo gobiernos y Estado corrompieron, censuraron y reprimieron a los periodistas.

Esa historia cambió no por la gracia del poder, sino por el hartazgo ciudadano que dio paso a una alianza natural entre sociedad, medios y periodistas, que empujó la tambaleante democracia que, vale decirlo, no es posible sin libertad de expresión. Hoy gozamos de libertad de expresión —no es plena porque esa libertad, igual que la democracia, se ganan día con día—, y acaso de manera temporal cesó la amenaza de los fusiles que silenciaban los lápices del ejercicio periodístico.

HOY, TOPAMOS CON EL NARCO

Pero el ejercicio periodístico ha topado con una nueva amenaza que no nació para combatirlo y tampoco para matar a los periodistas, sino para hacer frondosos negocios ilícitos vinculados a las drogas. Por definición, el negocio del crimen es un poderoso instrumento para debilitar al Estado, su gobernabilidad, práctica democrática y sus libertades básicas. A la nueva amenaza se le identifica como crimen organizado y narcotráfico, narcopolítica, y los menos le dicen narcoterrorismo.

Lo cierto es que nadie puede negar que el poder de esa nueva amenaza es formidable, no sólo por la potencia de sus fusiles, sino porque nadie sabe quién está detrás de los fusiles, dónde están, cuántos son los que jalan el gatillo de los fusiles, y tampoco se sabe cuál es la jerarquía de su sociedad mafiosa. Lo que sí se sabe es que su ejército —como un virus— no respeta clases sociales, jerarquías profesionales o de poder, edades, género o religión. Las manos criminales están en todas partes, y los dedos que jalan el gatillo de sus fusiles se pueden contar por miles, acaso millones.

¿Por qué esa formidable amenaza criminal de pronto colocó en la mira de sus fusiles al periodismo y a los periodistas? ¿Por qué los fusiles escupieron su furia de balas contra quienes tienen como única arma el lápiz, mágica herramienta que convierte las ideas y las imágenes en mensajes de lo que acontece en la vida cotidiana? ¿Por qué?

El poder real del crimen organizado y el narcotráfico no está en la potencia de sus fusiles, en el número de sus ejércitos o en las montañas de dinero con las que deslumbran a incautos. Está en su poder clandestino, de operar en el anonimato, de comprar oscuras complicidades y filias por dinero. Y por eso —porque mira, huele, pulsa y publica todo lo que detectan sus sentidos—, el periodista y sus historias le hacen tanto o más daño a los criminales que los instrumentos represivos del Estado: policías y Ejército.

Un periodista investiga, indaga donde no entran los servicios de inteligencia. Pero tiene dos ventajas. Escribe lo que ve y la sociedad cree lo que escribe. Hoy periodistas y periodismo están en la mira del narco. ¿Hasta cuándo? Hasta ser capaces de reeditar la alianza sociedad, medios y periodistas. Porque nadie debe olvidar que la información es un bien público, que no pertenece ni al poder político ni menos al poder mafioso. Es propiedad social y colectiva y, por eso, corresponde al Estado garantizarla.

EN EL CAMINO

Y a propósito de mafias, resulta que el contralor de Notimex, Guillermo Ayala Rivera, reventó una reunión de Junta de Gobierno —en la que se aprobaría el nuevo Estatuto Orgánico de la agencia de noticias del Estado—, porque quiere el puesto de “director general adjunto”, no el de director de área, como le corresponde. ¿Quién no deja nacer a Notimex?

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