Macario Schettino
Como todos los meses de mayo, los profesores de la fracción disidente del SNTE, la Coordinadora, invaden las calles y abandonan a los alumnos para protestar. Aunque no necesitan razón alguna para hacerlo, en este año les cayó del cielo la reforma a la Ley del ISSSTE. Pero si ésta no hubiera ocurrido, igual estarían protestando por los bajos salarios, por el neoliberalismo o porque está lloviendo antes de tiempo.
Las protestas se han convertido en un negocio. Se protesta públicamente no tanto porque exista alguna razón, como decía, sino para obtener algo. Puede ser un poco más de aumento salarial, puede ser un “apoyo” especial, en efectivo si es posible, o puede servir simplemente para mantener movilizado al personal, por lo que pudiera ofrecerse. Siempre habrá alguna elección a la vista que requiera de turbas para rechazar el resultado.
Las protestas de la Coordinadora son particularmente agresivas. En estos días han causado destrozos en varios edificios, han pintarrajeado múltiples paredes y han provocado problemas viales. Nunca reciben ningún castigo por hacerlo, porque desde hace mucho tiempo en México la ley no se le aplica a los que protestan. Tienen un status especial, diferente del que tenemos los ciudadanos. Son privilegiados que pueden abusar de los demás, algo que no se permite a una persona normal, y ya ni siquiera al Estado, que debe enfrentar a alguna comisión de derechos humanos cuando abusa. Qué bueno que así sea, nadie debería tener derecho de abusar de los demás. Lo que no queda claro es por qué los que protestan sí pueden hacerlo.
El derecho de toda persona o agrupación a estar en desacuerdo con las decisiones del Estado es pilar de la democracia. Debe apoyarse, sin lugar a dudas. Pero usar esta excusa para actos vandálicos o simplemente para echarle a perder el día a los demás, no creo que tenga defensa. Hace 40 años, cuando el régimen autoritario, el de la Revolución, mantenía cerrados todos los espacios, ganar la calle era luchar por la democracia. Hoy, quien no está de acuerdo tiene todas las posibilidades de externarlo. No sólo en la calle, sino en los medios de comunicación, incluyendo los electrónicos. Hoy, protestar como lo hacen los vándalos de la Coordinadora es un simple delito. Pero a ellos no se les aplica la ley, reitero.
El tiempo en que había que protestar agresivamente, incluso provocando molestias a la población, terminó hace buen rato. Hoy existen periódicos y revistas, de buena circulación, que hacen de la crítica su forma de vida, a veces más allá de cualquier ética. Hoy hay noticiarios de radio y televisión que, con toda tranquilidad, transmiten protestas y reclamos al gobierno. Hoy hay un Poder Judicial independiente que ha tomado decisiones de fondo en contra del Ejecutivo. Hoy hay legisladores de todos colores que se desviven por sumarse a las protestas. Hoy, esas protestas públicas son puro y simple vandalismo.
Son maestros, aunque no lo parezcan, y sus protestas anuales es lo que enseñan, porque no debemos olvidar que los niños aprenden más de lo que ven que de lo que leen. Es decir que lo que estos maestros transmiten a los niños es una cultura de desprecio a la ley, de holgazanería y abuso, a lo que suman sus muy particulares puntos de vista sobre la sociedad, política y economía. Por eso cuando nuestros niños salen de secundaria son, más de la mitad, analfabetos funcionales, profundamente resentidos, con muy poco respeto por sí mismos. Los maestros protestantes no sólo causan destrozos materiales, destruyen la vida de sus alumnos.
La vida en sociedad requiere reglas. No tenerlas es dejar en manos de los más fuertes la suerte de todos. La falta de reglas, o su aplicación selectiva, daña profundamente la vida social. Cuando quienes desprecian las reglas son maestros, el problema es mucho más grave. Se trata de figuras investidas de autoridad, de ejemplos para los niños. Su comportamiento será la referencia de las generaciones que se están formando.
Si alguien conspira en contra del desarrollo de México, perpetuando una cultura reaccionaria, paternalista, anacrónica, son estos maestros protestantes. No persiguen sino sus propios fines: trabajar menos y cobrar más. Si esta sociedad los soporta, merecerá su futuro.
macario@macarios.com.mx
Profesor en la EGAP del ITESM-CCM
