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PITA LADDAGA

El recién nacido duerme exactamente lo que necesita

Si está sano y cómodo, dormirá lo que le haga falta, no podemos hacer nada para que duerma más o para que duerma menos. Durante uno o dos meses, aunque nos turnemos para atenderlo, los padres tendremos que resignarnos a descansar poco, pues cada tres horas el hambre va a despertar al bebé.

Al principio, el niño no distingue la noche del día
Para enseñarle la diferencia, los hábitos son una valiosa ayuda. El pequeño tiene que aprender a relacionar el día con la comunicación. Siempre que esté despierto, hay que levantarlo, llevarlo con nosotros y acompañarlo y cuando duerma las siestas en el día, es bueno dejar que se habitúe a los ruidos normales de la casa.
En la noche, conviene acostumbrarlo a una rutina: bañarlo, darle de comer, envolverlo en una cobijita para que los movimientos de sus manitas no lo alteren, ponerlo en su cuna y apagar la luz. Cuando llore, hay que atenderlo de inmediato para que no despierte completamente. También es recomendable hacer las comidas nocturnas lo más breve y silenciosas que podamos y dejar preparado todo lo que vamos a necesitar para no hacer movimientos innecesarios.

Al mes y medio el bebé ya es capaz de seguir un orden para dormir, comer y estar despierto, siempre y cuando se establezca una rutina.
Ajustarse a un horario organiza su cerebro, lo ayuda a adaptarse al ambiente de su familia y además nos permite a los padres descansar y organizar mejor nuestras actividades. Es necesario ser constantes, pues si unos días lo dormimos más temprano y otros más tarde, no logrará establecer el hábito del sueño. Si es posible, es mejor que desde pequeño el niño duerma en otra habitación, su sueño será más tranquilo y los padres descansaremos mejor.

El bebé debe aprender a dormirse solo
Si el niño necesita estar en brazos para dormirse, es posible que cada cuatro horas llore para que lo carguemos de nuevo. Es muy importante relajarlo y arrullarlo pero asegurarnos de que todavía esté despierto cuando lo pongamos en su cuna. Al acostarlo, hay que darle señales de que es hora de dormir: cantarle, darle palmaditas, acariciarlo suavemente. Puede ser que a veces se remueva en la cama o llore un poquito, quizá se chupe el dedo para encontrar acomodo. Es su manera de aprender a dormirse. La capacidad de ayudarse así mismo, también en la noche, es la base para su futura independencia.

Cuando el niño ha tenido un día agitado o está aprendiendo una nueva habilidad, le cuesta más trabajo dormir.
Las visitas de parientes, las salidas de casa, empezar a gatear o caminar pueden poner inquieto al bebe, sobre todo al final del día. Para poder dormirse necesita que lo tranquilicemos. Podemos tomarlo en brazos, darle un biberón y luego ponerlo en la cuna y quedarnos un ratito con él, en silencio. Pero a esa hora, también los padres estamos agotados y no siempre del mejor humor. Es necesario calmarnos nosotros primero. Si tomamos al niño en brazos cuando estamos impacientes o enojados, él lo sentirá y le costara más trabajo conciliar el sueño.

A medida que crece, el niño se resiste cada vez más a dormir. ¿Por qué irse a la cama si el mundo ofrece tantos atractivos?
Al año el niño suele ponerse de pié en la cuna en cuanto lo dejamos solo. Conviene detenerlo firme y suavemente para que siga acostado y decirle que es de noche, hora en la que descansan los niños y los papás; quizá no le guste, pero pronto se convencerá de que no queda más remedio que dormir.
Cuando el niño tiene dos años y puede bajarse de la cama, tenemos que impedir que ande solo por la casa en la noche, que puede ser peligroso. Hay que estar atentos, acudir en cuanto nos llame y darle lo que necesite. Cuando el pequeño se siente cuidado, tanto en el día como en la noche, no va a tener la urgencia de salir de su cama.
Una buena razón para atender al niño es que si nosotros no vamos a donde él está, él va a venir a donde estamos nosotros.

Si el niño llega a la etapa preescolar sin haberse formado el hábito de dormirse solo, es necesario establecerlo cuanto antes.

Las rutinas le ayudan a reconocer que se acerca el tiempo de ir a la cama, pero solo funcionan si las respetamos consistentemente, si seguimos siempre el mismo orden en las actividades del fin del día.
Es delicioso acostumbrarnos a contarle ó a leerle un cuento cuando ya esté acostado. Al darle las buenas noches, se quedará más tranquilo si le prometemos que vamos a volver. Podemos decirle: “Voy a cenar y cuando termine vendré a ver si ya te dormiste”. Lo importante es nunca dejar de cumplir la promesa, aunque ya esté dormido.

La agitación de las actividades del niño preescolar pueden crearle temores y pesadillas.
Es común que el niño, después de un rato de estar en silencio, empiece a llorar y nos llame porque no puede dormir. Si algo le dio miedo o piensa que hay un fantasma o un monstruo debajo de su cama, podemos revisar el cuarto junto con él y explicarle con claridad y sencillez que nadie puede entrar a la casa.
Cuando nuestro hijo despierte asustado por alguna pesadilla, vayamos a su cuarto lo más rápido posible. Al sentir nuestra presencia, se calmará de inmediato y volverá a dormirse. Si lo dejamos llorar. Se asustará cada vez más y necesitará un tiempo mayor para tranquilizarse.
En tiempos de cambio-cuando acaba de entrar a la escuela, nació un hermanito o se mudó de casa, por ejemplo- puede tener más pesadillas. Para disminuirlas, hay que procurar que el niño se sienta tranquilo, seguro y relajado mientras esté despierto. En la noche podemos platicarle una historia tranquila y hermosa que lo llene de sentimientos agradables para llevarse al sueño.

El niño pasa la mitad de su tiempo en la cama, por eso debe estar siempre limpia y arreglada.
Hagamos que pasen cosas agradables en su cama: dejarle recaditos, dibujos, pequeños regalos o cuentos. Nunca lo mandemos a la cama como castigo pues echaría a perder todo el esfuerzo de lograr un buen hábito para dormir, al relacionar su recamara con algo desagradable.

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