Héroes hasta el elevador
Carlos Loret de Mola
Un tren bala que se llama Jabalina promete ahorrarme el tráfico y llevarme del corazón de Londres al Parque Olímpico en siete minutos y medio. Cuesta 7.50 libras. “A veinte pesos el minuto”, deduzco resignado mientras inserto la tarjeta de crédito en el despachador de boletos. Todos cumplimos nuestra parte del trato: la máquina me da un ticket, yo adquiero una deuda y un estilizado convoy gris sale y llega a tiempo.
Al llegar lo primero que se ve es un complejo multifamiliar de cuyos balcones penden banderas reconocibles y no. Es la Villa Olímpica, donde duermen los atletas de Londres 2012.
En el pasillo que conduce hasta su entrada —donde nadie que no corra rápido, cargue mucho, salte alto o resista lo indecible no puede sortear unos arcos de seguridad— varios hombres y mujeres de distintas razas tienden sobre el suelo unas telas con muchas cosas que brillan encima. Me acerco, descubro que son pines e intento comprar uno de México 68. Resulta que no están en venta. Son coleccionistas que acuden a cada contienda internacional a intercambiar sus distintivos por otros más exóticos e inusuales. Atletas sedentarios. Mientras exploro la mercancía que me es inaccesible —yo no tengo pin que ofrecer en trueque—, siento la presencia de alguien. Al levantarme descubro a una mujer alta, rubia, demasiado blanca y de facciones recias, despeinada y sin maquillar. Lleva unos pants azules con amarillo. Seguro es competidora. ¿Suecia? Qué útil sería tener Google en el cerebro.
Me subo a un autobús rojo de dos pisos que me llevará al International Broadcasting Center, desde donde los medios de comunicación del mundo emiten sus señales y sus representantes trabajan al límite de lo humano consiguiendo a veces algo de sueño en un quiet room, una sala aislada del ruido con deliciosas sillas reclinables.
El IBC son dos edificios de hormigón con mínima estética. A la derecha, el de medios escritos con la redacción más grande que he visto en mi vida. El de la izquierda, los estudios de las televisoras: técnicos, productores, reporteros, conductores con cara de que ya casi es hora de ir al aire. Entre todos, destacan las figuras esbeltas, uniformadas, de los atletas que si están ahí es porque serán o han sido entrevistados, y eso quiere decir que ganaron medalla.
Dos guapas mujeres en pants rojiblancos —¿Polonia? ¿Suiza?— van saliendo. Tres afroamericanos con uniforme que dice USA vienen riendo del fondo de la planta baja. Atrás de mí, uno en amarillo y rojo que no tiene cara de español. Caminan como si su hazaña no contara. Entrarán al set de la televisora de su país y serán venerados. Pero saldrán y serán uno más, harán fila para llamar al elevador y no habrá quién les pida un autógrafo. Salvo que se apelliden Phelps, Isinbayeva o Bolt, son héroes en un estudio y anónimos en el resto de Londres. Me cuentan que a eso le llaman Espíritu Olímpico, que remite a todos a su esencia de deportistas.
SACIAMORBOS
Está buena la polémica, pero ¿no tiene nada que decir el más rico de todos?
