El derecho a sufrir menos

María Teresa Priego

Durante una reunión en EL UNIVERSAL, el secretario de Salud, José Ángel Córdova, declaró que de 6% del presupuesto dedicado a la salud, sólo 0.6% está destinado a la atención de la salud mental. “Los enfermos más discriminados en México son los que padecen problemas mentales”. Los siquiátricos son insuficientes para albergar a los pacientes con daños graves. Qué abandono tan terrible. A personas en niveles intensísimos de sufrimiento. “Entre 3 y 5 millones de niños padecen el síndrome de deficiencia de atención”. El malestar de vivir crece, junto a trastornos de personalidad, bastante más complejos. Ansiedades, depresiones, enfermedades sicosomáticas, conductas de aislamiento o antisociales. Cada vez más: bulimia y anorexia. Más de la mitad de los mexicanos padecen sobrepeso. “La comida chatarra”, dicen. ¿Y qué más? ¿Cuál será ese dolor inscrito más allá del cuerpo y que termina hablándose en el cuerpo?
No queremos escuchar que el daño síquico es un problema social mayor. Que se agrava en su negación. Elegimos seguir viviendo como si el inconsciente no existiera. Como si la enfermedad no pudiera suceder más que en el cuerpo. Como si el dolor moral. El trauma. Fueran “circunstancias”, de las que se puede escapar. “Olvidarlas”. El inconsciente no olvida. Crea síntomas. Existe, en su enquistada atemporalidad. Dentro de las dificultades que las enfermedades orgánicas generan, pareciera mucho más sencillo aprender (y por lo tanto atender) un “tengo una úlcera”, que ese inaprensible dolor de vivir, en ocasiones insoportable, cuyas “causas” habría que ir a buscar muy lejos.

El daño síquico cuestiona. A quien lo padece. A su entorno. Cuando un miembro de una familia presenta trastornos de personalidad, es como si se convirtiera en el vocero de un dolor familiar relegado y silenciado. Quizá porque cuestiona de más, el sufrimiento moral es una realidad insistentemente negada. En lo privado. Como en lo público. Un día, sucede que la herida sangre de golpe, en toda evidencia. Pero la herida síquica negada sangra siempre. De todas maneras.

Escuché decir a Josefina Vázquez Mota que la prevención del daño síquico, así como su detección a edades tempranas, era una de sus preocupaciones fundamentales desde que asumió la Secretaría de Educación. ¿Cuál sería un horizonte de llegada? La obligatoriedad para las escuelas públicas de contar con sicólogos de calidad desde preescolar. La misma responsabilidad tendría que ser asumida por guarderías y estancias infantiles. Está probado, desde las distintas escuelas de pensamiento especializadas en psicoanálisis infantil, que aún los bebés y los niños muy pequeños pueden ser víctimas de un fuerte sufrimiento moral. Y pueden también ser atendidos.

Los tratamientos siquiátricos, las terapias de “cura por la palabra” son muy costosos. ¿Qué responsabilidad asume el Estado con su o.6% de presupuesto? Si a 3 millones de niños se les “diagnostica” síndrome de deficiencia de atención, ¿van a ser medicados como principio? O el Estado proporcionará los medios para que cada uno de estos niños sea escuchado en su singularidad. Acompañado en una terapia, antes que medicado. Acompañado, aun si medicado. ¿Tendrán la oportunidad de hablar esos niños?

Cuando analiza el trauma, Freud retoma una pregunta de Goethe: “¿Qué te han hecho, a ti, pobre niño?”. Paul Assoun agrega: “Y siempre se trata de un niño (herido), hasta en las formas más ‘adultas’ de daño inconsciente”. ¿Cuáles son los derechos de los ciudadanos, cuyo mal no está en el cuerpo? “Los más discriminados”.

Escritora

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