El tercio corrupto

Ernesto López Portillo

El pasado 22 de agosto el secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal, Joel Ortega, afirmó que uno de cada tres policías bajo su cargo es corrupto. Según recogió Canal Once, explicó: “La parte de la corrupción de la policía no hemos logrado erradicarla, porque estamos todavía con un problema de carácter cultural”. El 12 de octubre Reforma informó que 80% de quienes afirman haber dado una “mordida” lo hizo con un agente de tránsito. Además, la policía es percibida como altamente corrupta.
La declaración de Ortega llama la atención por dos motivos: el reconocimiento del problema y la ausencia de información. Reforma reitera lo encontrado desde que iniciaron, hace más de 10 años, este tipo de estudios de opinión. Nada nuevo bajo el sol.

El secretario identifica el problema con claridad y esta es la novedad, pero no dice nada que nos permita entender si está más o menos extendido que antes, cómo lo mide y, lo más importante, qué está haciendo para enfrentarlo. Que el jefe de la policía más grande del país nos diga que la tercera parte de sus subordinados es corrupta, es un hecho gravísimo y sus implicaciones positivas sólo pueden derivar de lo que el funcionario nos avise sobre cómo está enfrentando el asunto.

La asociación que hace Ortega respecto a corrupción y cultura es acertada. En efecto, los mexicanos optamos por sortear la norma como una forma de vida y, dado que la policía es un producto de la sociedad, entonces reproduce acuerdos de convivencia que van más allá de ella. Sin embargo, sea cual fuere la causa de la corrupción en la policía, es una institución del Estado y no sólo debe acatar la ley como cualquier otra, sino además es a ella a quien le corresponde hacerla cumplir.

La experiencia mundial enseña que la policía tiene problemas con la ley en todos lados. Las grandes diferencias, en cambio, se miden según la existencia o no de sistemas modernos de control de la corrupción. Entendemos que el reto de enfrentarla en la policía uniformada de la ciudad de México es de proporciones descomunales.

Entonces la pregunta no es si tenemos o no el problema, sino cómo lo enfrenta la institución que lo padece. Si en efecto Ortega ha desplegado una política moderna y eficaz de combate a la corrupción que viene dando resultados, que lo explique a la sociedad. Y es que decir que la corrupción existe sin el remedio al lado, no hace sino agudizar la mayor enfermedad de la policía mexicana: su descrédito ante la sociedad a la que debe servir.

Mi hipótesis es que, tal como se dio el mensaje, el resultado fue precisamente el contrario al que supongo el secretario perseguía, en tanto el saldo es más desconfianza, no menos, por la sencilla razón de que confirmamos el problema, mas no averiguamos cuál es la solución y como opera su implementación. Apunte final: el moderno combate a la corrupción en la policía implica altos estándares de transparencia, transversales a mecanismos complementarios de controles internos y externos. Los años pasan y no sabemos dónde está la policía de nuestra ciudad respecto a ellos.

Director ejecutivo del Instituto para la Seguridad y la Democracia, AC

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