Historias de reportero

El poderoso hombre del escritorio viejo
Carlos Loret de Mola

Su sala de prensa es austera y poco moderna. A un lado, una puerta blindada conduce a una oficina donde apenas caben un escritorio laminado con huellas de desgaste, dos sillas de los años 70, un librero con la mitad de los anaqueles vacíos y un sillón que ya conoce dos siglos sobre una alfombra que parece que lo ha visto todo.
Luce como una presidencia municipal promedio en México. No como la oficina de uno de los hombres más influyentes del mundo, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.
Llegar hasta ahí es lo que marca la diferencia. Son cuatro retenes con hombres y mujeres empuñando armas largas, erguidos, delgados, elegantes.
“¿Está usted armado?”, pregunta en perfecto inglés la recepcionista, el primer contacto para entrar al edificio. Desconcierta el cuestionamiento para cualquier extranjero que pretenda entrar a una oficina gubernamental en cualquier país. No para los ciudadanos israelíes, a quienes, por tres años de servicio militar obligatorio, el gobierno otorga un arma que pueden portar libremente.
Otro guardia continúa: ¿A qué fue a Paquistán? ¿Estuvo en Libia? ¿Dos veces? ¿Por qué visitó Egipto? ¿Cuándo? ¿En qué hotel se hospedó? ¿Cuántos días? Los sellos del pasaporte no ayudan en nada a que el interrogatorio sea breve.
Dos hombres y una mujer del mismo cuerpo de seguridad revisan cada cable, teléfono, cámara, lámpara. Uno por uno. A detalle. Los pasan hasta cuatro veces por la banda de rayos X. Un tripié fue retenido porque sus bases eran puntiagudas.
La agente sostiene un pedazo de papel con unas pinzas. “Enséñeme las palmas de las manos, por favor… el dorso… Gracias”, solicita mientras acaricia la piel con el papel. Es la prueba de Harrison para detectar si algún visitante ha disparado un arma recientemente.
En la planta baja está la sala de prensa y a un lado la oficina austera, medio vieja y descuidada, donde nos anuncian, al rato llegará Bibi —así le dicen todos en Israel— para la entrevista que pactamos.
Es oficina y es set de televisión. Los anaqueles sin libros son los que no alcanzan a salir en la toma, la computadora no es de última generación, hay tres retratos de la familia Netanyahu, una bandera con la Estrella de David, una maceta sucia para que se vea algo verde en segundo plano detrás del entrevistador y en el techo, instaladas de manera permanente en el plafón, cinco lámparas de televisión de última generación ya enfocadas hacia el escritorio.
Su fotógrafo oficial entra sin saludar. “En dos minutos llega”, se limita a enunciar en lo que se acomoda en la esquina. En efecto. Dos minutos.
Benjamín Netanyahu, silencio en todos los pasillos que conducen hasta la singular oficina que cuando no es set de televisión sirve para los funcionarios de Comunicación Social. Llega maquillado, saluda afable, dice dos, tres palabras en español para romper el hielo. Le colocan el micrófono. “Un momentou”, pide tiempo en castellano para ajustarse los puños de la camisa por abajo del saco. “Ready now”.
Comienza la entrevista.

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