Crónica en ‘El Torito’: de la soledad del Viernes Santo a la libertad en Domingo de Resurrección

Ciudad de México. No hay soledad más profunda que la compartida. De ello puede rendir testimonio gran parte de los 115 detenidos que el sábado pasado amanecieron en El Torito. Hacinados en el patio, sin suficientes bancas, cada uno estaba solo. Incomunicado, sin celular, ni siquiera agujetas en su calzado. Perdidos en su propia resaca: la física y la moral.

Veinte horas de encierro, la menor sanción del alcoholímetro; 36, la mayor. Una extensión del viacrucis del Viernes Santo que se prolongó hasta este Sábado de Gloria. Por fortuna, para la inmensa mayoría quedaba de frente este Domingo de Resurrección, ya en libertad.

Fue un día interminable. A las 6 de la mañana los custodios sacaron a los internos de los dormitorios para hacer honores a la bandera. A partir de ese momento, el tiempo se volvió plomizo. No parecía transcurrir. Los minutos se estiraban como chicle. Algunos incluso podrían jurar que llevaban una semana. Hubo quien perdió la noción del todo.

Un ingobernable sueño prevalecía entre toda esa multitud. Pareciera que parte de la pena consistiese en impedir que los detenidos se recuesten a dormir. Más tardaba alguno en hacerlo que uno de los custodios en pedirle que se levantase.

Las 7 de la mañana marcó la primera de las tres colaciones del día. Una extensa fila se formó para ingresar al comedor, donde se degustó chicharrón en salsa roja y una rebanada de jícama, acompañados de un aguado café.

La postal se repitió a la una de la tarde para la comida: pollo en mole, arroz, frijoles y agua de horchata. La cena, longaniza en salsa roja y té de manzanilla, tuvo lugar a las 7 de la noche. Terminada cada comida, los detenidos debieron encargarse del lavado de las amplias charolas y los vasos, para lo cual también formaron una larga y lenta fila.

La limpieza de los trastes quedó a consciencia de cada quien. Un hecho es que, por muy sucios que quedaran, distaban del espectáculo dantesco que ofrecían los baños, con los tres excusados “todos zurrados”. Ni hablar, a cerrar los ojos y contener la respiración.

Entre plato y plato, una sicóloga dio una charla sobre adicciones que muy pocos atendieron. Otro sicólogo habló por más de tres horas de temas diversos que ya nadie recordaba. Acaso lo que más llamó la atención fue cuando contó de forma extraoficial que el gobierno de la capital mexicana alista un segundo Torito de cara a la próxima Copa Mundial de Futbol en nuestro país, sin dar más pormenores.

Un par de trabajadores sociales levantó encuestas entre los detenidos. Para los más lúcidos, la biblioteca estaba bien surtida: desde literatura universal hasta tratados de derecho. También había una tiendita donde podía comprarse desde aguas, sueros, bebidas energéticas, galletas y las omnipresentes sopas Maruchan.

Sentados en bancas o parados en ese triste patio de gris cemento, sin poder hacer nada más que esperar, los infractores observaban cómo las horas eran densas, pegajosas, interminables. Imposible recostarse en el piso, como ya se refirió.

Entre tanta soledad y hastío compartido, “el cotorreo” salvaba la aridez del momento. Porque si algo sobra en el Centro de Sanciones Administrativas y de Integración Social, más conocido como El Torito, además de las resacas y los actos de contrición, son los intercambios de anécdotas.

Ahí estaba don Genaro, un taxista, refiriendo cómo su hijo le advirtió premonitoriamente la mañana del viernes que tuviera cuidado porque el operativo del alcoholímetro “estaba bien perro”. Ni hablar, el áspero calor de ese mediodía pudo más y debió ser aliviado con varias cervezas. Un desafortunado encuentro con un puesto de control y lo siguiente es historia sabida.

“Le voy a decir a mi vieja que me agarraron por orinar en la calle, en fin que tengo diabetes. Si le digo que fue por borracho, no me la acabo”, refirió entre risas.

A su lado, un hombre de unos 35 años juraba que solo había bebido una cerveza para bajarse los tacos. Ello lo llevó a cuestionar la veracidad de la prueba de alcoholímetro o la calidad de los aparatos.

Pero el que se llevó las palmas fue el ingeniero. Un hombre de bigote cano y vocación de bardo popular que abrió su vida: tres mujeres lo aguardaban. Tres: la esposa, la amante y “la que no sabe que lo es”.

Las tres atribuladas, preguntándose dónde demonios había pasado la noche. El ingeniero suspiró: “y yo aquí, encerrado por pendejo”. Los concurrentes estallaron en carcajadas. Fue lo más parecido al teatro que se vio en esta Semana Santa.

De 3 a 5 de la tarde, en la hora de visita, una pareja desigual –él cuarentón, ella veinteañera de uñas largas y paciencia corta– con sus discusiones protagonizó una escena de telenovela.

Ella le exigía que dejara la bebida. Él se empecinaba en que “nomás un par de chelas”. Ella condicionaba su amor a la sobriedad. Él respondía que el amor no se negocia. Ella se fue sin despedirse. Él se quedó mirando el piso, derrotado, más solo que el resto, sin importar que había 115 personas más a su alrededor: 110 por alcoholímetro, dos franeleros, un indigente, un bebedor en vía pública y un vendedor del Metro.

La insoportable rutina seguía su curso. Un nuevo pase de lista, acción que se repitió en tres ocasiones: en la mañana, al salir de los dormitorios; al mediodía, con el cambio de turno de los custodios, y por la noche, al regresar a los dormitorios.

Y así llegó la hora de la verdad, las 8 de la noche: el momento de ingresar a los mentados dormitorios. Para entonces, varios habían cumplido su sanción y abandonado el lugar. Otros se integraron, en una dinámica sin fin.

Allí los esperaba el hacinamiento: un espacio para cuatro, acondicionado con colchonetas para ocho, pero esa noche llegaron a ser entre 15 y 20. Cuerpo sobre cuerpo, aliento contra aliento, ronquidos mezclados con quejidos, charlas y carcajadas. Y, sin embargo, cada quien en su burbuja de soledad, entre olores acres y ansías de libertad.

Por enésima vez, volvió a repetirse esa pregunta que, desde el momento del ingreso, funcionaba a la mayoría para medir las horas restantes: “¿a qué hora te toca salir?”.

Alguien más cumplió su pena y abandonó los separos en medio de la noche, sin voltear hacia atrás. “No es de Dios que nos hagan esto en Semana Santa”, filosofó otro que apenas comenzaba sus 36 horas de detención.

Con información de LA JORNADA

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