CRITICA CONSTRUCTIVA

Por: Gustavo Hernández Larrauri

El frío en la distancia

Virgilio, se sentó a esperar sin detener el tiempo, ya con la experiencia de
algo del vivir, razonó detenidamente y fijo la vista hacia el firmamento. Miró
hacia el infinito, comprendió que arriba de esa cúspide se podía ver
infinitamente la distancia pero entendió que con levantar la mano no la podía
alcanzar jamás. Razonó con la sed de la distancia, con el frió de lo distante y
con el correr del viento, esforzándose tal vez alcanzaría ese punto que con su
vista podía ver. Se levantó y se lanzó al abismo, cuando una ráfaga de viento lo
elevo por los aires y lo llevó dando tumbos de cúspide en cúspide, de barranco
en barranco, de subidas y bajadas. Sólo Pensó que no podría bajarse de esa
ráfaga de viento, que al igual que como una ola, tal vez dando tumbos lo
llevaría o lo alejaría de ese punto distante que divisó, por momentos quiso
evadir a esa ráfaga, quiso salir de ella, pretendió evadir el rumbo sin rumbo,
porque talvez no lo podría transportar a ese punto que él se fijó en el
infinito y el cual como ave empezaría a volar. Sin querer abrió las alas y
intentó aletear. Entre la fortaleza del viento y el frío del tiempo no lo
dejaban empezar a volar. Comprendió de golpe que aún no estaba preparado para
poder volar, que cualquier ventisca lo tumbaría y cualquier helada mañana lo
haría desistir. Se dejó llevar por esa ráfaga sin importarle si al punto fijo en
la distancia él pudiese llegar. Y así de tumbo en tumbo ésa ráfaga de aire le
fijó el rumbo sin rumbo que él aún no podía determinar.

Virgilio, confundido con los tumbos y más tumbos perdió el rumbo sin rumbo, y
así tirado entre la tierra, así empolvado y en el fango volvió a ver hacia el
horizonte, lo fijó detenidamente dándose cuenta que no podía avanzar, volvió a
sentir otra vez un inmenso miedo, ahora no lo comprendía, talvez no un recelo
que el no hubiera sentido al intentar volar, fue un miedo inédito, fue una duda
incomprensible, fue un miedo que en su corta existencia no había sentido jamás;
Talvez temor a la soledad, entendió que ni la ventisca, ni la sed, ni estar bajo
del mar, ni el subirse en una cúspide podría acabar con algo adentro, muy
adentro de su ser, comprendió que en sus aciertos y fracasos en alguien el
podría descansar. Por primera vez en su pequeño mundo, en el corto tiempo de
existencia, sin poder recurrir a las estrellas y sin alcanzar a comprender que
existía un ser superior, por vez primera necesito alguien igual, alguien con
quien compartir el olor y el correr del viento, la textura de la tierra con
subidas y bajadas, la incertidumbre de la sed, el agobiante frío de la cúspide y
de quién aferrarse al dar tumbos la ventisca.

La silueta de su ser

Virgilio, volvió a mirar hacía el horizonte, miró y escudriño, al igual que la
sed su cuerpo un día sintiera, buscó sobre la tierra, buscó entre las piedras,
buscó en el olor del viento, buscó en el correr del tiempo, buscó y buscó en la
inmensidad del mar. Miro desde la cúspide, se tiró hacia el abismo, y se dejó
llevar por la ventisca, escudriño y escudriño, más no pudo saciar su soledad.
Indagó dentro de sí mismo, levantó su vista a las estrellas, más no podía
acabar con esa la soledad. Se sentó, volvió a levantar la vista. Fijó su mirada
en el horizonte, y en lo lejano de la distancia una silueta pudo divisar, con lo
poco o mucho de su existencia no alcanzaba a ver a la distancia, más de una
forma lenta, poco a poco se acercaba más y más, poco a poco y con prudencia se
allegaba, sin entender lo que encontraba, si bien sabía lo que buscaba, a veces
saltaba, a veces gritaba, a veces caminaba o a veces rodaba, solo sabía que poco
a poco se aproximaba. Así dando tumbos se acercaba y al estar frente a frente,
comprendió que ni con él brillo de las estrellas, ni la inmensidad del mar, ni
la altura de un abismo, ni la profundidad del mar, entendería en plenitud lo
que se postraba frente a él, solamente entendió que nunca más estaría solo.

Virgilio, levantó la vista, miró hacia el horizonte. Comprendió que nunca más
caminaría en soledad; Sin embargo logró entender que su andar no sería para él
mismo. Se sentó, levantó la vista y miro hacia el horizonte, por segunda vez
volteó hacia atrás, volvió la vista al frente, miró sin rumbo fijo. Suspiró por
un instante, por vez primera se dio cuenta que el transcurrir el tiempo, su
infancia, al igual que un rayo pasó, volvió la vista nuevamente hacia el
horizonte, por más que avanzó y avanzó se percató que con el instante de un
tiempo su vida transformó. Cerró los ojos poco a poco y al abrirlos se vio
inmerso en mundo que a pesar de lo vívido no reconocía, era un mundo que como
aquellas nubes y las olas del mar se mecían con el viento, estaba inmerso junto
aquella silueta en un campo lleno de flores que se mecían al compás del viento,
era un mundo multicolor, con aromas y figuras que exacerbaban sus sentidos, era
un mundo maravilloso donde sólo con el bálsamo de lisonjas embriagaba sus
existencia, junto aquella silueta, cual sombra y reflejo de su ser, corrían una
y otra vez sin rumbo fijo en aquel campo inmenso. Corrían durante días, durante
noches, a veces fijaban la vista en las estrellas, a veces contemplaban
amaneceres, a veces escuchaban el susurro del viento cual murmullo cómplice, a
veces admiraban la gama multicolor de las flores, cerraron los ojos y al
abrirlos un instante, el viento los elevó.

El murmullo del viento

Virgilio, por segunda vez voló, se vio dentro en un ángulo igual al de aquellas
flores, durante días, durante noches volaron cual insectos, se dejaron llevar
por el murmullo del viento que cuchicheaba con ellas, volaron y volaron
libremente sin más límite de lo que su vida vivía, cerraron una vez más los ojos
y al abrirlos un instante elevaron su vista al cielo, juntos por primera vez
vieron las gotas de agua caer, una a una se mezclaban con las flores, una a una
se posaban poco a poco sobre la tierra, una a una, poco a poco a las plantas
reverdecía, Virgilio, miró hacia el cielo, bajó su mirada al suelo, fijó su
vista en el horizonte y por vez primera volteó a ver a su mano derecha, en
ella, aferrada dentro de aquella silueta cual viva imagen de su propio ser algo
reverdecía, no alcanzaba a comprender por qué su propio ser se conmovía, echó
mano del viento, echó mano del tiempo, echó mano de las estrellas, echó mano del
mar, echó mano de las cúspides, echó mano de su propia sed, echó mano de los
ríos, echó mano de los lagos, echó mano del camino andado y tal vez poco
entendió del porqué de su ser se estremecía, fijo la vista al rumbo sin rumbo y
al voltear a su derecha, vio que aquel ser al igual que él un retoño cual flor
de su vientre reverdecía.

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