Fredy López Arévalo
Los jóvenes graffiteros marcharon.
Un hecho que los historiadores deberán anotar en sus anales.
Serían 250 o 300, a lo sumo, los jóvenes que participaron en la primera marcha en su tipo en San Cristóbal de Las Casas.
Pero fue más que suficiente para expresar el rechazo que ha provocado entre ellos un acuerdo de Cabildo que impuso una multa de 20 mil pesos a quien sea aprehendido pintarrajeando paredes, pero, que, además, ofrece una recompensa de cinco mil pesos a quien denuncie y detenga a un graffitero.
La cita fue a las 17:00 horas frente al Hotel Maya Quetzal, un símbolo ya de la represión oficial, porque fue ahí donde el pasado 27 de mayo cayó asesinado, a los 16 años, el joven Víctor Penagos Estrada, “El Burla”.
Esa era su firma, su tagga, una inscripción que no terminó de realizar, cuando fue sorprendido por Nicolas Gómez Sántiz, el velador del Hotel Maya Quetzal, quien primero lo golpeó y después le disparó en el cuello, para luego rematarlo con un segundo disparo directo al corazón.
“El Burla” es un mártir, un estandarte de lucha.
Poco a poco se fue conformando el contingente de jóvenes rabiosos, vociferantes, que poco más tarde recorrería las principales avenidas y calles del Centro Histórico para expresar su descontento, su repudio, su coraje, contra el alcalde Mariano Alberto Díaz Ochoa, el del discurso encendido en contra los graffiteros.
Los graffiteros se cubrieron los rostros para ocultar su identidad y evitar ser fichados, y así marcharon por las calles de la ciudad, porque ya antes se les había hecho saber que serían fotografiados y filmados (como efectivamente lo hicieron el subdirector de la policía municipal, Miguel Ángel Aguilar Velásquez, y el director de comunicación social del Ayuntamiento, Héctor Santiago).
Algunos adultos, algunos padres de familia, algunos representantes de Organizaciones No Gubernamentales, y muchos medios de comunicación, acuerparon la manifestación juvenil.
A la vanguardia un contingente de los manifestantes organizaba el tránsito, para evitar molestias, y vigilaba, con mucha atención, a quienes se iban sumando a la manifestación.
A las 18:0 de las tarde comenzaron a marchar por una de las vías del Boulevard Salomón González Blanco, hasta alcanzar la terminal de la Cristóbal Colón, en la avenida Insurgentes, que desemboca directamente al Parque Central.
Los jóvenes graffiteros marcharon dentro del marco de legalidad, sin pintarrajear paredes, sin provocar disturbios, sin generar violencia, para evitar, justamente, que el alcalde Mariano Alberto Díaz Ochoa los satanice y justifique la represión policiaca y el clima de animadversión que él mismo se ha encargado de propalar por algunos medios masivos de comunicación, dividiendo, confrontando, polarizando a la población.
Mucha gente salía a observar a las puertas de los negocios, a los balcones de las casas, porque era la primera vez que se veía una manifestación de este tipo, donde los jóvenes, fúricos, iracundos, coreaban consignas contra el alcalde de Mariano Alberto Díaz Ochoa, que los ha confrontado socialmente.
“No más represión”, era la consigna.
Algunas de las consignas coreadas por los jóvenes graffiteros tenían que ver con reivindicaciones históricas, como el alconazo del 10 de junio de 1971, en La Ciudadela, allá en la ciudad de México, que costó la vida a cientos de jóvenes estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN).
“¡Aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, el pinche gobierno se tiene que morir!”
Y otras, las más, tenían que ver más con el tema que los había unificado:
“¡Mariano culero, que matas graffiteros!”.
Antes de tomar las calles, losa jóvenes graffiteros responsabilizaron al presidente municipal de cualquier incidente, de cualquier acto de provocación, de cualquier agresión en su contra, y se deslindaron del JULE (Jóvenes Unidos por la Libre Expresión), que recibe financiamiento del alcalde Mariano Alberto Díaz Ochoa, y pretende mediatizar el movimiento juvenil del graffiti.
El JULE tiró la primera piedra.
En una reunión sostenida el martes, acusaron a los organizadores de la marcha de ser anarcopunks, y de estar convocando a portar bates de beisbol, para violentar a la sociedad.
Nada de eso pasó, por fortuna, aunque sí hubieron algunos “auténticos” que se hicieron los aparecidos por donde pasaba la manifestación para agredir verbalmente a los jóvenes, quienes optaron por ignorarlos y continuar su marcha sin responder a los insultos y descalificaciones:
“¡Pinches mugrosos!”
“¡Váyanse de nuestra ciudad!”
“¡Ustedes no son de aquí!”
Al alcanzar la plazuela de San Antonio comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, gruesas gotas, y las nubes, cargadas, densas, amenazaban con un chubasco fuertísimo, aunque la lluvia llegó poco después, cuando ya habían tomando la calle Francisco I. Madero, hasta alcanzar la Diego Dugelay, y descender por la arteria principal, parte de la cual ahora es peatonal, la calle Real de Guadalupe, hasta la General Utrilla, que siguieron hasta la plazuela de La Caridad, hasta alcanzar el parque central por el Andador Turístico, que va de Santo Domingo a la Catedral
Trataron, a toda costa, de desmovilizar a los jóvenes, de inhibir la participación juvenil, lo mismo el alcalde Mariano Alberto Díaz Ochoa, al hacer circular un anónimo en el que se descalifica y amenaza a los jóvenes, que el director de la Policía local, Carlos Tovilla Lara, al declarar que los escoltaría la policía municipal para “mantener el orden”.
Pero imperó la cordura.
Los organizadores de la manifestación tuvieron mucho cuidado durante la manifestación, y solo cuando estuvieron frente al Palacio Municipal, sometieron a votación, sí, al consenso de la mayoría, que levantó la mano para aprobar la moción, graffitear el templete colocado en la plaza central Manuel Velasco Suárez, y otro más que se hallaba en la Plaza de la Paz.
Ahí sí los jóvenes se dieron gusto, lo mismo que el subdirector de la policía municipal, Miguel Ángel Aguilar Velásquez, y el director de comunicación social del Ayuntamiento, Héctor Santiago, que no paraban de registrar a los jóvenes, en claro acto de provocación.
