CRITICA CONSTRUCTIVA

EN EL DIA MUNDIAL DE LA TIERRA

scribe: Gustavo Hernández Larrauri

Prosiguió a sentarse en la silla de color café, silla de color igual al de la tierra que un día por primera vez pisara, al sentarse en aquella silla, sintió la misma ansiedad que un día su ser en su garganta percibiera, se dio cuenta que sin la tierra el no existiría jamás, que al igual que el vital líquido, la tierra era fuente de vida, en el estaba cuidarla, conservarla, respetarla y amarla al igual que aquellas siluetas que al igual que él era lo que más quería, entendió que la tierra era el inicio de la armonía de las cosas, que vivía en un circulo de vida entre el agua, la tierra y el aire; sin embargo algo le
ofendía.

Y al sentarse en la silla de color rojo anaranjado, y sintió que algo en todo su ser le quemaba, ardía fuego en su interior, ardía todo su cuerpo, se retorcía de dolor, sintió una sed inmensa, le faltaba el aire, quería correr sobre la tierra. El fuego ardiente que lo quemaba cedió poco a poco, conoció la implacable furia de dolor, entendió que para cerrar una parte del círculo de la vida se necesitaban de los cuatro elementos, agua, fuego, tierra y viento. El dolor laceraba en lo interno y en lo externo, que el dolor a veces venía de uno mismo, a veces de algo externo y a veces por la combinación de ambos, así como el ardor destruía las Entrañas.

Tocó el turno de sentarse en aquella silla pintada de un tono grisáceo, al sentarse su mente fue envuelta en una nube gris, como aquellas de formas caprichosas que lo espantaban al inicio de su corta existencia, de ellas salían truenos y centellas, relámpagos jamás antes vistos por él. No lograba concentrarse, no podía ubicarse. Pensó por un momento que tal vez lo mejor sería dejarse llevar por esas nubes, por momentos flotó y flotó, otra vez el rumbo fue sin rumbo, en un abrir y cerrar de ojos, fijó la vista en un instante, se dio cuenta que aquellas nubes, él mismo las provocaba, que la ceguera, que la falta de visión, que la nubosidad, que aquellas formas grises, provenían de lo más profundo de su ser, que era él mismo quien veía las nubes de esa forma y que estaban en él para aclarar la visión, que sólo dependía en ver más allá de las cosas, que a veces, los relámpagos, truenos y centellas, eran por su escasa vista, por no lograr ver más allá de la distancia, que sí a veces lo tocaban y lo envolvían era por que no sabía evitarlos.

Prosiguió a sentarse en la silla de madera fresca, al afirmarse, su mente viajo por montes, valles, selvas, bosques, tundras y desiertos, al igual que con las flores, vio que todo reverdecía, que sólo le bastaba con levantar la mano y agarrar el fruto que reverdecía, fruto que saciaba su hambre, no era el fruto de su corta existencia, era el fruto que alimentaba su cuerpo, sólo bastaba levantar la mano recoger aquellos frutos que hasta de los desiertos y tundras poco a poco recogía, más de pronto todo aquello que reverdecía, frente a sus ojos desaparecía, se desconcertó por momentos no supo que hacer, sintió dentro de su ser un voraz apetito que a su cuerpo carcomía, comprendió que sí quería ver reverdecer los montes y valles, tenía que cuidar su ambiente, sembrar y cosechar positivamente, pues si sembraba mal, una mala cosecha obtendría, comprendió que tenía que trabajar duramente para conseguir el fruto de cada día.

Y al sentarse sentarse en la de madera podrida, por momentos vio todas sus acciones, sintió otra vez un miedo incontrolable ya que, esa madera que se
pudría y pudría, era la cosecha de lo que sembraría, en la siembra de la flora y en la siembra de la vida, con sus acciones erradas, la silla cada vez se pudría y sí no cambiaba la siembra pronto esa silla ya no lo sostendría, entendió por vez primera que lo que siembra en la misma vida es lo que cosecharía.

Tocó el turno de sentarse en la silla de siluetas diferentes aunque muy semejante a la suya, al colocarse dio de brincos, dio graznidos, dio aullidos, dio de trinos, dio bufidos, dio maullidos, dio rugidos, dio bramidos, corrió, saltó, se arrastró, voló, nadó. Por su mente pasó innumerables siluetas de todo el mundo reinos que cohabitaban en existencia, reinos que representaban a la animalia, a las moneras, a los protoctistas, a los fungis y a los plantae, palpó que eran mundos paralelos a él, mundos que al igual que el suyo, coexistían en un círculo de vida, entre la tierra, el agua, el viento y el fuego, mundos equilibrados, que según el camino que él tomara ellos lo acompañarían, pero debía de entender cómo conservar ese equilibrio, buscar la armonía ya que sí él la desequilibraba ese circulo vital él mismo lo exterminaría.

Prosiguió a sentarse en la silla pintada en forma multicolor, al colocarse cerró los ojos y en su mente pasaron cual relámpagos y centellas, una inmensidad de colores, sonidos, símbolos, siluetas, espacios, movimientos corporales, formas caprichosas de vida. Todos ellos regocijaban su alma, se acercó a las bellas artes, entre sus sueños conoció de arquitectura, de escultura, de pintura, de música, de literatura. Así mismo aprendió del teatro, de la danza, de la literatura, del cine, de la fotografía, de la poesía, de la escenografía, rió con la comedia, sufrió con la tragedia, se alimentó de la opera, su oído se regocijó, con las voces de sopranos, de bajos, de tenores, de barítonos. Se deleitó con la escala de música, con la escala cromática en la pintura y con lo sublime de la escultura.

Por último se sentó en la última silla, en la que sólo reflejaba su espacio, en esa silla se olvidó de todo lo demás y al cerrar los ojos miró dentro de su mente una balanza. En esa balanza se representaba la igualdad de las cosas, en cada lado, sin cargarse de uno u otro se encontraba, la ambición, la envidia, la codicia, la soberbia, la avaricia, la ira, el rencor, el odio, el temor, la venganza y todo lo que manchaba al ser humano. En el otro extremo de esa báscula, se encontraba, el perdón, el honor, la dignidad, el amor, la esperanza, la humildad, la confianza, la paz, la sencillez y todo lo que hacia mejor al ser humano; por momentos todo lo que se encontraba en cada extremo de un lado al otro se mezclaban, se intercambian, uno a uno, otro a otro se entrelazaban. Se dio cuenta que no podían existir uno sin otro, se confundía por instantes. Por momentos su mente se nublaba, por momentos, su corazón y su alma se aturdían y así fue durante días durante noches, tal vez infinitamente hasta que entendió que esa lucha en su interior él mismo la desataba, solo comprendió que viviría con esa duda eternamente y en él estaba la balanza equilibrarla.

Fragmento del “Suspiro de un Instante” escrito de: Gustavo Hernández Larrauri.

Solo Algo Personal…D.R.

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