Marco Tulio Carrascosa
Hay una tragedia silenciosa en Chiapas de la que poco se habla con la contundencia necesaria.
No es solamente la pobreza.
No es solamente el rezago.
Es algo todavía más peligroso: la normalización de la falta de empleo como si fuera parte natural del paisaje chiapaneco.
Y no lo es.
La falta de oportunidades no es un fenómeno inevitable.
Es el resultado de malas decisiones.
De ausencia de visión.
De gobiernos que administran inercias en lugar de construir crecimiento.
Porque seamos brutalmente honestos: Chiapas no es pobre porque carezca de potencial.
Chiapas es pobre porque quienes han tenido la responsabilidad de detonarlo no han sabido hacerlo.
Y los números son demoledores.
La ENOE del INEGI muestra que Chiapas mantiene una de las tasas de informalidad laboral más altas del país. En 2024, la informalidad rondó tres de cada cuatro trabajadores, colocándolo entre los peores estados de México en empleo irregular.
Traduzcámoslo al lenguaje real:
Miles de chiapanecos trabajan sin seguridad social.
Sin estabilidad.
Sin acceso a crédito.
Sin retiro.
Sin crecimiento.
Sin futuro laboral verdadero.
Eso no es empleo sólido.
Eso es supervivencia.
Y mientras eso ocurre, otros estados construyen economías funcionales.
Nuevo León se consolidó como potencia manufacturera y receptora de inversión internacional.
Coahuila fortaleció su ecosistema industrial.
Querétaro se convirtió en referencia aeroespacial y tecnológica.
Yucatán, desde el sureste, mejoró su competitividad apostando por inversión, logística y certidumbre regulatoria.
¿Y Chiapas?
Chiapas sigue improvisando.
Porque no basta con tener programas sociales.
No basta con inaugurar eventos.
No basta con discursos optimistas.
Lo que genera empleo real son megaproyectos, inversión privada, infraestructura competitiva y visión económica agresiva.
Y ahí es donde el fracaso institucional se vuelve evidente.
Porque si revisamos competitividad, el diagnóstico es humillante.
Chiapas aparece sistemáticamente en el fondo nacional en capacidad para atraer y retener talento e inversión.
En otras palabras:
el problema no es que Chiapas no pueda competir.
El problema es que hoy ni siquiera está compitiendo seriamente.
Ahora entremos a otra conversación incómoda.
La presión migratoria.
Tapachula.
Tuxtla.
San Cristóbal.
Hoy el ecosistema laboral chiapaneco también enfrenta tensiones adicionales derivadas de flujos migratorios desordenados.
Porque cuando una economía local ya es frágil y además absorbe mano de obra vulnerable dispuesta a aceptar ingresos menores, la presión sobre el empleo local aumenta inevitablemente.
Eso genera desplazamientos.
Competencia desigual.
Precarización.
Mercados laborales todavía más débiles.
Y mientras tanto, San Cristóbal de Las Casas enfrenta otra dinámica compleja: la gentrificación.
Aumento de rentas.
Transformación del mercado inmobiliario.
Desplazamiento silencioso de habitantes tradicionales.
Economías locales que dejan de responder al ciudadano promedio.
Todo esto ocurre mientras la estrategia económica estatal parece microscópica.
Y aquí hay que decirlo con claridad.
La Secretaría de Economía de Chiapas hoy no está impulsando el tipo de megaproyectos transformadores que el estado necesita.
No hay narrativa robusta de atracción de grandes corporativos.
No hay ecosistema serio de nearshoring.
No hay ofensiva agresiva para instalar clusters industriales.
No hay visión internacional del tamaño de la frontera sur.
No hay Silicon Valley tropical.
No hay corredor tecnológico.
No hay parque industrial de escala global que cambie el juego.
Lo que hay son esfuerzos pequeños frente a desafíos gigantes.
Y eso no alcanza.
Porque mientras otros estados compiten por Tesla, cadenas manufactureras, centros logísticos y tecnología, aquí muchas veces seguimos celebrando gestiones administrativas menores como si fueran victorias estructurales.
No lo son.
Eso es administrar pequeñez.
Y Chiapas necesita pensar gigantesco.
Porque sí se puede.
Aquí podrían instalarse hubs logísticos vinculados a Centroamérica.
Parques industriales estratégicos.
Centros agroindustriales exportadores.
Infraestructura tecnológica.
Zonas económicas con incentivos fiscales inteligentes.
Desarrollo turístico premium.
Clusters de energías limpias.
Pero eso requiere liderazgo.
Y liderazgo significa incomodar inercias.
Salir a vender el estado.
Sentarse con CEOs.
Hablar con fondos.
Construir confianza.
Ejecutar rápido.
Porque un estado con frontera internacional, riqueza natural, población joven y posición estratégica no debería estar atrapado en empleo precario.
Eso no es mala suerte.
Eso es fracaso de gestión.
Y como consecuencia de ese fracaso, Chiapas no solamente ha perdido inversión.
Ha perdido a su gente.
La falta de empleo, oportunidades reales y visión económica ha empujado a miles de chiapanecos a migrar hacia el norte del país, a Estados Unidos y a Canadá, buscando la dignidad laboral que aquí no encontraron.
Ese quizá sea uno de los diagnósticos más dolorosos.
Porque cuando un estado expulsa a su talento, a su fuerza productiva y a sus jóvenes, no solo pierde población.
Pierde futuro.
Pierde competitividad.
Pierde capacidad de transformación.
Mientras otros territorios retienen talento, generan ecosistemas económicos y construyen prosperidad, Chiapas sigue exportando necesidad.
Y esa es una tragedia silenciosa.
Porque ningún estado puede aspirar al desarrollo mientras su gente más trabajadora se ve obligada a construir riqueza en otra tierra.
Hoy, tristemente, Chiapas parece más cómodo administrando rezago que construyendo prosperidad.
Y esa es quizá la crítica más severa al actual gobierno.
No la falta de discurso.
La falta de ambición.
Porque hasta que Chiapas deje de pensar en pequeño, seguirá condenando a sus nuevas generaciones a buscar lejos lo que aquí debió haberse construido desde hace décadas.
Hasta la próxima… ✒️
