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Alfonso Carbonell

Y no es reproche… que conste

Miren ustedes amables y amablas (recordando a Fox, je) lectores. Cuando un escribidor o pergeñador de textos (dixit Arcadio Acevedo) como el de la voz, ah y desde muchas lunas dedicado a explayar sus ideas (nimias que éstas sean) sobre lo que pasa y debiera pasar en el entorno, no se acaba de explicar el por qué, en veces, nuestros amados editores no tengan a bien publicarnos surge la irremediable pregunta ¿Ydiay?. No se justifica pero bien se puede entender.

Incluso al abrir con esta reflexión, que dicho sea de paso no se inserta en el desafío ni nada cercano, es probable no sea del agrado de personas varias y por ello no vea la luz del día. (Mejor me hubiera puesto a ver las olimpiadas). No importa, porque como bien escribe -o escribía- el Miguelón (González Alonso) que; “lo escrito… escrito está”. Aterrizo; de algún tiempo acá mis sesudos análisis sobre temas diversos enviados a mis editores, sabe qué, no han tenido réplica. Me desconciertan, por decir lo menos. Entendedor como creo ser del intríngulis (otro dixit Rene Delios) de las circunstancias coyunturales que impone la política, pese a ello, y no concibo podría ser distinto, vierto con la libertad que me es intrínseca a mi persona y oficio, sobre el acontecer nacional y con marcada insistencia -por obvias razones- de los sucesos del orden local.

En mí y en mi ejercicio periodístico -y no es justificación de nada-, he procurado ser respetuoso de vidas y haciendas que, aun siendo públicas, me merecen todo respeto. Es más y lo digo abiertamente -y a las pruebas me remito- ¡jamás me he metido con la vida privada de las personas sean públicas o no! No comulgo con esa deleznable práctica. Sí y lo reconozco; he fustigado a mis pares porque sostengo que hay formas, incluso inteligentes, para hacer señalamientos severos pero siempre en el contexto de lo público. Es decir, en su caso, de su responsabilidad institucional. Pero de eso a que se redacte con total impunidad sobre de que tal o cual funcionario es, además de presumiblemente corrupto; “gay” (mampo decímo acá), rastrero, delincuente o de menos zopenco entre una decena de apelativos, la verdad, se me hace un verdadero despropósito. Una verdadera ¡jijoeputés! (Me marca error pero esa es la palabra)

Como color-ario (corolario)

Es así (al tiempo que respiro profundo), que en los momentos en que esto escribo (redacto diría el Reneque habida cuenta que sostiene solo él, y García Márquez claro, escriben ¡salud hermano!, y continúo) las ganas, el deseo, la pasión y el compromiso de hacer llegar a mis lectores (dos y ya es multitud) algo de lo que este privilegiado oficio u profesión de periodista me es permisible narrarles, claro está, desde mi muy particular óptica el acontecer cotidiano, lo pienso y lo pienso porque son, de menos (y será por que escribo con dos dedos o soy de lento pensar; me quedo con lo segundo ¡qué decís!), ¡tres horas nalgas! (je) y todo para qué. ¡Para que no me publiquen! ¡Que alguien me expliqué! Duele, la verdad, que duele.

Ya de salida

Pero no es tiempo de lamentaciones y mucho menos de lamerse las heridas. Heridas que yo, confieso en lo personal, no siento ni visualizo en el cuerpo de mi texto. Será quizás… tal vez no sé, hora de hacer un alto y repensar con alto espíritu crítico y reflexivo ¿en dónde, ante la vorágine de los aconteceres y haceres colectivos, empezamos a mirar atrás? ¿Cuándo y por qué razones nos detuvimos en el tiempo pero no, como sería menester, para repensar el futuro sino para repara en el hoyAñadir un evento para hoy y aquí?

Vayan pues estas líneas que escribo bajo una pertinaz lluvia que, como bien lo advertían las autoridades del ramo climatológico, “Ernesto” convertido en Huracán azotaría a la entidad. La verdad, les confieso, estoy llorando o quizás también dentro de mí el huracán “Alfonso” me ha empezado a mojar por dentro. Mi conciencia, mi fe, mi alma. Y en verdad os digo ¡hoyAñadir un evento para hoy!, “hoyAñadir un evento para hoy nada me queda claro”.

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