Lujambio: sucedió
Carlos Loret de Mola
Ya sabían que se iba a morir. Era cosa de semanas. En la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Senadores, los líderes parlamentarios de todos los partidos recibieron la noticia de que Alonso Lujambio no tenía mucho de vida por delante a consecuencia del cáncer que le fue descubierto en la recta final del año pasado, pero que quería tomar posesión.
Eran dos las razones: que quería pasar sus últimos días en México, trabajando y cerca de su familia, a la que la enfermedad había sometido al insoportable dolor de ver desmoronarse una existencia entrañable en un país que no es el propio (Lujambio se atendió en Estados Unidos) y que los carísimos tratamientos habían secado ya sus seguros de gastos médicos, por lo que tomar posesión como legislador federal otorgaba un nuevo plan de protección para él durante lo que le quedara de tiempo y para su esposa e hijos en el futuro.
Así lo aceptaron los coordinadores que mandan en la Cámara y Lujambio fue ovacionado cuando desde su curul, en silla de ruedas, sin pelo y con un parche en un ojo, tomó protesta como senador. El aplauso emotivo fue sobre todo por la lucha de un hombre contra la muerte. Varios de sus ex compañeros de gabinete hablan del ánimo, la fuerza, la determinación con la que Alonso Lujambio Irazábal decidió pelear por la vida hasta el último aliento. Apenas antier, uno de ellos me decía: “lo acabo de ver y no sé cómo me puedo yo poner de malas y quejarme por una gripa”.
Cuando a Lujambio le detectaron un cáncer de médula con pronóstico de espanto lo trataron los médicos del sistema de salud pública nacional. Luego fue que decidió irse a Estados Unidos, a una clínica privada, donde pasó la mayoría de los 10 meses que vivió después.
Alonso Lujambio deja una trayectoria ciudadana del más amplio reconocimiento: fue un respetadísimo académico e intelectual de la ciencia política, luego consejero del IFE en el periodo de mayor prestigio del Instituto (cuando lo presidía José Woldenberg), donde contribuyó a encauzar por primera vez en la historia la alternancia en el país y más tarde encabezó el Instituto Federal de Acceso a la Información (IFAI), desde donde pugnó por la transparencia gubernamental.
En 2009 saltó de lleno a la función político-partidista. Se incorporó al gabinete de Felipe Calderón como secretario de Educación Pública aceptando la condición presidencial de no tocar a Elba Esther Gordillo, se afilió al PAN, buscó —hace un año, caray, cómo es la vida— la candidatura panista a la Presidencia y ya arrinconado por el cáncer fue a distancia candidato plurinominal al Senado.
“Muchos grandes personajes que han brillado en la escena ciudadana a la hora de entrar al escenario del funcionario público se topan con la triste realidad de que hay estructuras inamovibles”, me sintetizó inmejorablemente Gabriel Guerra Castellanos.
SACIAMORBOS
Sonriente, plena, en voz fuerte por si alguien en derredor quiere escuchar, la señora se mofa de quienes especulan que se va a retirar de su puesto de tanto poder y tanto dinero.
