Angel Mario Ksheratto
¿Ayudando al enemigo?
En un antro exclusivo para los entonces recién estrenados junior’s sexenales, tres alegres fresitas brindaban a la media luz de la habitación VIP que les habían habilitado. Ariel Gómez (el tristemente Chunco racista), Alejandro Gamboa y Francisco Castellanos. Celebraban sus “conquistas políticas” al amparo de la sordidez humana de quien ellos, por conveniencia, reconocían como padre político. Habían podido, los dos primeros, colocarse en cargos importantes dentro de la ya abollada esfera política local.
Conforme los sumos de los finos licores y los aromas de los caros perfumes de sus asistentes —jóvenes con cuerpos tallados en los gimnasios más afamados de Tuxtla y de cutis cuidadosa y discretamente esculpido por cultoras de belleza traídas del Distrito Federal— invadían el ambiente, los tres mozalbetes encontraban nuevas formas de acaparar el poder y ocupar más espacios. Ninguno tenía filiación política definida. Cada uno iba a donde se les enviaba, sabedores que la obediencia les dejaría mucho y buen rédito.
Para entonces, el racista Chunco ya era candidato a una diputación local plurinominal por el PVEM; llevaba como fórmula a otro chamaquillo: Fernando Castellanos Cal y Mayor. Gamboa y el Chunco, compartían el mismo pasado, la misma infancia cargada de carencias, pobreza y desesperanza.
Ariel Gómez, aunque siempre lo ha negado, vendía pollo destazado, elotes cocidos, yuca hervida, nieves y en sus mejores tiempos, había sido cobrador de microbuses urbanos en Ocozocoautla. Vivía, más que de las monedas que le daban sus patrones, de la caridad de la gente que le veía con simpatía, dada su capacidad histriónica. Gamboa no tuvo una niñez mejor. Pero la suerte les había sonreído. O más bien, recogían frutos de su pericia para reptar entre los pies de los políticos.
Esa noche, mientras sus espaldas entumecidas por el alcohol, y sus receptivas piernas recibían consoladores masajes de sus gentiles acompañantes, cayeron en las comparaciones. Y de ahí, al ajuste de cuentas social. Sin dudarlo y a sabiendas que la avanzada noche tendría a su jefe en condiciones de vulnerabilidad moral y emocional, le marcaron a su número confidencial. Se había marcado también, el destino político de Castellanos Cal y Mayor.
Unas horas después, la suplencia del Chunco, estaba en manos de Francisco Castellanos, mientras que Fernando Castellanos, tuvo que refugiarse en una lúgubre oficina del PVEM. El odio había sido inculcado. Luego vendrían más acciones que dejarían huella de una enemistad que hasta hoy, es un hecho irrefutable, pese a que las lagunas estratégicas, intentan ahogar la realidad.
En plena campaña electoral y en medio de un desaguisado entre Juan Sabines y Manuel Velasco, Arturo Escobar, entonces parte de la dirigencia nacional del PVEM y Fernando Castellanos Cal y Mayor, funcionario de ese partido en Chiapas, fueron detenidos en el aeropuerto, acusados de transportar una millonaria cantidad de dinero para la campaña. El escándalo cayó en menos y el asunto quedó en el olvido, por falta de pruebas, se argumentó en su momento.
Meses después se supo que el operativo para detener a los dos verdistas, habría sido orquestado desde las oficinas de Palacio de Gobierno, a instancias del propio Sabines Guerrero. Posteriormente, el mismo exmandatario habría buscado la forma de evitar que Fernando Castellanos Cal y Mayor, asumiese la diputación para ésta legislatura. Todos los intentos fallaron.
Con esos antecedentes, es poco creíble que Sabines tenga un rango de injerencia considerable en el Congreso, salvo dos o tres diputados a quienes se les tiene perfectamente bien identificados y que podrían no tener la influencia necesaria para revertir o manipular el expediente de la cuenta pública sabinista que ha desatado a todos los demonios posibles.
El fallo no puede atribuirse a ese tipo de situaciones, sino a cuestiones técnicas ligadas, eso sí, a componendas políticas que tienen otras fuentes y que están intrínsecamente asociadas al manto de corrupción e impunidad. Es decir, viene de una cadena de favores cumplidos o por cumplirse, en la que desde luego, habrá diputados involucrados, interesados en procurar tanto la impunidad para los implicados en el saqueo, como para la de ellos mismos, pues fueron parte de esa red.
Los pataleos, entonces, van en contrasentido de la realidad. No obedecen al sentido común en éste tipo de situaciones. Y es además, parcial, incongruente y lejano a la necesidad de conocer con exactitud, el destino de la cuenta pública pasada que, quiérase o no aceptar, ha tenido errores de fondo que es donde ni los más acérrimos enemigos de Sabines, han querido entrar, ya por ignorancia, ya por desidia o incluso, por complicidad consciente o por lo menos, pasiva.
Decir que Juan Sabines sigue dando órdenes es un tanto aventurado; es tapar el sol con un dedo. Es admitir la sumisión y otorgar poder innecesario a quien rompió el esquema tradicional que protegía a los corruptos. Es ir contra toda lógica posible. No hay duda que podrá tener influencia sobre uno que otro funcionario que dejó enquistado en el actual gabinete y que tiene bajo la planta de sus pies a más de un diputado, especialmente de los que se hicieron millonarios durante su sexenio. Pero de eso a que mantenga el control absoluto del Estado como ente de gobierno, me parece una afirmación más que temeraria, infundada.
El problema, como ya he dicho, es de fondo. Hay, se presume, una investigación federal sobre los recursos públicos otorgados a Chiapas. Merece entonces, una revisión exhaustiva del asunto o por lo menos, una espera prudencial de los resultados efectivos de esa dependencia, para entonces, actuar en consecuencia. Mientras, es gastar pólvora en sanates.
Tarjetero
*** Los diputados federales, validaron las candidaturas independientes. Falta el aval de los senadores que, a juzgar por las circunstancias, ya dieron su veredicto: pasan a ser parte de la vida política nacional. Con esto, los partidos políticos tendrán que reinventarse. Los viejos mañosos que ahí subsisten, están en riesgo de extinción, lo cual es bueno para la salud del país. Pero a la vez, será un riesgo, si no se imponen los controles de rigor, pues en una de esas, muchos “juanitos” podrían asaltar el poder público. Arma de dos filos, sin duda. *** Muy posiblemente, sean 300 millones de pesos los que el Congreso de la Unión destine para Tuxtla Gutiérrez. Una muy buena cantidad que, esperamos, sea bien invertida. Dos cosas, el alcalde Samuel Toledo debe tener en cuenta: que los diputados federales no se queden con el diezmo y que su actual tesorero, no meta las uñas. La fama de éste funcionario, empieza a ser de escándalo y Samuel, hace oídos sordos; lo entendemos, es su cuate, pero no por eso, debe permitir que Betanzos, agarre cuanto pueda. En cuanto a los diputados, debe ser cuidadoso y denunciar apenas le caigan con las manos extendidas. De ahí, todo puede caminar bien, puesto que el edil parece ser un tipo bien intencionado. *** ¿Quién frenará los excesos y desenfrenos de Rafael Guirao, alcalde a control remoto del empobrecido Chilón? Parece que goza de protección y complicidad. *** Luego nos leemos.
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