En los primeros días de julio, Arequipa —recostada a los pies del Misti, el Chachani y el Pichu Pichu— reunió a un grupo poco común de interlocutores: vulcanólogos, autoridades de gestión del riesgo, universidades, municipios y comunidades vecinas a volcanes activos de América Latina, convocados bajo un mismo propósito. El Encuentro Internacional «Volcanes y Sociedad: Ciencia para la Gestión del Riesgo y el Desarrollo Sostenible», organizado por la Universidad Tecnológica del Perú sede Arequipa, la Municipalidad de Cerro Colorado y el Programa Regional de Asistencia de Desastres del gobierno de Estados Unidos, se desarrolló los días 2, 3 y 4 de julio en el auditorio de la UTP, en la avenida Parra 203 del cercado de Arequipa. Entre sus expositoras estuvo la Dra. Silvia Ramos Hernández, cuyo relato del encuentro y cuya propia trayectoria ofrecen un punto de referencia fundamental para quienes, desde Chiapas, seguimos de cerca la vigilancia del volcán Tacaná y la memoria todavía viva de la erupción del Chichón.
Quién es la Dra. Silvia Ramos Hernández

Bióloga, vulcanóloga y sismóloga originaria de San Cristóbal de las Casas, Silvia Ramos Hernández es una de las figuras científicas más relevantes de Chiapas en las últimas tres décadas. Egresada de la Licenciatura en Biología de la UNAM, realizó su maestría y doctorado en Ciencias en la Facultad de Ciencias de esa misma universidad, y completó una formación posdoctoral en observatorios volcánicos de México, América Latina y España.
Desde 1998 impulsó la creación del Centro de Monitoreo Volcanológico-Sismológico de Chiapas —el primero en su tipo en el estado— y desde entonces ha sido la responsable del monitoreo y vigilancia del Tacaná y el Chichón, los dos volcanes activos de Chiapas. Fue fundadora y primera directora del Instituto de Investigación en Gestión de Riesgos y Cambio Climático de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (UNICACH), donde también coordina la Licenciatura en Ciencias de la Tierra.
Preside el Consejo Consultivo de Cambio Climático del Estado de Chiapas y forma parte del Consejo Federal de Cambio Climático. En 2021, el Congreso del Estado de Chiapas le otorgó la Medalla «Rosario Castellanos», máxima distinción estatal, en reconocimiento a más de treinta años de aportaciones a la ciencia y al cuidado del medio ambiente en el estado. Su trayectoria la sitúa entre las pioneras latinoamericanas en vulcanología aplicada a la gestión del riesgo comunitario.
Actividades en Perú:
Primer día: la ciencia de los peligros
El jueves 2 de julio, bajo el eje temático Vulcanología y Evaluación de Peligros Volcánicos, se sucedieron exposiciones que combinaron el rigor técnico con la dimensión social. La jornada matutina abrió con Marco Rivera, quien ofreció un panorama de los volcanes activos en el Perú; le siguió Kevin Cueva con un análisis sobre la gestión de información geocientífica aplicada a los peligros por flujos de detritos en la ciudad de Arequipa, y Cristopher Harpel, que ilustró los peligros volcánicos a partir de casos específicos del Misti y otros volcanes de la región.
La Dra. Silvia Ramos Hernández presentó el caso de Chiapas: su exposición «Conocimiento de la amenaza y del riesgo antes y después de la erupción de 1982 del volcán Chichón en México» permitió a los asistentes de varios países de la región entender cómo una catástrofe que tomó por sorpresa a una sociedad sin preparación puede convertirse, décadas después, en el punto de partida de un sistema de monitoreo robusto y de una cultura de prevención que hoy protege a las comunidades aledañas al Tacaná y al Chichón. Es, al mismo tiempo, una lección de ciencia y de política pública.
La tarde del primer día profundizó en aspectos complementarios: Mary Mollo abordó la gobernanza del riesgo ante amenazas volcánicas para ciudades resilientes; Heather Wright expuso el uso del Event Tree —herramienta de árbol de decisiones— para la toma de decisiones en crisis volcánicas; Katherine Vargas presentó la estructura interna y la dinámica eruptiva actual del Sabancaya; Rigoberto Aguilar analizó la evolución del complejo volcánico Chachani; Luisa Macedo examinó la percepción del riesgo volcánico en el Perú; María Naranjo compartió la experiencia del simulacro por erupción del Cotopaxi en Ecuador; y Marta Calvache cerró la jornada con las experiencias de gestión del riesgo volcánico en Colombia tras la tragedia del Nevado del Ruiz, uno de los episodios más dolorosos de la historia volcánica latinoamericana.
