Jean Meyer
Majmud Ajmadineyad volvió, una vez más, a prometer la desaparición de Israel. ¿Promesas vacías de contenido, puro rollo demagógico de parte de un político que jura y perjura que Hitler no tocó el cabello de un solo judío? ¿Existe la estrategia de la araña Ajmadineyad o es un cuento inventado para justificar la destrucción eventual de las instalaciones nucleares de Irán? ¿Quién miente, quien dice la verdad? A menos que todos estén metidos en un partido de poker mentiroso, es un juego peligroso y tales partidos de “bluff”, en regla general, han terminado mal y con guerras de verdad, no de mentirita.
Ganar tiempo, es la estrategia iraní de la cual nadie puede dudar. Acaban de ganar tres o cuatro años, después de disimular engañosamente a la ONU un programa nuclear para nada inocente a lo largo de 15 ó 20 años. Antes de que tomara el mando Ajmadineyad, me dirán ustedes. Ciertamente, y hay que recordar que aquel hombre ha sido, desde la primera hora, un incondicional servidor de la “revolución islámica” del ayatola Jomeini. Hasta se rumora, sin pruebas decisivas, que participó a la toma de la embajada del Gran Satán, Estados Unidos, en Teherán. Algo meritorio, en la perspectiva revolucionaria, para nada condenable, pero que no conviene publicitar demasiado frente a la hostilidad de Washington.
Nadie duda que, detrás de la cortina de humo que recubre el programa nuclear de Teherán, esté incluida la bomba. Hasta los rusos lo dicen, esos rusos que tratan a Irán de manera aparentemente contradictoria: por un lado retrasan la puesta en funcionamiento de la central nuclear que ellos han estado vendiendo y construyendo a los ayatolas —y reciben las gracias de la Casa Blanca; por el otro, venden a Majmud Ajmadineyad sus armas más recientes para proteger las instalaciones nucleares iraníes contra los bombarderos y misiles norteamericanos e israelíes— y reciben los reclamos de Tel Aviv (otro país en excelentes términos con Vladimir Putin) y Washington.
Putin, en su deseo tenaz de devolver a Rusia el estatuto de gran potencia que tuvo la URSS, está empeñado en hacer del grupo de Shanghai, que incluye entre otros a China e Irán y quizá muy pronto la Venezuela de Chávez, el contrapeso de la OTAN. Por eso ve con muy buenos ojos las frecuentes visitas recíprocas de Ajmadineyad y de Chávez, así como el apoyo iraní prometido a la Nicaragua de un Ortega que parece no haber olvidado nada, ni tampoco haber aprendido nada. Lo que cuenta es que el régimen iraní puede contar con la protección rusa y china en el Consejo de Seguridad de la ONU, lo que le da el tiempo necesario, unos años cuando mucho, para tener su bomba.
Entonces, no les quedará a los estrategas occidentales más consuelo que volver al juego de la “disuasión”, del “equilibrio del terror nuclear” de los benditos años de la guerra fría entre EU y la URSS. Lo que para los iraníes, no tan felices de vivir bajo la férula de los ayatolas, contra lo que dice cierta prensa, significará la permanencia de la tiranía clerical de los ensotanados y de los “guardianes de la revolución”. El peligro se ve venir desde lejos, y sin embargo muchos lo niegan; los unos, porque saludan con alegría a todos los enemigos de Estados Unidos y por eso dicen: “Fidel, Chávez, Ajmedinayad, mismo combate”; los otros, porque prefieren pensar que el líder iraní es un payaso que no hará gran daño; son los mismos que se burlaban de Chávez, son los nietos de los que se burlaban del pequeño Adolf Hitler, ese fracasado pintor que hablaba alemán con un horrible acento austriaco y que había cometido el error de copiarle su bigotito a Chaplin… La historia no enseña nada, sus lecciones no sirven nunca. Lástima.
Así como la disposición de las piezas sobre el tablero mundial, le permite a Putin atacar por todos lados y multiplicar las señales amenazadoras —los optimistas dicen que es para las elecciones presidenciales de 2008 y que luego se calmará—, en el tablero del Oriente Medio, Ajmadineyad se encuentra en una excelente posición. Estados Unidos y sus aliados europeos y árabes, definitivamente entrampados en Irak; Israel, dividido y gravemente debilitado después de su fracaso en Líbano, el verano de 2006, contra el aliado de Irán, Hezbolá, el Partido de Dios, de confesión musulmana chiíta, como los ayatolas; el Hamas palestino, dueño absoluto de la franja de Gaza, ahora aliado de Teherán; en Egipto, Jordania y Arabia, la confusión, la duda, el miedo. Y en toda la región, una carrera armamentista vertiginosa, como la única y desesperada contestación de Estados Unidos, a la silenciosa y progresiva marcha de la araña iraní que teja su tela.
Ya llegó a Damasco y el régimen sirio cuenta con ella y con Hezbolá para recobrar su control de Líbano. Vladimir Putin acaba de anunciar su intención de mandar de nuevo la flota rusa al Mediterráneo y tendrá como base los puertos sirios. ¡Perfecto! ¡Buena jugada! Se cierran las pinzas sobre Israel, y por eso la Casa Blanca le otorga unos créditos fantásticos para renovar y modernizar su armamento. Lo que manifiesta una falta de imaginación estratégica notable y generalizada. La misma podría llevar, en su desesperación, a hebreos y americanos a atacar las instalaciones nucleares de Irán. Patada de ahogado. Aquéllas están dispersas en todo el país, enterradas en silos, protegidas por las temibles baterías rusas “Topor” (“Hacha”) y un ataque, además de fracasar como fracasó Tsahal el año pasado contra Hezbolá, tendría consecuencias desastrosas en toda el Gran Oriente Medio; sería la Playa Girón, la Bahía de los Cochinos del siglo XXI.
¿Entonces? Washington no ha movido un dedo, un poquito el meñique, últimamente, apenas, para acercar a palestinos e israelíes y lo hace cuando el gobierno palestino, refugiado en Cisjordania, tiene sus días contados. Lo único positivo es que Estados Unidos e Irán han comenzado a hablar, pero sólo de Irak, y sin resultados. Ahora sí, al tiempo, con miedo.
jean.meyer@cide.edu
Profesor investigador del CIDE
