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Alfonso Carbonellalcar56@hotmail.com

“Con cariño y respeto, para Don Gilberto Gómez López, maestro jubilado quien
hoy cumple 83 años de larga y fructífera existencia, hombre de recia
formación y ejemplo a seguir de su familia”. ¡Felicidades!Al maestro con cariño

Hablar de la vida de Don Gilberto Gómez López, la verdad, nos llevaría a
escribir páginas enteras de un hombre que, surgido de la cuna más humilde y
quien vive aún en la modestia que le da una pensión del magisterio estatal,
tiene siete motivos muy personales para sentirse orgulloso sabedor de la
misión cumplida; Sus hijos, ah, y por supuesto su eterna compañera Doña Olga
Román Amaya. ¡Qué familia! Auténticamente chiapaneca.

Gilbertio, como lo llaman de cariño, nacido en el municipio fronterizo de
Zapaluta, hoy, La Trinitaria, me contaba en cierta ocasión sobre de su
pueblo, sí, el mismo que a la puerta de su panteón se inscribe popular frase
que los identifica incluso en la entidad que reza: “Aquí en este panteón,
viven los muertos de Zapaluta”, sin duda genial. Pero decía, contóme
historias como aquella de que, a los 7 u 8 años de edad, acompañó a su tío
abuelo de nombre Límbano López (sólo allá se dan esos nombres) y échenle
cuentas estamos hablando del año de 1932, acompañó, decía, a toda una
travesía de varios días con sus noches (algo así recuerdo me dijo como un
mes), para llevar una parvada de “jolotes” (guajolotes, pavos) hasta el
municipio de Tapachula. ¡Sí! Tapachula. Sólo imagínense.

Pero lejos o además de la travesía, sinuosa y arriesgada travesía
entenderán, resalta el hecho de que en su amena pero sobre todo atrapadora
platica, me habla de un cielo nocturno bañado de estrellas las que solía
mirar, extasiado, en su bendita inmensidad y en la que en su mente infantil,
como la de cualquier niño provinciano de su edad, esperaba, infructuosamente
por infortunio, se le apareciera Dios. Bueno, al menos así le habían
inculcado en su fe católica de que Dios, al morir, se había ido al cielo.

Así, días caminando por senderos y brechas, cruzaban con la jolotada cuyo
número inicial alcanzaba de ochenta a cien, mismos que algunos iban
vendiendo en su trayecto al paso de algunas poblaciones, otros, era natural,
les sirvieron de alimento. Qué experiencia tan hermosa e envidiable ¿no
cree?

También en su interesante platica, Gilito, otro apelativo que le dicen de
cariño, recuerda cómo, allá a principios de los años 40’s, con dieciocho
años a cuestas, su abuelito Teótimo López, lo mandó a Tuxtla Gutiérrez para
que cursara la carrera de maestro rural misma que desde entonces se impartía
en la Rural Mactumaczá como interno. Sí, la misma Mactumaczá que Pablo
Salazar Mendiguchía, en su infinita y magnificente estulticia, mandó a
desaparecer con lujo de violencia.

Gilberto, que nunca había usado zapatos (caites dice él), su abuelo decide
comprarle, además de un pantalón con una “su” camisa blanca, un par de
zapatos en Comitán, municipio y ciudad vecina a Trinitaria, por la fabulosa
cantidad de 5 pesos. Sí, cinco pesos de aquellos que sí valían su peso en
valor ley y que hoy son puro y simple metal. Pero termino la idea, cuenta
Don Gil, que no aguantó los zapatos (hechos a mano y duros como la fregada
pero realmente bonitos, yo tuve hace ya varios años unos hechos ahí), por lo
que prefirió seguir descalzo. “Me los pies” me dijo, pero
finalmente me acostumbre. Sólo a no comer no se acostumbra, dijo en alcance
y claro le sobra razón.

Aún, Don Gil, conserva varios de sus textos escolares escritos de cabo a
rabo de manera manuscrita, sí de su puño y letra, y la verdad, es realmente
admirable el esfuerzo que, así entiendo, en esos años aciagos costaba
estudiar y llegar a ser maestro. La verdad, también, son unas joyas dignas
de conservarse en un Museo de la Educación chiapaneca como verdaderos
manuscritos. (Tómenlo como iniciativa)

Otro dato que bien podría ilustrar la entrega, dedicación y amor de estos
maestros forjados en el más grande espíritu que entraña la labor
magisterial, hoy tan devaluada y no, por supuesto que no generalizo, está
que recuerda, como si fuera ayer, las puestas en escena de pasajes
históricos en las varias escuelas en las que impartió la docencia y que eran
verdaderos abrevaderos al conocimiento de nuestra historia patria, como
también, y pareciera nimio el dato pero que no lo es y juzgue usted
respetable lector, canciones que narraban precisamente eso, pasajes
historicos y comparto algo de lo que recuerdo: “El dieciséis de septiembre
de mil ochocientos diez, nació nuestra independencia glorioso ochocientos
diez; en la hacienda de Dolores Hidalgo la proclamó… ” Y como esa, una
decena más.

Ya de salida

Así, Gilberto Gómez López, orgulloso chiapaneco-trinitarénse, puede
entregarle al creador, cuando así éste disponga, cuentas claras porque en su
haber hay también, otra empresa igualmente difícil y comprometida como lo es
la docencia, está, decía, el de haber conformado una familia la que hasta
la fecha, sigue reunida torno a él. Así es, Gilberto Gómez López, puede
sentirse orgulloso de crear y procrear a siete hijos, cuatro mujeres y tres
hombres (Bertha, Violeta, Pepe, Gilberto -q.e.p.d.-, Rosario, Jorge y Rocío)
y por lo que comprenderá, un titipuchal de nietos y bisnietos. ¡Felicidades!
¡Viva el Párroco!

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