María Teresa Priego
Mi hijo de nueve años dijo: “Lo que pasa es que el caníbal es homosexual”. Lo ha escuchado insistentemente en la radio. Le pregunté si encontraba alguna relación entre la orientación sexual y asesinar a una mujer. “Dicen que no le gustaban las mujeres y esa es la prueba de que en todo las engañaba”.
La palabra “gustar” me desconcertó. A ningún misógino le “gustan las mujeres” en términos de respeto y de integridad, aunque sea heterosexual. Ni a las misóginas. El odio a los demás no es un asunto de orientación sexual. Ante crímenes de un sadismo horrible, el modo de frasear la supuesta orientación sexual de José Luis Calva Zepeda podría desatar reacciones homófobas. Estigmatizar —en un insoportable deslizamiento de asociaciones y significados— a toda una comunidad, que en su mayoría vive en el respeto a los demás y a la ley. Ahora es la comunidad gay la que corre riesgos. A como se hagan públicos los avances de la investigación, muy probablemente serán las personas transexuales y transgéneros.
Nadie mata porque es heterosexual u homosexual. Nadie mata porque desee cambiar de sexo. Calva concibe a los otros como imágenes, piecesitas despersonalizadas en un tablero que controla, con poder de decidir sobre la vida y la muerte. ¿Los hombres sí le gustan? En el caso de un asesino en serie, es de dudar que otro ser humano le despierte afectos positivos. Necesita a los demás —de manera intercambiable— para ejercer su fantasía de dominio. Vive para engañar y despojar. El punto no es con quién vive Calva su sexualidad, sino cómo la concibe. No es con quién hace el amor, sino su imposibilidad absoluta de siquiera imaginar que el amor existe.
Más allá de sus pésimos poemas de “amores” posesivos, terror al abandono y delirios fusionales, repetidos indiferenciadamente de una mujer a otra, Calva muestra en sus actos que el amor y la confianza le parecen debilidades repulsivas experimentadas por seres inferiores, que no merecen más que ser sometidos y abusados. Si se puede destruidos. Cruelmente.
No es que no sea capaz de sentir “empatía”; es que goza torturando. El delirio de poder a muerte. La frase inverosímil, “La carne era para los perros”, no la usó para salvarse de una acusación. Era una burla. Infligir a su víctima y a sus familiares una humillación más. Gozar diciéndonos en medios masivos: “Soy tan poderoso, que puedo destruir tranquilamente todo lo que para ustedes es sagrado. Soy tan sobrehumano, que para mí una persona no es más que un amasijo de carne. Peor: para los perros.”
Calva vive devorado por sus fantasmas omnipotentes. Todo le está permitido a “la creación más grande del universo”. ¿Por qué —además— el canibalismo? Expresó su deseo de maternidad. Desaparece “el nombre del padre”. Se disocia entre el “bueno”, José Zepeda, y el “malo”, Luis Calva, como si un ser humano pudiera arrancarse de su línea paterna, y ser sólo el hijo de una mujer. La entera “creación” de una mujer, con todo el horror que ese imaginario implica, en el proceso temprano de humanización. Y sobre todo: introdujo en su cuerpo pedazos de un cuerpo femenino. ¿Qué fantasma actuaba? El siniestro “aprendiz de mago”. ¿Apoderarse de los atributos de Alejandra? ¿Convertirse por fin —ritual de un cuerpo femenino tras otro— en una mujer?
Le pregunté al siquiatra-sicoanalista Néstor Braunstein si creía que Calva actuaba en el canibalismo su “mágica transformación” en mujer. “Yo no creo nada, más que lo que él dice. ¿Él lo dijo?”. Creo que en su lenguaje de horror nos lo está diciendo.
Escritora
