“Explorar el sonido es descubrir nuevas formas de estar presentes”: Jordi A. Jauset

Entre notificaciones, el zumbido del tráfico y voces superpuestas, el silencio empieza a parecer un lujo.

En ese escenario irrumpe Sonidos para tu bienestar: La ciencia del sonido para la mente y el cuerpo, el libro más reciente del doctor en comunicación, ingeniero y profesor de piano Jordi A. Jauset. Publicado por Plataforma Editorial en España, inició su distribución en formato digital y la edición impresa se distribuirá próximamente en América Latina.

El punto de partida no fue una hipótesis, sino una experiencia. “La motivación principal surgió después de asistir, hace unos años, a un concierto meditativo en Barcelona”, explicó el autor en entrevista con La Jornada.

Aquella sesión con cuencos de cuarzo y voz no se agotó en la escucha; abrió una búsqueda, y el objetivo, añadió, era “experimentar para luego poder explicar qué estaba ocurriendo en mi cuerpo y mente”.

La curiosidad se volvió indagación, y algo todavía lo asombraba: “que algo tan sutil como una vibración acústica haga reaccionar a nuestro sistema nervioso”.

A partir de ahí vinieron inmersiones, contraste y método. Durante años, ese territorio permaneció en los márgenes de la medicina ante la falta de mecanismos biológicos medibles. Hoy el escenario es otro: “Han convergido avances metodológicos y marcos teóricos que dan a las prácticas sonoras una base empírica reproducible”.

Aun así, subrayó Jauset (Lérida, España, 1955), se trataba de “un apasionante campo de investigación” en el que “queda aún mucho por descubrir”.

El desplazamiento es claro: la música dejó de asumirse sólo como estímulo estético para entenderse como “un estimulador neuroplástico capaz de influir hasta en la expresión genética”.

Ese giro abría un cruce entre percepción y biología. Ritmos externos podían sincronizar procesos internos, una relación que vinculó con el entrenamiento rítmico.

En paralelo, ciertas vibraciones favorecían estados de seguridad fisiológica, en sintonía con estudios sobre el nervio vago. Lo que antes se atribuía a intuición encontraba hoy un marco medible.

Su trayectoria acompañó esa búsqueda. Creció en un entorno musical, se formó como ingeniero y más tarde recurrió a la neurociencia para responder preguntas que no encontraba resueltas. “No entendía qué le estaba pasando a mi cerebro, por qué tenía flashes de creatividad o ese estado de bienestar después de correr”.

Las respuestas no cerraron el proceso; lo ampliaron y lo llevaron a traducir conceptos complejos en un lenguaje cercano, pero fundamentado. En su libro, Jordi A. Jauset describe el recorrido del sonido en el cuerpo: la vibración se convierte en impulsos eléctricos que viajan por el sistema nervioso y son interpretados por el cerebro.

En ese trayecto se activan circuitos ligados a la emoción, la memoria y la recompensa. “Se establecen bucles, provocando una liberación masiva de neurotransmisores como la dopamina, la oxitocina y las endorfinas”, indicó. Más que una línea recta, es un sistema en diálogo constante.

A la vía auditiva se suma otra menos evidente: el cuerpo también percibe. Escuchamos sonidos o música, pero los sentimos a través de la piel, y esa doble entrada explica que cada respuesta esté modulada por la historia personal, el contexto y las preferencias.

Desde ahí distinguió prácticas: la musicoterapia persigue objetivos clínicos específicos; los paisajes sonoros modifican el entorno; las meditaciones guiadas trabajan la atención.

Frente a ese panorama, planteó una idea central: pasar de ser un oyente pasivo a “un arquitecto acústico”, donde cada persona selecciona de forma intencional los estímulos que configuran su entorno cotidiano.

Ese uso consciente no se sostenía en fórmulas universales. “La respuesta no está en una determinada frecuencia… dependerá del momento personal”, advirtió el divulgador científico. También implicaba una exploración activa: “cada persona debe probar y experimentar qué sonido le aporta calma”.

En ese proceso podían aparecer cambios concretos, desde una mejor calidad del sueño hasta “una menor reactividad ante estímulos estresores”.

La reflexión adquiría peso en un entorno saturado. “Vivimos en un estado de hiperacusia inducida por la sobrestimulación ambiental”. El ruido constante mantenía al cuerpo en alerta, elevaba los niveles de estrés y dificultaba el reposo. El cerebro, en esas condiciones, rara vez alcanzaba un estado de calma sostenido.

No todos los sonidos actuaban igual. Estructuras armónicas simples, ritmos cercanos al pulso en reposo o entornos naturales tendían a favorecer la regulación. Aun así, cualquier regla es relativa. “No existe una frecuencia mágica universal”.

Jauset concluye con una invitación: “Explorar el sonido es descubrir nuevas formas de estar presentes, de escuchar nuestro cuerpo y de reconectar con el entorno. Cada vibración puede convertirse en un aliado para cuidar nuestra mente y potenciar nuestro bienestar cotidiano”.

 

Con información de LA JORNADA

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