Segundo día: el volcán como recurso
El viernes 3 de julio cambió el ángulo: el eje fue «Los volcanes y su aporte al desarrollo económico», una perspectiva que con frecuencia queda subordinada al discurso del riesgo y que este encuentro colocó con toda deliberación en el centro del debate. Carla Arias abrió con geopatrimonio volcánico y comunicación científica sobre los peligros; Bilberto Zavala expuso el modelo de los Geoparques en el Perú como instrumento de desarrollo territorial; Alberto Caselli trajo la experiencia argentina del geoturismo y la convivencia con el volcán Copahue; Estefanía Vásquez exploró la valorización de los materiales volcánicos en la cultura y el arte; el representante del Gobierno Regional de Moquegua presentó los volcanes de esa región como guardianes del corredor del fuego; y Ana Monasterio cerró con las experiencias de gestión y uso terapéutico de las termas volcánicas desde Neuquén, Argentina.

La jornada concluyó con una Mesa Redonda y la clausura formal del encuentro. El mensaje que emergió de la discusión fue coherente con lo que el sillar de Arequipa lleva siglos diciendo sin palabras: un volcán no solo produce riesgo. Deja también una huella cultural, económica y patrimonial que una sociedad bien informada puede aprender a leer y a aprovechar.
Tercer día: la tierra como aula
El sábado 4 de julio el encuentro salió de los auditorios. La salida de campo comenzó a las 7:30 horas con traslado a Carmen Alto, donde los participantes recibieron una primera interpretación del paisaje volcánico y geomorfológico de la cuenca de Arequipa. Desde el Mirador de Carmen Alto, la lectura geológica y vulcanológica de la ciudad adquirió una dimensión visual imposible de reproducir en una presentación: ahí está el Misti, ahí están los depósitos, ahí está la ciudad construida sobre y entre ellos.
La visita a las Canteras de Añashuayco mostró los depósitos volcánicos del Complejo Volcánico Chachani y los extensos depósitos de ignimbritas que dieron origen al sillar, la roca volcánica blanca con la que se edificó buena parte del Centro Histórico de Arequipa, hoy Patrimonio Cultural de la Humanidad. La última parada, en Yanahuara, permitió ver ese mismo material integrado en la arquitectura histórica de la ciudad: la misma roca que el volcán arrojó con violencia, convertida en catedral, en arco, en muro que define identidad. La salida concluyó al mediodía.
Lo que Chiapas puede y debe aprender
La pertinencia de este encuentro para Chiapas no requiere demasiada explicación. El estado alberga dos volcanes activos, el Tacaná y el Chichón, y este último protagonizó en 1982 una de las erupciones más letales de la historia reciente de México. La Dra. Ramos Hernández lo sabe mejor que nadie: fue precisamente esa erupción —ocurrida cuando la vulcanología en México «estaba en pañales», como ella misma ha dicho en varias ocasiones— la que marcó el antes y el después en la ciencia volcánica nacional y la que motivó, años después, la construcción del sistema de monitoreo que hoy vigila esos dos volcanes desde la UNICACH.
Las lecciones del encuentro de Arequipa son precisas y trasladables: vigilancia sostenida en el tiempo, no por episodios; formación de especialistas locales con conocimiento del territorio específico; trabajo directo con comunidades para que la prevención no sea solo un ejercicio institucional sino una cultura arraigada; reconocimiento del papel de las mujeres en la ciencia volcánica y en la capacitación comunitaria; y valorización del patrimonio geológico como activo de desarrollo, no solo como pasivo de riesgo.
Son también, en gran medida, las piezas que la propia Dra. Ramos Hernández ha dedicado su carrera a construir en Chiapas. Que haya llevado la experiencia del Chichón al escenario internacional de Arequipa, y que traiga de vuelta las experiencias del Cotopaxi, el Ruiz, el Misti y el Copahue, es exactamente el tipo de intercambio que la ciencia necesita para no quedarse encerrada en sus propias fronteras.
Encuentros como el de Arequipa demuestran que la tarea de preparar a las comunidades para vivir junto a un volcán no es exclusiva de un país ni de una institución. Es, como quedó dicho en las conclusiones del propio encuentro, un compromiso regional que solo rinde frutos si se sostiene más allá de la fotografía de clausura.
